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8 de junio 2026

8 de junio 2026

¡Que alguien me explique!

“Empresarios de la ruina”

“Un empresario que calla ante la destrucción institucional puede ganar tiempo, pero pierde país. Y perder país es el peor negocio que existe. Una ruina asegurada”. La profunda reflexión es de la periodista española, diputada y libre pensadora, Cayetana Álvarez de Toledo

Por Ramón Alberto Garza

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“Un empresario que calla ante la destrucción institucional puede ganar tiempo, pero pierde el país. Y perder el país es el peor negocio que existe. Una ruina asegurada”. La profunda reflexión es de la periodista española, diputada y libre pensadora, Cayetana Álvarez de Toledo.

La cita es más que pertinente en estos momentos en los que México entero está en juego, en los que una secta política -Morena- se adueñó ya de los tres poderes y se apresta a consolidar el ‘narcoestado’ que con su mesías, Andrés Manuel López Obrador, crearon en los últimos siete años, para perpetuarse en el poder con la fuerza de los balazos -no de los abrazos-. No para bien gobernar, sino para adueñarse corruptamente de la riqueza nacional.

Pero, en medio de esta absoluta pérdida del Estado de Derecho, de la destrucción de las instituciones, de la corrupción más escandalosa de la que se tenga memoria en nuestro país y de la más absoluta impunidad, extraña que frente al ensordecedor ruido de las mentiras morenistas, emerja un silencio temeroso y cómplice de la sociedad. Pero por encima de todos los silencios, alarma el de los hombres de capital, de los empresarios que tienen invertidos en suelo mexicano cientos de miles de millones de dólares para crear empresas que satisfagan las necesidades y que con ello se generen empleos y bienestar. Sí, saludable bienestar de trabajo honesto que no es lo mismo que dádivas disfrazadas que acaban no en los bolsillos de quienes deben recibirlas, sino en los de un puñado de políticos vividores que controlan el padrón de la asistencia social para su beneficio.

Preocupa que, de manera creciente, los dueños, presidentes y directores -desde modestas empresas hasta grandes corporaciones mexicanas- estén optando cada día más por callar frente a los evidentes ilícitos, incluso decidiendo abandonar físicamente el campo de batalla para mudarse a vivir a España. Ese es hoy el destino favorito, no sólo de los mexicanos en fuga del capital, sino de los políticos e incluso de los ex presidentes mexicanos  que se sienten impotentes y acosados por Morena y su Cuarta Transformación. Carlos Salinas, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto son tres de esos ejemplos.

Por supuesto que son entendibles los temores cuando el aparato del Estado autoritario morenista despliega toda su artillería a perseguir al disidente a través del Sistema de Administración Tributaria -el SAT- convertido en la nueva Gestapo de la Cuarta Transformación, manejada desde los odios y los complejos de Andy López Beltrán y sus amigos. O cuando amenazan con cancelarte concesiones o frenar tu crecimiento congelando cualquier permiso.

Y con esa “pistola fiscal” colocada en la sien de cada empresario o político que ose desafiar la voluntad del llamado Cártel de Tabasco, perpetúan el miedo, eternizan el silencio y acallan a las voces que no se someten a “su verdad”. Nadie se atreve, por sus miedos, a confrontarse para acabar perdiendo su patrimonio, o por el temor a perder su libertad e incluso su vida. 

Pero como lo sentenció Cayetana Álvarez de Toledo, ese silencio -justificado o no- que calla frente a la destrucción de las instituciones sólo está comprando tiempo, en el mejor de los casos. En la realidad está perdiendo el país, la tierra en donde están ancladas todas sus inversiones, el territorio en el que decidieron apostar su patrimonio. Y será sólo cuestión de tiempo para que la ruina esté asegurada.

Uno de los más severos problema de hoy, en México, radica en que la mayoría de los organismos empresariales guardan silencio cauto e incluso cómplice. Pero lo que es todavía peor, algunas cúpulas del sector privado están operando como comparsa del gobierno autoritario en turno, apoyando incondicionalmente sus mentiras, sus políticas públicas y sus despilfarros. Cualquier cosa, antes que incomodar o quitarle el sueño al virrey -o a la virreina- en turno.

Una y otra vez acuden al llamado de su “verdugo”, para prestar cara ante los anuncios faraónicos de una súper inversión que no cristaliza. Fanfarrias falsas de trompetas que jamás llegan a impactar en los números reales de la economía. Es el juego que todos jugamos y que sabemos que es hipócrita, que es falso, pero que si no aparecemos en la foto, tendremos que atenernos a las consecuencias.

Si sumamos el monto de los miles de millones de dólares prometidos para ser invertidos cada trimestre o cada semestre en la mañanera para rescatar a México, el PIB tendría que estar creciendo dos o tres por ciento. Ya se anunció la nueva baja y, al final de 2026, estará en menos del uno por ciento. Esa es la realidad. Ese es el drama de no aceptar que estamos perdiendo al país, que somos el último lugar en crecimiento de todas las naciones enlistadas en la OCDE. Por más manipulaciones que se le hagan a las cifras económicas en las mañaneras, la realidad del drama nos alcanza en los bolsillos.

¿Cuál será, entonces, la frontera del empresariado mexicano entre su miedo a ser perseguido y la responsabilidad de hacerle frente a la mentira para evitar la ruina de la patria?

Hace alguna semanas, en una conferencia empresarial en la que participé como orador, uno de los líderes de la cúpula nacional habló ante la concurrencia para decir lo excelente que estaba la economía mexicana, lo brillante que se veía el futuro para las empresas. No resistí la afrenta de ese optimismo sembrado desde Palacio Nacional y con cifras y gráficas en la mano, refuté esa realidad extraída de los sueños guajiros de la Cuarta Transformación y sus cómplices. Es triste que, como empresarios, nos enfilemos al cadalso, a la guillotina, con una sonrisa en los labios, sin chistar, sin poner la mínima resistencia frente a un gobierno al que todos apabullan en las mesas privadas, pero al que le rinden pleitesía y hasta honores en el discurso público.

Tiene razón Cayetana Álvarez de Toledo. Con esa complacencia sólo estamos ganando tiempo de vida en falso, a sabiendas de que si continuamos como vamos, la ruina de nuestra nación será inevitable. ¿Podríamos despertar para abandonar la pesadilla que significa caer en la ruina?

Ojalá que se esté a tiempo de que se unifique, de que se reflexione, de rectificar el rumbo, de actuar con verdad, para que la actual generación de hombres de empresa evite pasar a la historia soportando en sus espaldas, el pesado epitafio de “Empresarios de la Ruina”.

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