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06 de Abril del 2020

Se rompió el molde

El quiebre entre el gobierno y el sector privado luce inevitable; la radicalización sería de pronóstico reservado.
La escena no podía ser más descriptiva de la realidad en medio de la crisis. El presidente en solitario, en medio del enorme patio central del Palacio Nacional. Las circunstancias de la crisis sanitaria lo exigieron así. Pero jamás la imagen de un jefe de Estado mexicano se vio tan sola, tan en el vacío. Dar el mensaje desde su despacho habría sido una opción más sensata de comunicación. En esa solitaria imagen debieron coexistir dos realidades. La de su quinto informe trimestral de gobierno, pero sobre todo la más esperada: la de cómo enfrentaríamos la crisis del Coronavirus. Y se privilegió la del informe de gobierno, no la de la crisis sanitaria, ni sus graves consecuencias económicas. Los abundantes números de lo que ya se hizo y de lo que está por hacerse asfixiaron lo muy poco que se dijo de lo que todos los mexicanos esperábamos escuchar del Comandante en Jefe. ¿Por dónde daremos todos la batalla para no morir en el intento? El error es de origen, porque el presidente López Obrador confunde las críticas a la estrategia sanitaria del Coronavirus con los cuestionamientos a su Proyecto de Nación. Su proyecto debe continuar porque para eso fue electo. Para acabar con la corrupción, el dispendio, la impunidad, la inseguridad y los privilegios de las élites. Pero todo eso se irá por la borda, si no se atiende la crisis sanitaria y sus secuelas económicas. El presidente López Obrador no acaba por entender que la crisis global del Coronavirus no es culpa de la Cuarta Transformación. Que esa inédita tormenta lo obliga a modificar la ruta, aunque sea por unos meses, si se quiere evitar el naufragio. Pero al reducirla, casi ignorarla en su informe de ayer, la asume como un complot más contra su gobierno. Es sin duda digno de aplauso el reforzado interés por los más desprotegidos, por los pobres, por los sin-trabajo, por los adultos mayores. Eso no está a debate. Por el contrario, se aplaude. Pero no puede ignorarse al otro México, al que el hoy –equivocadamente- inquilino de Palacio Nacional da por hecho que, aún en medio de la crisis del Coronavirus, vive en la abundancia. Es el México de empresarios y profesionistas, de la enorme clase media, a la que les pide que saquen sus ahorros para salvar sus negocios que ya están cerrados, que no producen y que por sentido social, pero también por decreto, están obligados a pagar salarios íntegros durante la pandemia. Si se es congruente y el gobierno va a sacar sus ahorros los tendría que emplear para salvar sus negocios, los que le dejan dinero, el de los que le pagan impuestos. No para acelerar el pago de una deuda que nadie le está cobrando. Pero por lo escuchado ayer, todo lo que incluya la palabra “empresa” –asi sea pequeña, mediana y no se diga grande- está apestado en el gobierno de la Cuarta Transformación. Y en ese cajón de lo que llama “neoliberales”, el presidente López Obrador coloca muy injustamente a todos los emprendedores. Olvida el inquilino del ayer solitario Palacio Nacional que de cada 100 pesos que cada año se producen en México se reinvierten 21 pesos. Y que de esos 21 pesos solo 2 pesos –menos del 10 por ciento- corresponde a inversión pública, la del gobierno. El otro es la inversión privada, la de todo tipo de contribuyentes, profesionistas independientes y empresas de todos los tamaños. Ahí está el 90 por ciento de la generación del empleo y la riqueza. Lo que ayer anunció el presidente López Obrador es que se va a elevar sustantivamente el gasto del gobierno. Que bueno que se haga el esfuerzo y se reoriente hacia los que mas lo necesitan. Pero así lo eleve un 100 por ciento, apenas serían 4 pesos de los 21 que se invierten. En el plan de contingencia que se esperaba fuera anunciado ayer –y que nos quedamos esperando- nada se dijo de los apoyos urgidos para aquellos que ponen sobre la mesa los 18 pesos de inversión. Apenas se anunció acelerar la devolución del IVA y que los Bancos privados les refinanciarían sus créditos. Y para que no quedara duda fue enfático al decir que “el molde se rompió”. Se acabaron los tiempos pasados y la inversión pública, aplicada con honestidad y austeridad, con empleo desde el gobierno, nos salvará. El quiebre entre el gobierno y el sector privado luce inevitable. Y a menos que exista una rectificación en los próximos días la radicalización será de pronóstico reservado. Y todo por defender un Proyecto de Nación, cuando la crisis sanitaria obligaba a anunciar un proyecto para salvar a la Nación.