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02 de Julio del 2019

De la discriminación y la carrilla

Por un lado, Raymundo llora de emoción porque @cinepolis le dio una oportunidad para trabajar, luego de años de discriminación. Por otro, una horda de tuiteros se indigna porque un estandopero les dice “blancos” a dos estudiantes del ITAM. No hay que confundirse, la discriminación es una cosa, la carrilla, es otra
El fin de semana, el video de Raymundo, un joven con discapacidad intelectual que consiguió trabajo en Cinépolis, se hizo viral. https://twitter.com/GustavoEgelhaaf/status/1144428013162860545 La sonrisa de Raymundo, su ilusión al saberse parte de una empresa, la emoción de empezar un nuevo trabajo y el entusiasmo por sentirse útil me conmovieron, como a miles de personas que compartieron el video. Porque esta es la sonrisa de alguien que ha sido excluido sistemáticamente. De alguien que se sabía destinado al descarte. De alguien que seguramente ha vivido miles de rechazos. Porque eso es lo que hacemos los mexicanos. Descartamos, rechazamos, discriminamos. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Discriminación, presentada por el Inegi, la Conapred, la UNAM y el Conacyt, en México, en el último año 20% de la población ha enfrentado algún acto de discriminación. Por que acá discriminamos por apariencia física, por género, por condición económica, por creencias religiosas, por preferencia sexuales, por enfermedades, por discapacidades, por nacionalidades, por tatuajes… básicamente discriminamos por todo lo que sea diferente a lo que nosotros queremos. Por eso, la reacción de Raymundo nos conmueve porque algo que debería ser común, como encontrar un trabajo, es extraordinario. Porque esa es la discriminación. Es negarle a las personas como Raymundo sus derechos. Discriminación no es que te pregunten cuántos mayordomos tienes, solo por que eres blanco, como lo hizo el standopero Carlos Ballarta provocando una ola de indignación. Y es que la semana pasada, Ballarta y el analista Hernán Gómez visitaron el ITAM y entrevistaron a “dos estudiantes blancos”. La gente comenzó a hablar de discursos de odio, de discriminación de racismo inverso… Los “dos estudiantes blancos” abrieron un debate sobre si los privilegiados, los fifís, pueden o no, ser discriminados. Yo creo que no. Discriminación es que 7 de cada 10 mexicanos de tez morena ocupen los puestos más bajos en su lugar de trabajo. Discriminación es que 5 de cada 10 personas con discapacidad sienta que sus derechos importan poco o nada a la sociedad Discriminación es que 9 de cada 10 trabajadoras domésticas no tenga prestaciones laborales. Preguntarle a dos estudiantes blancos cuántos mayordomos tienen, es, a lo mucho, carrilla. El propio Hernán Gómez lo explicó de manera clarísima (como su tono de piel, por cierto) en su columna de El Universal: “Discriminar no es mirar feo a alguien o hablarle mal (…) Discriminar es negar a un grupo de personas, de forma sistemática, su acceso a determinados derechos por razón de su tono de piel, fenotipo, condición socioeconómica, sexo, orientación sexual, etc” Lo que Raymundo vivió durante años era discriminación. Según contó su mamá en una entrevista para el periódico ABC, cuando tenía 15 años pasaron por 10 escuelas porque ninguna estaba lista para él. Por eso, ahora que alguien está listo para abrirle las puertas Raymundo llora de emoción. Porque lo que para algunos es común, para él es un privilegio... como ser blanco en este país, aunque no tengan mayordomos.