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11 de Septiembre del 2018

UNAM: ¿vuelven los Litempo?

“En México, para ser un buen político no es necesario saber resolver los problemas, hay que saber crearlos”
Alfonso Martínez Domínguez, el célebre político priista, solía decir: “Cuidado amigo cuando sacas a los estudiantes de las aulas a la calle. Será casi imposible que los puedas regresar”. Y vaya que algo sabía de eso quien fuera renunciado como regente del Distrito Federal en 1971, cuando se le culpó de la matanza del Jueves de Corpus en el sexenio de Luis Echeverría. El mismo don Alfonso, como se le conocía entre la clase política, advertía que casi siempre detrás de los universitarios rebeldes, con causa justa o injusta, se escondían intereses políticos que lucraban política o económicamente con el fantasma de la desestabilización. ¿O cómo creen que ese espía de la CIA llamado Litempo 8, mejor conocido por los mexicanos como Luis Echeverría logró ser candidato presidencial en 1970? Pues aprovechando el movimiento estudiantil de 1968, con raíces auténticas, pero que terminó manipulado por otro espía de la CIA llamado Litempo 4, mejor conocido comoFernando Gutiérrez Barrios. Echeverría, secretario de Gobernación en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz usó los escuadrones negros de Gutiérrez Barrios, entonces jefe de la Dirección Federal de Seguridad, para desestabilizar a México con la matanza de Tlatelolco. Echeverría temía que los norteamericanos prefirieran como sucesor de Díaz Ordaz a Antonio Ortiz Mena, entonces secretario de Hacienda. Pero con las revueltas estudiantiles del 68, orquestadas por Gutiérrez Barrios y vendidas por Echeverría a sus jefes de la CIA como intentonas de Rusia y de Cuba para implantar el comunismo en México, el apoyo norteamericano a Ortiz Mena se diluyó. Litempo 8 y Litempo 4 se salieron con la suya. Echeverría se adueñó de las llaves de Los Pinos en 1970 y Gutiérrez Barrios fue su fiel operador en lo oscurito, pactando una paz comprada con Cuba y con Fidel Castro y articulando la llamada “guerra sucia” contra los detractores. Viene toda esta historia a colación porque después de muchos años de paz, los estudiantes de la UNAM salen de las aulas y se adueñan de las calles para exigir el fin del porrismo y la intromisión del crimen organizado en la Máxima Casa de Estudios. Por supuesto que es un reclamo honesto y justo. Pero conforme se conocen los detalles de aquellos que aparecen golpeando, lanzando molotov o incitando a las turbas indignadas, comienza a extenderse un olor a fetidez. Lean a Ricardo Raphael ayer en El Universal. Y en la antesala de la conmemoración de los 50 años de la Matanza de Tlatelolco, los puños en alto y los gritos de justicia de miles de estudiantes vuelven a inundar el aire de la ciudad capital. Curiosa coincidencia que la elevación de la temperatura estudiantil se de en el ocaso de un malogrado sexenio priista y en los albores de la instalación del primer gobierno de izquierda en México. Y sin demérito de las muy justas demandas de quienes exigen manos fuera de la UNAM,los fantasmas bastante fotografiables que se ven aprovechando el río revueltotienen otro fin, otro propósito. ¿Para quién es la caladita? ¿Para que el gobierno saliente del presidente Enrique Peña Nieto se despida con violencia e incluso con eventuales rastros de sangre? ¿O para que el gobierno entrante del presidente electo Andrés Manuel López Obrador se estrene con una represión de un conflicto heredado “que se le salió de control”? Para encontrar la respuesta volvemos a la sabiduría política de Alfonso Martínez Domínguez: “En México, para ser un buen político no es necesario saber resolver los problemas… hay que saber crearlos”.