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19 de Mayo del 2020

En el último baile ¿llorar o aprender?

El documental The Last Dance de Michael Jordan muestra que hay dos formas de enfrentar los retos: Llorando o venciendo. Y cada quien elige cuál le queda mejor. Y aplica no solo para basquetbol.
En los 90 había pocas cosas que me emocionaran más que ver el basquetbol y por supuesto, ver a su majestad en acción. Ahora, con el estreno del documental de Netflix, El último baile, he leído muchas críticas sobre la “tiranía” con la que su majestad dominaba las duelas. Algunos jugadores y comentaristas deportivos se quejan de lo difícil que era jugar con Jordan. Incluso hubo un artículo en ESPN en el que el periodista Bruno Alteri hace un peculiar ejercicio de desahogo. “ Detesto absolutamente todo lo que te rodea, Michael Jordan (…) Detesto verte sentado encima del mundo, narrando a los jóvenes una versión incompleta. Me indigna que te desplomes sobre ese sillón, sonrías a la cámara”. No lo sé, si yo hubiera ganado todo lo que Jordan también sonreiría a la cámara. El hombre ganó todo lo que quiso y hasta cuando fracasó lo hizo a lo grande, como cuando quiso jugar beisbol. Yo he disfrutado cada capítulo de la serie que recorre con crudeza la vida deportiva del gran Michael. He disfrutado incluso cuando se muestra a Jordan como un maniático del triunfo. Como un hombre obsesionado con ganar. Un tipo que era capaz de crear en su mente lo que fuera necesario, si eso le daba la motivación para vencer. Y nadie puede negar que le funcionó. Pero ser el mejor tiene un precio y Jordan decidió pagarlo. Si a los demás les daba miedo ser liderados por alguien como él, podían haber decidido otra cosa, pero quizá también eso les daba miedo. Querían estar en un equipo ganador sin el precio que hay que pagar por ello.  Así no es el juego. Ningún juego que yo conozca.  Lo que yo he aprendido del documental es que hay dos formas de enfrentar los retos. Llorando o venciendo. Y cada quien elige cuál le queda mejor. Simplemente ahora, estamos en medio de una crisis que tiene a unos agobiados lamentándose la rudeza con la que nos está tratando el virus. Sufriendo la tiranía con la que nos mantienen encerrados. La presión excesiva que ejerce sobre nuestra economía. La manera ruin con que nos robó esas rutinas que ni siquiera nos hacían tan felices. Pero para otros, esa misma crisis, es una oportunidad de ser mejores. Que nos lleva al límite solo para saber que somos capaces de más cosas de las que habíamos pensado. Que nos hace aprender a superar los tiempos difíciles. Que nos lleva a otro nivel de fortaleza que ni siquiera sabíamos que teníamos. Cada quien ha elegido las reglas con las que va a jugar.  Y cada decisión tendrá un costo, porque nunca he sabido de nada que no tenga un costo. Y no siempre es dinero, pero siempre hay un precio. Podemos llorar y convertirnos en los que cuentan la historia con el resentimiento de quienes no ganaron. O podemos buscar la forma de que esta crisis nos motive a ser mejores. Que nos libere de todas esas cosas que no necesitábamos pero que nos daba miedo soltar. Podemos aprender a que esta adversidad y al final contar la historia desplomados en un sillón blanco, sonriendo a la cámara y en la cima del mundo. Al menos, del nuestro.