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02 de Abril del 2019

En la muerte de Armando todo está mal

El suicidio de Armando Vega Gil, bajista de Botellita de Jerez, no debería desestimar el movimiento #MeToo, al contrario, su muerte debería hacerle ver a las autoridades que es urgente garantizar, por un lado, que cualquier mujer pueda denunciar abiertamente un abuso sin miedo. Y por otro, que cualquier acusado pueda defenderse sabiendo que la justicia llegará. En esta historia ni uno ni otro se sintieron escuchados y al final ambos perdieron
Un denuncia que se publicó anónima, un suicidio y una cuenta de Twitter cerrada. Todo alrededor de lo que pasó con Armando Vega, está mal. La semana pasada, el nombre del músico salió en una denuncia que se publicó de manera anónima dentro del movimiento #MeTooMusicosMexicanos. El domingo, él subió una larga carta a su Twitter en la que aseguraba que era inocente pero que no podría vivir con el desprestigio, por lo que la única salida que encontraba era el suicidio. #MeTooMusicos escribió varios tuits en los que le decía que su chantaje mediático era una falta de respeto gravísima y que demeritaba el movimiento. Pero el lunes, la muerte de Armando se confirmó y entonces todo se volvió un nudo y la cuenta cerró durante unas horas debido a los ataques en su contra. La señalaron como la causante directa del suicidio de Armando. Las agresiones también llegaron a las cuentas de las mujeres que apoyaron la denuncia. Las acusaron incluso de asesinas. Se lanzaron duras críticas al movimiento por permitir que muchas de las denuncias sean publicadas de manera anónima. Lo tacharon de irresponsable. Y es que sí, el anonimato puede esconder vendettas personales. Es fácil acusar en las sombras. Es encender un fuego y correr. Pero el problema es que en México, las denuncias sobre abusos y violaciones son ignoradas una y otra vez. De cada 100 mujeres que toman el valor de denunciar, solo 2 reciben respuesta. Y qué decir de la ruta de la vergüenza que hay que seguir para lograrlo. La revictimación que sufren es una constante. ¿Qué traías puesto ese día? ¿Por qué estabas tan tarde en la calle? ¿Segura que no querías? Eso no facilita nada el proceso ya de por sí difícil de aceptarse como víctima de un abuso. Pero por otro lado están los acusados. Esos de los que sí sabemos nombre y apellido. Esos que, mientras se resuelve si son culpables o no, enfrentan la hoguera mediática. Esos a los que nadie les dice #YoSíTeCreo. Esos que también se sienten ignorados una y otra vez. Esos que se convierten en víctimas. Porque no sabemos si Armando era culpable o no. Pero al menos debería haber tenido la confianza de saber que si la denuncia era falsa, la justicia llegaría. Y no la tuvo. Las denuncias anónimas están mal. Pero también está mal que cuando se hacen denuncias penales nadie nos escuche. Que Armando se sintiera acosado está mal. Pero también está mal que haya sentido que no tenía otra salida. Que su vida estaba acabada por una denuncia anónima en redes sociales. Que la plataforma donde se hacían denuncias haya cerrado está mal. Pero también está mal que el Ministerio Público no sea un lugar para hacerlo. Al final, su muerte no debería ser una razón para desprestigiar el movimiento. Al contrario, debería servir para que las autoridades se esfuercen más en garantizar que cualquiera que acuse o se defienda será escuchado. En esta historia ninguno de los dos sintió eso. Y todos perdimos algo.