22 de junio 2021

10 de junio 2021

¡Que alguien me explique!

Reconciliación Nacional

Consumada la elección intermedia sin los mejores, pero tampoco con pésimos resultados, el presidente López Obrador tiene que comenzar a escribir el segundo tercio de su libro, en el que va implícita su sucesión y el epílogo de su gobierno

Por Ramón Alberto Garza

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Todavía no se enfría la jornada electoral del domingo 6 de junio, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador envía el primer signo de que su gobierno podría salir a afinar el rumbo para buscar una reconciliación nacional.

La llegada de Rogelio Ramírez de la O a la Secretaría de Hacienda es una señal de buena voluntad, en una dependencia que tiene pendiente la reforma fiscal, el diálogo federalista con los estados y una mano menos dura con los contribuyentes.

El tiempo del interinato de Arturo Herrera venció hace meses. Su vinculación con el cada vez más crítico primer secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, lo colocaba en posición incómoda en la casa presidencial.

Su propuesta para irse a dirigir el Banco de México tendrá que pasar la prueba del añejo de las aprobaciones en terna.

Por más que intente negarlo, el inquilino de Palacio Nacional debió escuchar en las urnas del domingo pasado, el reclamo de sectores que lo apoyaron para llegar a la presidencia en 2018, pero que rechazan hoy la autocracia, la crítica sin filtro, las ocurrencias de una desgastada conferencia mañanera.

Y lo que es peor, la escasez de integrantes con clase mundial en el Gabinete.

Ramírez de la O es un economista y financiero presumible. Egresado de comercio internacional en la UNAM y doctorado en Economía de la Universidad de Cambridge, tiene al menos dos décadas muy cercano al oído del presidente López Obrador.

Consultado por decenas de empresas de alto nivel, tanto mexicanas como multinacionales, su consorcio Ecanal S.A. se especializa en prever escenarios macroeconómicos para reducir el riesgo de inversión. Es muy exitoso en lo que hace y conoce ambos lados de la moneda: la del gobierno y la del sector privado.

Para los empresarios, economistas, financieros, analistas y catedráticos, Ramírez de la O es una garantía de sensatez, de equilibrio y de mano firme para defender todo aquello en lo que cree.

Estaba listo en 2006 para ser el secretario de Hacienda, pero el “haiga sido como haiga sido” de la elección calderonista dejó a López Obrador sin la presidencia.

Repitió en la campaña 2012, que tampoco culminó en la llegada del entonces perredista a Palacio Nacional.

Y cuando en 2018, al fin se cristalizó la presidencia lopezobradorista, Ramírez de la O se mantuvo cerca, pero con sana distancia.

Debieron pasar tres años en una turbulenta Secretaría de Hacienda -de donde renunció agresivamente el primer disidente de la Cuarta Transformación- para que el inquilino de Palacio Nacional finalmente concretara el fichaje del respetado profesionista.

Serán, sin duda, mejores tiempos tanto para el gobierno, como para los legisladores y los contribuyentes, porque sin desconocer su mano firme, Ramírez de la O privilegiará el diálogo y la construcción de puentes.

Pero el cambio en Hacienda no viene en solitario. Ya se cruzan las apuestas sobre los próximos relevos en otras secretarías para enfrentar los retos de la segunda mitad de un sexenio que, a estas alturas, deja mucho que desear en resultados.

El presidente López Obrador tiene sequía de rostros nuevos y frescos -con neuronas- que vengan a renovar su propuesta para la candidatura presidencial de Morena en el 2024.

El descarrilamiento de Marcelo Ebrard y de Claudia Sheinbaum frente a la misión no cumplida de las vacunas, la tragedia de la Línea 12 del Metro y el pobre resultado electoral en la Ciudad de México los deja injugables.

A menos que el mandatario se encapriche y quiera apostar el futuro de su Cuarta Transformación a alguno de los descarrilados, con el elevado riesgo de no llegar a la estación 2024.

Pero más allá de cualquier cambio de gabinete, lo que se respira en los pasillos de Palacio Nacional es la urgencia de un cambio de tonada, de un viraje en el agresivo discurso presidencial que abra los espacios para la eterna promesa de campaña. Aquella de que este gobierno buscaría la reconciliación nacional.

Si el presidente López Obrador lee bien, sin distorsiones, lo que sucedió el domingo pasado en las urnas, se daría cuenta que la mayoría de la clase media que lo apoyó para alcanzar los 33 millones de votos se le esfumó.

Cerrar los ojos a esa realidad, que cuantifica hasta hoy ente 8 y 10 millones de votos, sería no solo peligroso, sino suicida.

Consumada la elección intermedia 2021 sin los mejores, pero tampoco con pésimos resultados, el presidente López Obrador tiene que comenzar a escribir el segundo tercio de su libro, en el que va implícita su sucesión y el epílogo de su gobierno.

Por lo pronto, la designación de Rogelio Ramírez de la O, aparece como una señal en el destino correcto.

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