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12 de Septiembre del 2019

Respetar el uniforme

El presidente Andrés Manuel López Obrador dio la orden: si un grupo de la población cruza la línea para maltratar a miembros de las Fuerzas Armadas, éstas tendrán el derecho a responder en proporción.

Los militares son el cuerpo élite en la seguridad de una nación. Asómese a cualquier país y vea cómo las fuerzas armadas actúan frente al pueblo y cómo el pueblo se comporta frente a las fuerzas armadas. Eso le dirá mucho de esa sociedad.

 

En países como Chile, Francia, Italia, Japón  o España, e incluso en los Estados Unidos, existe un muy elevado respeto por las fuerzas armadas y en algunos incluso por sus policías. Pertenecer a sus cuerpos de seguridad da respeto y dignidad.

 

Históricamente, los mexicanos hemos respetado a nuestras fuerzas armadas –Ejército y Marina-, pero tenemos el peor de los conceptos de todo lo que huela a “policía”. En el imaginario popular las milicias son heróicas, las policías son corruptas.

 

Hasta que en el sexenio de Vicente Fox, más acentuado en el de Felipe Calderón y no se diga con Enrique Peña Nieto, frente a la incapacidad de las policías federales, estatales y locales, esos gobiernos decidieron sacar a los militares y a los marinos de sus cuarteles para convertirlos en una policía de combate al crimen organizado.

 

Y la urgencia de transformar el uniforme verde olivo en un uniforme azul marino comenzó a desgastar esa imagen, con el roce cotidiando de la confrontación, la detención e incluso el homicidio. Y fueron invocados los Derechos Humanos.

 

Pero el crimen organizado fue tomándole la medida al gobierno y comenzó primero a provocar, a emboscar, hasta que encontraron su mejor defensa en financiar vallas humanas que apedrearan y atacaran a los militares.

 

Y bajo las nuevas reglas del gobierno de la Cuarta Transformación, la consgina presidencial a los altos mandos castenses nacionales fue la de no responder a lo que se consideraban provocaciones.

 

Pero las imágenes de unas fuerzas armadas acorraladas, arrinconadas, debilitadas, sin capacidad de respuesta, fueron inundando los medios de comunicación y las redes sociales.

 

Hasta que esta semana las imágenes del ataque a soldados en Acajete, Puebla –el onceavo en lo que va del año- se convirtieron en la imagen de la ignominia.

 

Uniformados que en actitud de indefensión, por las instrucciones de no responder a las provocaciones, eran sometidos por pobladores armados con piedras y palos.

 

Abusaron los criminales, los narcotraficantes, los huachicoleros, de la buena voluntad del gobierno que cree en su pueblo “bueno y sabio” y que se topó en la realidad con grupos manipulabes o comprables de pueblos “malos y estúpidos”. Se acabó la paciencia.

 

Desde ayer miércoles, el presidente Andrés Manuel López Obrador instruyó al General Secretario Luis Cresencio Sandoval a ponerle un alto a lo que se convirtió en un abuso a la buena fe de los uniformados.

 

Ahora nada de apertrecharse para no caer en provocaciones. Ahora se enfrentará a los agresores para cumplir con el sano precepto de resguardad la integridad de la población y de la nación.

 

Tal como lo vemos en Hong Kong frente a las manifestaciones contra la ley de extradición, o en Francia cuando se somete la rebeldía destructiva de los chalecos amarillos, o como se ve en los Estados Unidos cuando se someten a manifestantes o a saqueadores.

 

En México se intentó llevar la fiesta en paz, sin confrontaciones físicas, pero quienes vieron debilidad en un acto de política social se equivocaron.

 

Ya no se repetirán esas escenas, muchas de ellas patrocinadas por quienes desde el lado del crimen quieren ver debilitadas a las fuerzas del orden.

 

Por supuesto que al primer sometimiento habrá protestas, como las hay en todo el mundo cuando la rebeldía trasgrede el derecho de terceros y es sometida.

 

Pero eso es preferible que claudicar a defender el respeto que por tantos años se construyeron las fuerzas armadas mexicanas y que hoy está en juego.