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02 de Abril del 2020

Prestado, no regalado

Todos necesitamos de un plan económico frente a la crisis, pero nadie queremos otro Fobaproa, de dinero público subvencionado a los privilegiados.
Cuando hoy y mañana el presidente Andrés Manuel López Obrador y los líderes del sector privado se sienten a la mesa para trazar el plan económico frente a la crisis, deben de asumir todos las mismas premisas. La primera, la más importante. Lo que se propone no son regalos, sino diferimientos y préstamos. Nadie queremos otro Fobaproa, de dinero público subvencionado a los privilegiados. Pero tampoco queremos una quiebra masiva de empresas por falta de liquidez ante el severo contagio económico. ¿Por qué decimos que es prestado y no regalado? Sencillo. Vamos por partes. En todo el mundo, sin excepción, los gobiernos ya decretaron un aplazamiento de tres a seis meses en la declaración anual de impuestos. En México no se propone el condonar o no pagar. Se trata de posponer, de aplazar el pago de esa obligación. Pero el SAT insiste en que hay que pagar y ya. En todo el mundo, sin excepción, los gobiernos están montando un Fondo de Apoyo para apuntalar a empresas pequeñas, medianas e incluso algunas grandes, para resolver sus crisis de liquidez ante el freno de la economía por la pandemia. De nuevo, nadie habla de que se regale a la empresas ese dinero. Sino que se cree un sistema de préstamos pagaderos a seis o doce meses, con la misma tasa de interés que el gobierno consiga el dinero en los mercados internacionales. El presidente López Obrador debe entender que la crisis excepcional que se vive está reñida con presumir finanzas manejables. Es suicida. ¿De qué sirven las finanzas sanas con una economía contagiada por el daño de la parálisis financiera y el desplome de los precios del petróleo, el turismo ausente y las remesas en caída libre? Vivimos ya una economía tan frágil, que si no se atiende con la urgencia necesaria, colapsará y se llevará de encuentro esas finanzas saludables. Cierre de empresas igual a desempleo masivo, cero producción y por ende desplome en la recaudación fiscal. Vamos a ponerlo en números. México tiene un superávit fiscal primario, sin contar intereses de la deuda y la deuda de las paraestatales- de 0.7 por ciento del PIB. O sea que gastamos menos de lo que recaudamos. Digno de aplauso si fueran tiempos de jauja. ¿Pasaría algo si el gobierno acepta los préstamos -que muchos otros países ya están tomando- del Fondo Monetario, el Banco Mundial y otros organismos internacionales, y limita su monto al 5 por ciento del PIB. Eso, en los estándares internacionales todavía califica como finanzas sanas. Lo que se obtenga con ese 5 por ciento, que serían unos 60 mil millones dólares, se colocan en un Fondo de Contingencia para prestar -no para regalar- a quien lo necesite, desde changarros hasta medianas y grandes empresas. Los impuestos diferidos a pagarse en julio o en septiembre, el SAT los podría descontar de ese fondo y luego los repone cuando se los liquiden. Lo mismo con los préstamos. Se van pagando a partir de que termine la crisis y se van reintegrando al Fondo de Contingencia. Pasada el choque económico, en dos o tres años, todo lo recuperado puede devolverse íntegro a quienes lo prestaron. Pero por lo menos se dio un respiro a la liquidez nacional y se salvaron millones de empleos. Para tener una idea, el Plan de Contingencia de Estados Unidos ya aprobado por el Congreso norteamericano llevará su déficit fiscal entre 15 y 20 por ciento de su PIB. La propuesta conservadora para México es irnos solo al 5 por ciento. Tres o cuatro veces menos. Canadá, el otro socio comercial, llevará su déficit fiscal al 5.2 por ciento para hacerle frente a la crisis. Lo mismo que se propone para México. ¿O vamos a enfrentarnos a que las empresas que tienen libre comercio con México, las norteamericanas y las canadienses, van a recibir mas apoyos de sus gobiernos que las empresas mexicanas a las que su gobierno dejará a a dervia? Eso sería desventajoso e inevitablemente nos hará perder competitividad. El desempleo se multiplicará. Dirá el presidente López Obrador que Estados Unidos y Canadá son primer mundo. Entonces comparémonos con un país del nivel. Perú, con una economía mucho menor que la mexicana, acaba de aprobar el mayor Plan de Contingencia de América Latina, que equivale no al 5 por ciento de lo que se propone para México, sino al 12 por ciento de su producto interno bruto. Será un programa de préstamos al sector privado en tres etapas, cada una por 8 mil 500 millones de dólares, que como lo dijo la ministra de Economía, María Antonieta Alva, “tenemos la espalda fiscal para tomar medidas audaces”. México, gracias a la disciplina en sus finanzas, también tiene esa fortaleza. Pero lo que se tiene que entender cuando hoy se sienten a la mesa el presidente y los líderes empresariales, es que el rescate con préstamos recuperables no es para salvar solo a las empresas, sino para conservar el empleo de decenas millones de mexicanos. Todos -empresas y trabajadores- pagadores cautivos del Fisco. Si eso no se entiende, el drama económico que se vendrá sobrepasará con creces al sanitario. Que se entienda, es prestado, no regalado.