1 de diciembre 2021

4 de noviembre 2021

¡Que alguien me explique!

Que cuiden a Lozoya en el Reclusorio Norte

Sea por una depresión, por verse donde jamás se imaginó o por los temores de quienes piensan que terminará entregando las pruebas prometidas, los cuidados sobre el nuevo preso del Reclusorio Norte tienen que ser extremos

Por Ramón Alberto Garza

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Emilio Lozoya Austin, el personaje más emblemático de la lucha contra la corrupción emprendida por el presidente Andrés Manuel López Obrador ya está tras las rejas (en el Reclusorio Norte).

Fueron necesarios más de 15 meses para que la Fiscalía General de la República se diera cuenta de que las pruebas que prometía presentar el ex director de Pemex, buscando inculpar a grandes políticos y empresarios, no existían o que por el momento no se entregarían.

No al menos como se negoció desde febrero del 2020, cuando Lozoya Austin fue detenido en la residencia de un petrolero ruso en Málaga, España, para ser extraditado a mediados de julio a México a donde llegó sin pisar la cárcel.

Desde entonces el infant terrible de la administración priista de Enrique Peña Nieto prometió algo que difícilmente podría cumplir.

Y sería complicado porque acogiéndose al llamado “criterio de oportunidad” -que lo convertía de facto en “testigo protegido”-  decía que entregaría las pruebas para inculpar al menos a dos ex presidentes, a Peña Nieto y a Carlos Salinas de Gortari, y a una docena de poderosos personajes ligados a las últimas administraciones del PAN y del PRI.

Sea que tenga las pruebas y teme entregarlas, o que nunca las tuvo y mintió no solo para salvarse a él, sino también a su esposa, a su madre y a su hermana, en su reloj llegó ayer miércoles la hora de pisar la cárcel.

Lozoya Austin trató de convencer al fiscal Alejandro Gertz Manero de que lo que hizo con los sobornos de Odebrecht y la compra de la empresa chatarra de Agronitrogenados fueron órdenes “de arriba”.

Que él fue un mero instrumento de las ambiciones de sus jefes, comenzando por el ex secretario de Hacienda, Luis Videgaray.

Se olvidó que los dineros de los sobornos de la constructora brasileña fueron a sus cuentas personales y a las de su familia, y que fueron empleados en la compra de lujosos inmuebles que fueron registrados a su nombre.

Nada diferente de lo que sucedió en su relación con Alonso Ancira, el dueño de Altos Hornos de México, con quien pactó la compra de Agronitrogenados y quien también sirvió de intermediario en otros tantos sobornos.

Lozoya Austin pisó ayer el juzgado, bajo la premisa de que le otorgarían 30 días más para acabar de reunir lo que no pudo en 15 meses.

Y tanto la fiscalía como el juez acabaron por presumir que si lo dejaban libre tenía medios suficientes para emprender la fuga. Dos millones de euros detectados en una cuenta de Liechtenstein lo avalaban.

La prisión preventiva, decretada ayer contra el ex director de Pemex, es un cambio radical de juego que deberá manejarse con pinzas, por lo que Lozoya Austin representa y por los poderosos intereses nacionales e internacionales que estarán en juego.

Un prototípico político mirrey, ambicioso, egocéntrico y que se sentía tan intocable que se atrevió a exhibirse públicamente, cenando en el restaurant Hunan, será difícil que resista anímicamente su nuevo rol de reo en un penal en el que jamás se vio.

Sobre todo, cuando tras su prisión preventiva, pudieran derivarse las detenciones de otros miembros de su familia, presuntamente involucrados en el esquema de los sobornos y que hasta ahora gozaban del mismo manto protector del “criterio de oportunidad” que ayer se le retiró al ex director de Pemex.

Ni que decir de las tentaciones que tendrán algunos poderosos -nacionales y extranjeros- temerosos algunos de que sí existan las prometidas pruebas, que acaben por recobrarle  la libertad a Lozoya Austin, a cambio de ponerlos a ellos tras las rejas.

La confrontación política y de intereses que viene tras la prisión preventiva del ex director de Pemex obligaría al gobierno de la Cuarta Transformación a extremar cuidados con el nuevo inquilino del Reclusorio Norte.

Cuando en julio del 2020, el empresario norteamericano Jeffrey Epstein fue detenido en Nueva York, acusado de tráfico sexual con menores, en este espacio advertimos de inmediato que se le tenía que cuidar en extremo, por los intereses y apellidos que estaban en juego: Trump, Clinton, el príncipe Andrés de Inglaterra.

Un mes después, el cuerpo de Jeffrey Epstein –el hombre que sabía demasiado– fue hallado sin vida, acusando un aparente suicidio que acabó por cortar aquel hilo por lo más delgado.

La dimensión de lo que está en juego con el Caso Lozoya-Odebrecht-Agronitrogenados, obliga a tener las mismas precauciones.

Sea por una depresión, por verse donde jamás se imaginó o por los temores de quienes piensan que terminará entregando las pruebas prometidas, los cuidados sobre el nuevo preso del Reclusorio Norte tienen que ser extremos.

Hay demasiados que saben y demasiados que temen demasiado. Ahí puede estar el quiebre.

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