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09 de Octubre del 2019

Sheinbaum se apaga

El caos es la constante en el gobierno de la Ciudad de México, que se ha rehusado sistemáticamente a utilizar el legítimo uso de la fuerza para hacer cumplir la Constitución. El paro de taxistas es el ejemplo más claro de que el Estado está en retirada, al menos en la capital.
Si Claudia Sheinbaum quiere entrar a la moda de la híper austeridad republicana, que despida a los 21 mil policías que tiene en su nómina el gobierno de la Ciudad de México. Para nada le sirven.   Si no los emplea para someter al orden a quienes infringen flagrantemente la ley, frente a las cámaras de todos los medios de comunicación, ¿para qué los quiere?   Si cualquier vándalo puede dañar sin consecuencias la propiedad ajena o puede secuestrar por capricho a millones de ciudadanos bloqueando a placer las avenidas de una metrópoli convulsa, ¿qué sentido tiene pagar miles de policías?   Dos sucesos ejemplifican la fallida estrategia de quien ya decidió que el uso de la fuerza para someter a la delincuencia no está en el catálogo de opciones para honrar su juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución.   Uno, la vandálica marcha del 2 de octubre que tampoco se olvida, gracias a las pintas que decenas de encapuchados, al amparo del anonimato, grafitearon impunemente edificios, aparadores y monumentos históricos de la Ciudad de México.   No era la primera vez. Ya en otras marchas similares, durante el nuevo gobierno capitalino, el daño en propiedad ajena quedó impune frente a los millones de pesos en cristales rotos y fachadas pintarrajeadas.   La respuesta de Sheinbaum para contener a los anarquistas fue la de obligar –porque no fue voluntario- a miles de trabajadores del gobierno capitalino a participar en un “Cinturón de Paz”.   De la noche a la mañana, por la sola magia de vestir una camiseta blanca, a esos inocentes burócratas de buena voluntad se les confirió un rol para el que nunca fueron ni contratados, ni entrenados y mucho menos se les pidió permiso para que lo asumieran.   No es exagerado decir que los trabajadores del gobierno de la Ciudad de México fueron usados como carne de cañón para disuadir a las hordas de anarquistas de hacerle daño a la ciudad. Fallaron.   Y ante el acoso de los vándalos, los inocentes burócratas no tuvieron más remedio que despojarse de la camiseta blanca que los habilitaba como ángeles guardianes, porque el costo de conservarla sería el vivir en carne propia el infierno de la violencia. ¿Y los policías? Cumpliendo la orden de no hacer nada.   Peor fue el espectáculo de los miles de taxistas que impunemente estacionaron sus automóviles en las principales avenidas de la Ciudad de México, provocando el infarto del libre tránsito que le robó millones de horas ciudadano a los automovilistas que no pudieron llegar a  escuelas o trabajos, o a los millones de usuarios de un transporte público que tampoco pudo operar.   Sheinbaum calificó como corruptos a los taxistas delincuentes que reprueban el avance de la modernidad con las aplicaciones como Uber y Cabify. Y para minimizar el terremoto vial remató diciendo que eran una minúscula minoría de apenas el 0.4 por ciento.   ¿Si eran corruptos delincuentes muy minoritarios, cuál era el sentido de salir a negociar con ellos? ¿De nuevo el subsecretario de Gobernación, Ricardo Peralta, sentado a la mesa de las “autodefensas sobre ruedas”?   Si menos del uno por ciento de los taxistas capitalinos en rebelión no pueden ser sometidos por una autoridad que debe de velar por el libre tránsito de las mayorías, ¿se imaginan el infarto circulatorio al que se someterá a la ciudad capital cuando decidan bloquearla el 5 o el 10 por ciento de los 102 mil taxistas?   Lo que exhibe el nuevo gobierno de la Ciudad de México no es solo una impericia y una apatía en el manejo del uso de la fuerza, que es el único monopolio que el Estado debe usar para hacerle frente a la ilegalidad, en defensa de las mayorías.   Con sus experimentos de esconder a los policías cuando urge defender la propiedad privada o el interés público, o negociar con minorías corruptas, como ella misma las califica, Sheinbaum exhibe una muy limitada o casi nula capacidad para gobernar.   No es eso lo que los capitalinos esperan de una mujer inteligente, sensata y con un rictus inexpugnable, que prometía ser el rostro duro  que sometiera el desorden en el que recibió a la ciudad capital.    Después de semejantes desfiguros, Claudia Sheinbaum está obligada a emplear el poco capital político que le queda para rectificar y defender los derechos de los millones de ciudadanos que con su voto la instalaron donde está.