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01 de Octubre del 2019

Trump se desquicia

Ante la desesperación y el acorralamiento, Donald Trump dio un giro peligroso y lanzó un advertencia: si sus adversarios logran destituirlo, provocarán una guerra civil.
Donald Trump está abandonando sus deberes como presidente de los Estados Unidos. Y desde hace días consume su tiempo asumiéndose él mismo como su propio abogado defensor frente a las acusaciones de obstrucción de justicia que amenazan con expulsarlo de la Casa Blanca. Su rostro, sus expresiones, sus declaraciones, sus tuits, lo delatan. Estamos ante un jefe de Estado desesperado y acorralado. Y en un giro peligroso, el mandatario lanza una advertencia: si los demócratas logran destituirlo, provocarán una guerra civil. La advertencia es de una inaudita provocación. Se cuida de no ser él mismo el autor y se la atribuye al pastor Robert Jeffress, quien lanzó la amenaza en la cadena de noticias Fox News. Pero es el mismo Trump el que distribuye la amenaza a sus 65 millones de seguidores en su cuenta de Twitter. Es un hecho que la suscribe y que piensa igual que el pastor, quien lejos de pacificar a su grey les anuncia la guerra, el holocausto norteamericano, si no cesan en su intento de crucificar al inquilino de la Casa Blanca. Pero el presidente Trump tiene muchas más razones para entrar en la zona de pánico. Las evidencias de sus conductas y las de sus allegados lo hunden por horas. Su defensa se concentra ahora en exigir conocer a su acusador, a Mister Whistleblower, al Soplón que dio a conocer su debatida llamada con el presidente de Ucrania, en la que le solicita favores contra adversarios políticos a cambio de entregar la prometida ayuda de 391 millones de dólares a ese país. Si de verdad el presidente Trump quisiera cerrar el expediente, bastaría que autorizara la entrega al Senado de la grabación íntegra con su colega ucraniano. Ahí se despejarían todas las dudas. Pero el ególatra y mitómano mandatario se resiste, porque sabe que hay pecado. Por eso filtra solo lo que le conviene. Para colmo, su abogado y mejor amigo Rudolph Giuliani, no le está ayudando nada a desenredar la madeja ucraniana. Es, como ya fue calificado por algunos medios, el peor de sus mejores amigos. Y es que lejos de tranquilizar el siempre exaltado temperamento conflictivo de Trump, Giuliani tiende a echarle gasolina a la hoguera. Después de todo el político y abogado neoyorkino es igual de mediático y estridente que su cliente. Los dos buscan el reflector y se crecen al conflicto. Pero el problema es que no existe forma de justificar de qué manera Giuliani entró como testigo en la llamada al presidente de Ucrania. Dice que el Departamento de Estado le solicitó sus servicios. Nadie puede confirmarlo. Y en medio de todos los jaloneos, las declaraciones de Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, suplicando “inocentemente” que ojalá que en medio del escándalo ucraniano no se revelen los detalles de las conversaciones telefónicas entre su jefe Vladimir Putin y Donald Trump. Si esa petición no es una torpe confesión, podríamos jurar que es un acto de provocación de un Putin decepcionado de un Trump que le falló. El jefe del Kremlin le estaría enviando un mensaje a los adversarios del mandatario norteamericano para que exijan abrir los supuestamente cerrados expedientes entre Washington y Moscú. Si se hiciera, quedaría en evidencia Rusia si metió las manos en la elección que instaló a Trump en la Casa Blanca. Se reabriría la herida del Russiagate. Por eso, el presidente Trump está desesperado y entrando en el peligroso terreno de perder la cordura amenazando con una Guerra Civil. Esa guerra civil ya está en marcha. Se da ya entre los pasillos del Capitolio y de la Casa Blanca. Y promete insospechados episodios que exhibirán a un presidente de los Estados Unidos ofendido y desquiciado. Y cuidado, cuando un ego del tamaño de Trump, empoderado con todo lo que le da el ser presidente de los Estados Unidos, se siente humillado. El final es de pronóstico reservado.