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25 de Enero del 2019

Venezuela, el holocausto

La postura adoptada por el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador despertó una nueva radicalización, tanto en la opinión pública mexicana como en la internacional
El cardenal Eugenio Pachelli fue ungido como Papa en mayo de 1939. Y bajo el nombre de Pio XII vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Desde casi todos los espacios de su vida personal y religiosa, el Papa Pío XII es considerado un Santo. Pero un oscuro secreto empañó esa santidad. El tiempo y el hallazgo de documentos secretos se encargaron de revelar que uno de los más venerados Papas  fue silencioso cómplice de Hitler. Y que en su momento muy poco o nada hizo para detener el holocausto judío. Pero el de Eugenio Pacelli no fue un silencio casual. Como nuncio del Vaticano en Alemania sostuvo contactos con Hitler, con quien firmó el Concordato del Reich, aceptando el retiro de los católicos de política y la disolución del Partido Central Católico Alemán. El resto es historia. Todas las enormes y admiradas virtudes de aquel Papa Pio XII sucumbieron frente a su complicidad con Hitler y su silencio frente al Holocausto. Viene este recuento histórico por al debate que se vive sobre la crisis en Venezuela. Prolongación de la dictadura de Hugo Chávez, los venezolanos viven hoy su holocausto político, económico y humanitario. Y su nuevo Hitler lleva por nombre Nicolás Maduro. Por donde se vea, el régimen venezolano es dictatorial, antidemocrático, violador de los derechos humanos y sordo al clamor internacional de respetar las mas elementales libertades de sus ciudadanos. Esa crisis ya es un ícono internacional, por la magnitud del éxodo de venezolanos que frente a la opresión, la escasez de trabajo y de alimentos, lo dejan todo para buscar en naciones vecinas su sobrevivencia. Para ellos y para sus hijos. El clímax de esta crisis estalló el miércoles pasado, cuando los gobiernos de un gran bloque de la comunidad internacional reconoció como nuevo jefe interino del Estado venezolano a Juan Guaidó, el líder opositor y presidente de la Asamblea Nacional.   Con esa acción, Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Costa Rica, Honduras, Panamá, Paraguay y la OEA desconocieron de facto a  Maduro. Solo Rusia, Cuba, Turquía, Bolivia y El Salvador respaldaron al dictador chavista, mientras que México, Uruguay y la Unión Europea se declararon “neutrales”, haciendo un llamado al diálogo. La postura adoptada por el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador despertó una nueva radicalización, tanto en la opinión pública mexicana como en la internacional. Y la condena sobre esa posición que invoca los históricos principios de la no intervención, no se hizo esperar. Neutralidad es silencio y silencio sinónimo de complicidad. Lo cierto es que aquellos principios de la llamada Doctrina Estrada, inaugurada por México con la admiración global en 1930, están en decadencia. Las realidades son distintas. El mundo ya no es un simple concierto de naciones gobernadas aisladamente por la autodeterminación, sino una enorme aldea global en la que las decisiones políticas, económicas y sociales de unos, trastocan y contaminan a todos. Las aberraciones del gobierno de Nicolás Maduro colapsaron  desde hace años a Venezuela. Y el hambre, el desempleo y la migración impactan ya a todo el continente. Nadie puede hoy jugar a una inexplicable neutralidad y menos con un silencio cómplice, como el que en su tiempo hizo el Papa Pio XII frente los atroces crímenes de Hitler. El presidente López Obrador no puede empuñar como escudo su honestidad valiente y su buena voluntad, como en sus días los invocó el Papa Pio XII, para justificar su silencio frente al holocausto venezolano. El juicio de la historia inevitablemente lo alcanzará, como le ocurrió a Eugenio Pacelli. Es entendible que ningún jefe de gobierno acepte que desde otras soberanías se les califique o reconozca. Pero por encima de eso, está el tolerar y callar ante los crímenes de lesa humanidad. Ni Chávez en su tiempo, ni Maduro hoy, reaccionaron a las propuestas de diálogo. El holocausto venezolano avanza y México no debe ser cómplice con su inmaduro silencio. ¿O tendremos que esperar a que aparezcan en Venezuela los vestigios de los campos de concentración para los  opositores?