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24 de Junio del 2019

Solo yo y los míos

La administración de Andrés Manuel López Obrador no confía en nadie, mas que en los suyos. Lo que dejan ver los proyectos de la refinería de Dos Bocas, el aeropuerto de Santa Lucía y el desmantelamiento de programas sociales es un gobierno centralizado que utiliza cuestionables mecanismos de asignación directa para poner en sus manos toda la operación del sector público
Puede que no sea la intención de fondo, pero lo que se permea después de seis meses de gobierno de la Cuarta Transformación es un discurso confuso, poco claro, que atenta contra natura política y económica. Durante su campaña rumbo a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador prometió acabar con la corrupción y el dispendio, atraer inversiones para apoyar el presupuesto público, orientarse a las obras sociales y recuperar el bienestar para los mexicanos. Pero conforme avanza su gobierno, por mas buenas intenciones y honestidad valiente que se le inyecte a esa titánica y admirable tarea, el discurso aparenta ir por un rumbo y los hechos por otro. Eso es lo que se ve. Lo último fue el anuncio de que el gobierno planea montar una red de telecomunicaciones para darle internet a todos los mexicanos. Que empleando la fibra oscura de la CFE se invertirá en lo que es una aspiración muy loable: que todos los mexicanos tengan acceso a la red. Pocos reparan, sin embargo, que si se sentara a la mesa a los actuales concesionarios de las telecomunicaciones, sin distraer recursos del debilitado presupuesto nacional, se lograría el propósito. Pero el presidente López Obrador tendría que apretar tuercas y exigir que se cumpla lo que en el título de concesión se prometió. Y al que no lo haga, que se le cancele el título. Pero esa sana intención de conectividad para todos, mal orientada, viene a sumarse a una ola que ya va haciendo tendencia: el gobierno lo hará todo mejor y al sector privado no es indispensable. Se trasluce lo mismo en la construcción de la refinería de Dos Bocas, en donde los convocados a construirla rechazaron las condiciones de tiempo y presupuesto, para que el gobierno acabara por decir que los trabajadores de Pemex, los mismos que tienen semi-paralizadas las actuales refinerías, serán los que la harán bajo las condiciones rechazadas. Y si abrimos el expediente del aeropuerto de Santa Lucía no es diferente. A quienes ya se les asignó la tarea de diseñarlo y construirlo son militares. No se trata de constructoras expertas, sino una concesión por desconocidas razones, a una respetable dependencia que tiene otras obligaciones prioritarias antes que hacerla de maestro albañil. Mientras tanto los inversionistas privados –no los corruptos que florecieron al amparo del robo descarado durante los sexenios del PRIAN- ven con sorpresa que son marginados y se ven obligados a despedir trabajadores experimentados, porque el gobierno pretende hacerlo todo. Porque no confían en nadie. En contraparte los programas de bienestar, que son tan indispensables para zanjar la desigualdad, están padeciendo por la falta de recursos. Desaparecen bajo acusaciones de corrupción los organismos que los manejaban, solo para ser reemplazados por asignaciones directas, centralistas, ineficientes, que son inoperables. Por mas que se presuman los apoyos a los mexicanos de la tercera edad o las becas de apoyo para guarderías o para los ninis, las quejas abundan por la malograda implementación de algo que de origen es bueno. Asómense a ver las filas donde los adultos mayores acuden para recibir su apoyo. De dar lástima. Y del Seguro Social, ni hablamos. Lo que intentamos decir es que no se puede vivir alentando la idea de que “solo yo y los míos” somos buenos y el resto del planeta es corrupto. “Solo yo y los míos” podemos sacar adelante lo que sea, porque los demás son unos rapaces e incapaces. “Solo yo y mis decisiones a mano alzada” pueden decretar el arranque de obras sin estudios previos o cancelar obras avanzadas sin evaluar su impacto, porque todo lo que emana de la honestidad es bueno por esencia. No puede ser así. Si el presidente López Obrador quiere ser congruente con su discurso de que necesita la inversión del sector privado, nacional y extranjero, para sacar a este buey de una barranca en el que se la dejaron –él no la llevó ahí- tiene que revisar lo que dice y lo que hace. Navegar con la bandera de yo estoy bien y el equivocado es el mundo solo avivará el desconcierto y la radicalización, que a la larga acabarán boicoteando su esperanzador gobierno.