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08 de Mayo del 2020

El Presidente en su burbuja

¿En qué momento se aisló Andrés Manuel López Obrador; cuándo rompió con casi todo y se instaló en el discurso de la confrontación con todo y con todos?
Sin duda la pregunta que más flota en el ambiente es: ¿qué pasó con el presidente Andrés Manuel López Obrador? ¿En qué momento el mandatario se aisló, rompió con casi todo y se instaló en la burbuja dialéctica de la confrontación con todo y con todos? No intentamos hurgar en el inconsciente político del inquilino de Palacio Nacional, sino buscar entender – jamás justificar - cómo el hombre que ayer era toda esperanza saltó hoy al carril del todo conflicto. Y para eso hay que entender su historia, su pasado y su presente. Pero sobre todo su visión y sus temores del futuro. Andrés Manuel López Obrador viene de dos décadas de lucha en las que una vez conquistada la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en el 2000, sabía que tenía todo pavimentado para instalarse en la presidencia de México en el 2006. Las alianzas del PRIAN y de algunos de los más poderosos hombres del capital operaron contra quienes ellos mismos bautizaron como “un peligro para México”. Y haiga sido como haiga sido, le robaron la elección e instalaron en Los Pinos al panista Felipe Calderón. Seis años después vino la primera revancha. Pero el pacto del PRIAN estaba sellado aún antes de que Calderón tomara posesión. Y el sistema, como un todo, operó para darle la Silla del Águila al priista Enrique Peña Nieto. Terco y tozudo como es, López Obrador fue por el tercer intento. Sabía que el hartazgo social por la corrupción y la impunidad le darían finalmente su esperada oportunidad. Y 33 millones de mexicanos votaron por él o en contra de sus adversarios. Es lo de menos. Se instaló con sobrada legitimidad en Palacio Nacional. Su primer año fue de forcejeos con el Estado Profundo mexicano, ese ente en el que una veintena de poderosos -de la política, del capital y de los medios- lo deciden casi todo. La cancelación del aeropuerto de Texcoco fue la primera raya que el presidente debutante les pintó. Había que dejar en claro que las cosas ya no serían como antes. Su obsesión por cerrar las llaves de la corrupción lo llevaron al exceso de cortar incluso lo indispensable, como servicios de salud, vacunas, guarderías, la construcción de vivienda. Cualquier gasto del Erario era una sospecha de corrupción. Se inhibió casi todo, el crecimiento incluido. El primer año de la Cuarta Transformación se fue en los acomodos y en definir los límites del poder hacia los de enfrente. El presidente López Obrador estaba convencido de que el segundo año sería el del despegue. Pero, en febrero el contagio global del Coronavirus hizo un perverso coctel con la crisis petrolera. Y la parálisis mundial lo pasmó, como a todos los mandatarios del paneta. La incertidumbre, el confinamiento que desplomó las economías, los precios negativos del crudo solo daban una certeza: lo que viene es algo mucho peor que el horror del Error de Diciembre, en la transición entre Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Y el presidente López Obrador entendió que por más voluntad política que le imprimiera, la nueva realidad obligaba a aplazar su Cuarta Transformación por lo menos tres o cuatro años. Y eso destruía desde ahora el final anticipado de su sueño. Entendió que al igual que José López Portillo tras la debacle petrolera de 1981, que Miguel de la Madrid tras la crisis bursátil global de 1987, y que Ernesto Zedillo en la crisis financiera de 1995, se vería obligado a aceptar que su lugar en la Historia sería administrar la enorme crisis. Y con ello, la pobreza de millones. Pero el presidente López Obrador no está dispuesto a aceptar que la Cuarta Transformación sea abortada por las crisis globales, sanitaria, petrolera y la consecuente económica. Y desde que la crisis múltiple dicta la agenda, el inquilino de Palacio Nacional decidió crear una fortaleza ideológica, alimentado por alguno de sus hombres y mujeres más radicales. A los moderados, a los sensatos, a los del sentido común, ya no los escucha. Su proyecto post-pandemia está rediseñado para atender a los más necesitados, a los pobres, donde está su corazón, pero donde también están las bases que le puedan ratificar a él y a Morena el control político tras las elecciones del 2021. El presidente López Obrador no quiere que se le repitan las crisis políticas de Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto, quienes arrancaron sus gobiernos controlando el Congreso y el Senado, para acabar perdiéndolos en la elección a mitad del sexenio. Se resiste a aceptar que la pandemia y sus efectos podrían lesionar de muerte su proyecto de la Cuarta Transformación. Y se niega a ser una nueva versión de Ernesto Zedillo, a quien acusa de heredarle a México -con el Fobaproa- un costoso rescate que todavía dos décadas después estamos pagando con el sudor de los pobres y de los miserables. Por eso el presidente López Obrador se instaló en un discurso defensivo, cerrándole las puertas a quienes cree que conspirando lo quieren forzar a cambiar su proyecto, la estrategia y el rumbo. No lo hará. Y quizás acabará atrincherado con sus aliados más radicales, apertrechados en la burbuja de una sinrazón, que él podría ver hoy como su única razón para sobrevivir.