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21 de Noviembre del 2019

Trump acorralado

El proceso de impeachment en contra de Donald Trump llegó a un punto de quiebre: Gordon Sondland, embajador de Estados Unidos en la Unión Europea y otrora aliado del presidente, se ha convertido en un testigo clave para avanzar el juicio político contra el número uno de la Casa Blanca.
Gordon D. Sondland es un próspero empresario hotelero. Su filiación política es republicana y lo demostró cuando cuatro de sus empresas donaron un millón de dólares para financiar la toma de posesión del presidente Donald Trump. Su generosidad y sus relaciones políticas le valieron que el inquilino de la Casa Blanca lo propusiera en marzo del 2018 como embajador de los Estados Unidos ante la Unión Europea. Pues este generoso empresario republicano hizo ayer historia al colocar contra la pared, a la orilla del precipicio que conduce al impeachment, a su amigo, el presidente Trump. Su testimonio ante al Comité de Inteligencia del Congreso, que analiza el posible desafuero presidencial fue muy claro, revelador, rotundo y contundente. No deja lugar a dudas. Donald Trump sí presionó al presidente de Ucrania para que investigara al hijo de Joe Biden, su rival político demócrata, a cambio de facilitar la ayuda militar prometida: 400 millones de dólares. Mas aún, en esta acción que califica como un acto abierto de soborno –porque Trump pidió un favor político personal a cambio de entregar dinero del Erario- el embajador Sondland involucró directamente a Mike Pence, a Mike Pompeo y a Mick Mulvaney. En su testimonio, dijo que el Vicepresidente, el Secretario de Estado y el jefe de la Presidencia –los tres más importantes personajes cercanos a Trump- se vieron directamente involucrados y operaron abiertamente en el caso de Ucrania. La historia se agrava cuando el embajador Sondland admitió ante pregunta expresa que sí existió un quid pro quo. Es decir, que el favor pedido por el presidente Trump al presidente de Ucrania, sería recompensado con una visita a la Casa Blanca y la entrega de los millonarios fondos prometidos. Para cerrar el círculo de las complicidades, el testigo clave sacudió a los congresistas que lo interrogaban cuando reveló que toda esta intriga fue operada por alguien fuera de la Casa Blanca, Rudolph Giuliani, el abogado personal del presidente, coordinado con el Secretario de Energía, Rick Perry, y con el enviado especial a Ucrania, Kurt Volker. Giuliani fue quien introdujo el quid pro quo cuando prometió una visita del presidente Zelensky a la Casa Blanca a cambio de que anunciara públicamente que ya se había iniciado la investigación por corrupción contra el hijo de Joe Biden. “Nosotros seguimos las órdenes del presidente”, fue contundente el embajador Sondland. Y despejó cualquier duda. Para los más conspicuos analistas norteamericanos, el testimonio bajo juramento del embajador Sondland es el tiro de gracia sobre la controvertida y tortuosa presidencia de Trump. Bajo las leyes norteamericanas, la primer causal para el impeachment de un presidente es el de traición. Pero la segunda es el soborno. Y en ese cajón cae la operación de Trump con Ucrania. La conspiración es clara; los conspiradores también: Trump, Giuliani y el círculo íntimo de la Casa Blanca. Y a pesar de que todavía están pendientes otros testimonios clave, la mesa ya está puesta para solicitar el impeachment. La pregunta de fondo, después de las revelaciones hechas ayer por el embajador Sondland es si los republicanos que controlan el Senado defenderán a su presidente, a pesar de las evidencias que lo hunden como un corrupto. Lo mejor que el inquilino de la Casa Blanca podría hacer hoy sería emular a su antecesor Richard Nixon, que al verse acorralado por el escándalo del espionaje en el Hotel Watergate, no esperó al desafuero. Puso su renuncia sobre la mesa a cambio del perdón que le daría su sucesor, Gerald Ford. Pero el ego del presidente Trump es descomunal y su megalomanía es tal, que preferirá morir –políticamente hablando- como un mártir, como una víctima de lo que él siempre describió como una cacería de brujas.