5 de enero 2026
Internacional
Venezuela: El nuevo orden
El secretario de Estado Marco Rubio, finalmente, dijo en voz alta lo que era un secreto a voces en Washington: la intervención militar de EEUU en Venezuela tiene como meta primordial establecer la supremacía de Washington en el Hemisferio Occidental
Por Rodrigo Carbajal
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“No necesitamos el petróleo de Venezuela, tenemos petróleo suficiente en Estados Unidos. Lo que no vamos a permitir es que la industria petrolera en Venezuela sea controlada por adversarios de los Estados Unidos. Tenemos que entender: ¿Por qué China necesita su petróleo?, ¿por qué Rusia necesita su petróleo?, ¿por qué Irán necesita su petróleo? Ni siquiera están en este continente. Este es el Hemisferio Occidental, es donde vivimos y no vamos a permitir que el Hemisferio Occidental sea la base de operaciones de adversarios, competidores y rivales de los Estados Unidos”.
En treinta segundos, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, finalmente dijo en voz alta lo que era un secreto a voces en Washington: la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela no tiene como objetivos esenciales el regreso inmediato a la democracia en Caracas o incluso el desmantelamiento de una operación internacional para traficar cocaína desde el Palacio de Miraflores, que es un objetivo secundario. La meta primordial es establecer la supremacía de Washington en el Hemisferio Occidental. La inauguración de la doctrina “Don-Roe” implica que la administración de Donald Trump entiende el tablero geopolítico como un sistema multipolar donde las potencias ejercen control sobre sus “esferas de influencia”. También significa que, en los hechos, el orden mundial basado en reglas (y sus instituciones) han quedado obsoletos. Si la Casa Blanca considera a Venezuela como su patio trasero, México es la terraza. Bienvenidos al nuevo régimen.
Las palabras de Marco Rubio disipan cualquier duda sobre las motivaciones reales detrás de la captura de Nicolás Maduro, una misión que involucró al Equipo Delta del Ejército estadounidense y en el que participaron más de 150 aeronaves de las Fuerzas Armadas norteamericanas. La extracción del presidente venezolano fue la culminación de un impresionante despliegue militar en el Mar Caribe que cuesta alrededor de 200 millones de dólares diarios y que concentra el 10 por ciento de la capacidad de fuego de la milicia más poderosa del mundo.
1. El objetivo es el petróleo
Antes que una transición para instalar a los disidentes María Corina Machado y Edmundo González en el gobierno, la administración de Donald Trump ha sido explícita en que pretende tomar el control de la industria petrolera de Venezuela. El país concentra el 17 por ciento de las reservas probadas de petróleo del mundo. Sin embargo, produce menos del 1 por ciento de la oferta global. De acuerdo a la firma de consultoría Rystad Energy, se requieren 100 mil millones de dólares de inversión fija bruta y un precio internacional mayor a los 60 dólares por barril para que Venezuela recupere niveles aceptables de producción de crudo. Esto sugiere que Caracas requiere de la asistencia de una potencia como China para revivir su industria energética.
Tal como lo argumenta J. Michael Waller, analista de estrategia del Centro para la Política de Seguridad, un “think tank” alineado a la administración de Donald Trump, Beijing necesita petróleo que no esté sujeto al control de Estados Unidos. Es decir, de Rusia, Irán y Venezuela. China, sostiene, ha estado comprando entre el 60 y el 90 por ciento de las exportaciones de crudo de Caracas y entre el 85 y el 90 por ciento del petróleo de Irán. El resto de las importaciones petroleras de China, alrededor del 35 por ciento, provienen de países árabes sujetos a controles y sanciones estadounidenses. En el entorno de Trump han enviado señales soterradas de que, después de Venezuela, Irán podría ser un nuevo objetivo de cambio de régimen. En caso de tener éxito, esto significaría que Washington tendría la capacidad de regular hasta el 70 por ciento de las importaciones energéticas de su principal rival geopolítico, China.
2. El nuevo tablero geopolítico
En el 2019, Fiona Hill, entonces la oficial de más alto rango del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos para asuntos rusos, testificó ante el Congreso norteamericano que el gobierno de Vladimir Putin “estaba enviando fuertes señales de que querían lograr un extraño acuerdo para ‘intercambiar’ a Venezuela por Ucrania”. Seis años y medio después, la profecía se volvió realidad.
El analista internacional, Stanly Johny, coloca este intercambio en el contexto de un sistema de esferas de influencia: Washington ha entendido que su capacidad para mantener una dominancia global está desbordada. Por eso, la administración de Donald Trump está llevando a cabo el cambio estratégico de política exterior más importante en una generación con la finalidad de prepararse para una larga competencia con China. La Casa Blanca busca desentenderse de Europa, que ha perdido relevancia estratégica para el gobierno de Trump, y en cambio quiere construir una hegemonía americana total en el Hemisferio Occidental. Además, pretende calibrar su presencia en Asia oriental, mientras retiene algo de influencia en el Medio Oriente, la región de la cual China depende para satisfacer su demanda de energía.
La captura de Nicolás Maduro y la recuperación de la industria petrolera de Venezuela se conjuga con la política de Washington en Medio Oriente. Después de tres intentos fallidos de cambio de régimen en Irak, Libia y Siria, la administración de Donald Trump quiere evitar a toda costa una intervención militar en Oriente Próximo. Para ello, Estados Unidos redobló una alternativa: apoyar las campañas militares de Israel contra los satélites de Irán, el único poder revisionista de la región y uno de los principales proveedores de petróleo de China. El gobierno de Benjamín Netanyahu desmanteló a Hezbolá en Líbano, propició la caída de Bashar al-Assad en Siria y atacó blancos estratégicos de las Fuerzas Armadas y del programa nuclear de Teherán. Siguiendo la tesis de Waller, un asesor cercano al entorno de Donald Trump, esto es consistente con el objetivo norteamericano de desmantelar a los dos principales proveedores de crudo de China: Irán y Venezuela.
3. Una transición pactada
De acuerdo a un reporte del New York Times, la Casa Blanca desechó la idea de nombrar a María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz y disidente política venezolana, como el nuevo enclave de poder en el Palacio de Miraflores. Donald Trump llegó a decir que Machado no cuenta con “el respeto” suficiente de todo el país, una aseveración que deja ver que la oposición venezolana no sería capaz de sortear a los generales chavistas, a los grupos paramilitares urbanos y a grupos armados como el Ejército de Liberación Nacional.
Entonces, ¿qué sigue para Venezuela? El gobierno estadounidense apostó por una transición presidida por Delcy Rodríguez, la vicepresidenta que esta semana fue elevada a la Presidencia por el Tribunal Supremo de Justicia. Se trata de un alfil de Maduro que, en público, condenó la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. En privado, en cambio, ha mantenido una conversación con oficiales norteamericanos, de acuerdo a The New York Times. Marco Rubio, secretario de Estado, declaró que Rodríguez será juzgada por sus acciones, no por sus palabras.
Se trata de una mujer a la que gran parte del chavismo considera parte de “la izquierda caviar”, una política educada en Francia y cuyo hermano, Jorge Rodríguez, era considerado el principal asesor de política interna de Nicolás Maduro. A pesar de que Donald Trump declaró que “van a gobernar Venezuela”, Marco Rubio ha matizado los comentarios del presidente: no están en control directo del país, pero están presionando al chavismo para que “hagan lo correcto”. Esto implica sanciones financieras, un bloqueo militar a las exportaciones petroleras y la amenaza de nuevas agresiones de fuego. En la captura de Nicolás Maduro fueron asesinadas alrededor de 100 personas, incluyendo a oficiales militares y a sus familias, según reportes extraoficiales retomados por el periódico El País. El escenario es el de una negociación con ‘una pistola cargada sobre la mesa’.
Sin embargo, Washington necesita de un elemento del régimen chavista para mantener a raya a los generales o a figuras menos propensas a ceder sus negocios construidos desde el poder, como Diosdado Cabello o el ministro de Defensa, Vladimir Padrino. Según un reporte del New York Times, basado en declaraciones de altos oficiales norteamericanos, la Casa Blanca se sorprendió de la capacidad de Delcy Rodríguez para mantener a flote la producción petrolera de Venezuela, pese a las sanciones y a la presión internacional. Rodríguez, ademas, fue una figura que entabló una relación cercana con el enviado de la administración de Trump a Venezuela a medidlos del año pasado, Richard Grenell, el artífice de un acuerdo para que la firma petrolera Chevron continuara sus operaciones en el país.
Marco Rubio lo ha dicho con todas sus letras: “no vamos a pemitir que nuestros rivales establezcan su base de operaciones en nuestro Hemisferio Occidental”. El objetivo detrás de la captura de Nicolás Maduro trasciende a Venezuela: es un movimiento estratégico en el nuevo orden mundial. Una pregunta: ¿De qué lado está México?