miércoles 26 abril 2017
Que alguien me explique

Políticos a Bellas Artes

Existirá algún político, empresario o alto clérigo mexicano que pudiera despertar los arrebatos y pasiones que Juan Gabriel despertó en Bellas Artes

POR Ramón Alberto Garza

Miércoles 7 septiembre 2016

El homenaje a Juan Gabriel en Bellas Artes obliga a una reflexión sobre dónde están los afectos, las querencias, los amores de un pueblo.

Desde la muerte de Pedro Infante en 1957 que México no testificaba una entrega masiva, una catarsis social reflejada en la invasión de las calles por donde pasó la carroza con las cenizas del Divo de Juárez.

Aquí no hubo espacio para el acarreo, para la manipulación, para ganarse la torta y el frutsi a cambio de alquilar el cuerpo para hacer bulto.

El de Juan Gabriel es un funeral sin distingos de códigos postales.

 

¿Existirá algún político, empresario o alto clérigo mexicano que pudiera despertar al menos un 10% de los arrebatos y las pasiones que el autor de “Querida” despertó desde el lunes en Bellas Artes?

Si a Carlos Salinas de Gortari le concedieran el privilegio de que sus cenizas fueran honradas en ese máximo recinto, ¿cuántos harían fila día y noche para venerarlo?

¿Cuántos de los millones de esperanzados que votaron por el cambio prometido por Vicente Fox le irían a llorar o a agradecer ante sus cenizas?

¿Existiría de verdad algún luto nacional el día que muera Felipe Calderón, que sea más intenso y doloroso que el luto que generó la desaparición y muerte de cientos de miles durante su fallida guerra contra el narcotráfico?

 

Y de ese ícono conocido como El Hombre Más Rico del Mundo. ¿Existirá alguna fila popular, que no sean las que hoy se hacen en los centros de atención de Telcel, para venerar los restos de Carlos Slim?

¿Cómo se imaginan las exequias de Norberto Rivera Carrera, el controvertido arzobispo primado de México, más proclive a ser un príncipe departiendo en las exquisitas mesas de los potentados, que siendo un humilde pastor al cuidado de sus ovejas más desprotegidas?

Lo más cercano que tendríamos al sepelio de un político auténticamente popular sería sin duda el de AMLO. Aunque las élites se retorcieran porque jamás le reconocerán ese mérito que tiene de conectar con el pueblo.

Pero ese parece ser el signo de los tiempos. El de una profunda crisis de liderazgos que despiertan más desilusiones que pasiones.

 

Y es aquí donde vale la reflexión. ¿De qué les sirve a los políticos o empresarios esos apetitos insaciables de poder y de dinero, si al final del día son repudiados por las masas?

Por más que lo finjan, ellos saben que las caravanas, que el “lo que usted mande, mi señor”, no son sino adulaciones baratas de quienes buscan algún beneficio. Pocas de auténtica admiración.

La última gran lección de Alberto Aguilera fue la de mostrar que el cariño de un pueblo se gana con el tamaño del corazón, no con el de una chequera, abultada por los abusos de poder de aquellos rapaces que en el fondo, como dice la canción, no tienen nada, nada, nada, nada. Que no, que no.

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Ramón Alberto Garza

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