17 de junio 2026
¡Que alguien me explique!
Claudia y Harfuch paran un penalti
No era fácil en un ambiente tan crispado, tan enrarecido políticamente, sacar adelante sin violencia, sin confrontaciones serias, el inicio en México del Mundial de Futbol FIFA 2026
Por Ramón Alberto Garza
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No era fácil en un ambiente tan crispado, tan enrarecido políticamente, sacar adelante sin violencia, sin confrontaciones serias, el inicio en México del Mundial de Futbol FIFA 2026. La tentación de los extremos por replicar un 1968, un 1971 o un 1986 era demasiada. Sobre todo, cuando los ojos del planeta estaban puestos en el partido inaugural del magno evento en el Estadio Banorte-Azteca.
Siempre lo advertimos. Una justa de estas dimensiones, en cualquier país y frente a cualquier gobierno, es tierra propicia para que el activismo y las protestas -muy legítimas unas, otras no- se manifiesten buscando que esa presión de boicotear un evento mundial le dé paso a una negociación con mayores ventajas para quienes buscan ventajas. La apuesta siempre es que, para evitar una imagen de descontrol o incluso de represión, los gobiernos ceden más de lo que lo harían en tiempos normales.
Fue así como salieron a tomar las calles, lo mismo maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación -la CNTE-, los Colectivos de las Madres Buscadoras, los transportistas y los agricultores, inconformes con decisiones oficiales o con la falta de apoyos a sus demandas y otros tantos grupos urgidos de soluciones unos, de chantajear otros.
Uno de los grupos violentos, de choque, infiltrados por personajes ajenos a la causa, fue el de los Normalistas de Ayotzinapa. Poco se supo de ellos, pero grandes y peligrosas fueron sus movilizaciones y, sobre todo, sus intenciones que fueron frustradas por los cuerpos de seguridad coordinados por los secretarios Omar García Harfuch y Pablo Vázquez. Seis intentos de infiltrar contingentes violentos en una semana.
Lo que se detectó fue la operación de una célula radical relacionada con la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa. Sus integrantes organizaron un taller clandestino para fabricar cientos de artefactos explosivos que buscaban estallarlos en las distintas movilizaciones, que se dieron en la semana previa, al inicio del Mundial FIFA 2026.
Uno de los principales operadores de esta célula radical fue identificado como Jesús García Estrada, alias “El Coquillo” y que aparecía en los reportes de inteligencia como presidente del Comité de Lucha y responsable de coordinar la logística para elaborar y distribuir los artefactos explosivos.
El expediente de “El Coquillo” registra delitos de robo de combustibles y retención de vehículos. En sus redes sociales, el personaje de recursos limitados, aparece presumiendo relojes de alta gama.
Fue así como el pasado 8 de junio, al revisar un autobús que se dirigía de Guerrero a la Ciudad de México, se detuvo a esa unidad en la caseta de Tlalpan, y ahí se les aseguraron 59 artefactos explosivos de fabricación casera.
Corridas las investigaciones de inteligencia se detectó que el grupo habría ordenado la fabricación de hasta mil artefactos explosivos improvisados para ser infiltrados y estallados en las marchas de protesta. La orden era desestabilizar.
Una evaluación de esos dispositivos es que, a diferencia de los tradicionales petardos, tenían un mayor nivel de elaboración técnica. Eran fabricados con tubos de PVC, que tenían pólvora sellada con parafina y un sistema manual de activación mediante fricción, diseñado para generar una detonación retardada.
Especialistas consultados advirtieron que, aunque la capacidad letal de esos dispositivos era limitada, sí podían provocar lesiones, incendios y daños materiales considerables, sobre todo, en espacios cerrados como lo es un estadio de futbol. En las carpetas de investigación aparecen distintos personajes ajenos a la estructura estudiantil, pero que mantienen influencia y control de grupos radicales que buscan manipular la sobreviviente causa de Ayotzinapa.
Entre esos personajes está Juan Miguel Hernández Carbajal, alias “El Padrino” o “El Mamado”, acusado de fomentar acciones radicales entre los normalistas y quien también es identificado como líder de la creación del grupo “Los Otros Desaparecidos de Ayotzinapa”. Esta es una organización que surgió por diferencias con los padres de los 43 normalistas, ante sus discrepancias en el reparto del dinero que recolectaban en la toma de casetas de las carreteras.
Pero en la ecuación de este operativo radical ya se investigan, incluso, las relaciones de apoyo logístico y financiamiento de algunos actores políticos de Guerrero. Entre los investigados están el senador Manuel Añorve Baños e incluso se revisan las relaciones de esos radicales con el PRI de esa entidad.
Siempre cuestionamos el quehacer de la autoridad, pero en este caso es justo reconocer que, a quienes buscaban alterar el orden y generar violencia, se les sacó la “Tarjeta Roja”. Y esa fue una tarea conjunta de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, de la Policía Metropolitana de la Ciudad de México, de las subsecretarías de Operación y de Control de Tránsito, así como la Policía Bancaria e Industrial y, por supuesto, a los distintos cuerpos de inteligencia.
Fue un claro ejemplo de que la coordinación de autoridades federales y locales, en la Ciudad de México, permitieron proteger a miles de ciudadanos -nacionales y extranjeros-, preservar la movilidad y evitar impactos mayores que dañaran irremediablemente la imagen de México.
Y ese reconocimiento va para el cuarteto de la presidenta Claudia Sheinbaum, para la Jefa de Gobierno Clara Brugada, para los el secretarios Omar García Harfuch y Pablo Vázquez.
Las estrategias y los operativos del Gabinete de Seguridad rindieron sus frutos y el saldo en el arranque del Mundial FIFA 2026 fue blanco. Se expulsaron a “los cachirules”, se frustraron jugadas rudas y, al final del día, las autoridades atajaron un penalti. No les anotaron. Ellos anotaron. Tres puntos a favor. Justo es reconocerlo.
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