21 de mayo 2022

19 de abril 2022

¡Que alguien me explique!

Pancho, “El Guerrillero”

Francisco Garza Egloff siempre fue, simultáneamente, un humilde y grandioso “guerrillero empresarial”, un fervoroso promotor que empuñó las armas de la libre empresa, a la que honró con el mejor ejemplo

Por Ramón Alberto Garza

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El de Francisco Garza Egloff es un nombre que jamás pronunciará el presidente Andrés Manuel López Obrador en su conferencia mañanera. Después de todo, no era un arrepentido de la Mafia del Poder que buscara hacer negocios con el Gobierno o un quemador de incienso para exaltar las virtudes del hombre del poder en turno. 

Las exequias de ayer lunes, en la mañanera, fueron para Rosario Ibarra de Piedra, la madre que dedicó su vida a buscar a su hijo Jesús, desaparecido en los años 70 cuando se le fue de guerrillero con los grupos que secuestraban y asesinaban empresarios -como a Eugenio Garza Sada o a Fernando Aranguren- empuñando las armas por encima de la Ley. Hasta canción mañanera de Rubén Blades alcanzó el homenaje a la fallecida madre del desaparecido guerrillero.

Está claro que, en el discurso presidencial, no cabe el reconocimiento a un mexicano como Pancho, quien desde la cultura del esfuerzo entregó 50 años de su vida para engrandecer -desde la libre empresa- la creación de 35 mil empleos y multiplicar por 12 el valor de una empresa mexicana a la que proyectó a niveles internacionales.

Un ser humano que practicó sin lucimientos personales la filantropía desinteresada y creó las condiciones para sentar a la mesa de la conciliación a los opuestos políticos, en busca de una solución. Jamás esperando el reconocimiento, nunca buscando la foto.

Conocí a Francisco Garza Egloff en 1972, en las aulas del Tecnológico de Monterrey, la institución creada por Eugenio Garza Sada, victimado un año después por la Liga Comunista 23 de Septiembre, en la que participaba Jesús Piedra Ibarra, alias “Rafael”.

Éramos entonces dos inquietos jóvenes que cursábamos el primer semestre de la carrera de Ingeniería Química. Él perseveró en el pragmatismo de las ciencias y yo tomé la desviación hacia los tortuosos caminos de la comunicación. Ninguno, por fortuna y a pesar de nuestras carencias, optamos por el camino de las armas.

Nos unía -al igual que a muchos otros compañeros- el de ser hijos de la cultura del esfuerzo, de la que todavía entonces le permitía a cualquier mexicano aspirar a progresar con el esfuerzo de sus padres y el apoyo de una beca para estudiar en las mejores universidades, aspirando a una vida mejor, dentro de un México mejor.

Hoy, ese aspiracionismo es condenado, despreciado y sepultado una y otra vez, por decreto de un presidente que aspira a poco, que se alimenta de odios, que vive victimizándose, que condena a todos quienes no piensan como él. Que en lo personal nunca creó un empleo y menos sabe lo que es generar riqueza, solo destruirla.

Pero Francisco Garza Egloff siempre fue, simultáneamente, un humilde y grandioso “guerrillero empresarial”, un fervoroso promotor que empuñó las armas de la libre empresa, a la que honró con el mejor ejemplo.

Un ser humano dedicado a la filantropía, con una extraordinaria capacidad para entregarse a lograr todo aquello en lo que creía, con una enorme empatía para buscar grandes soluciones, en donde otros solo veían problemas. Un mexicano de los que, con un puñado de su talante, México tendría hoy otro destino.

Como los buenos hijos de la cultura del esfuerzo, Pancho -como se le conocía por su simpatía en todos los estratos empresariales, políticos y sociales- estudiaba y trabajaba mientras lograba su título profesional.

Sus infinitas capacidades lo colocaron muy joven -a los 26 años- en su primera posición directiva en Grupo Alfa, donde fue pieza clave en el desarrollo de Polioles, Petrocel, Akra, Tereftalatos Mexicanos y Sigma Alimentos. En alguna ocasión escuché, a un alto directivo de Grupo Alfa, decir que uno de los grandes errores que esa corporación había cometido, era el de haber “dejado ir” a Garza Egloff. Y no le faltó razón.

Cuando Pancho emigró de aquel prestigioso conglomerado industrial para tomar las riendas de Arca -haciendo una extraordinaria mancuerna con su presidente de Consejo, Manuel Barragán- lo que era una exitosa embotelladora regional de refrescos despegó en muy pocos años para transformarse en la tercera embotelladora mundial de Coca Cola, con la fusión de Arca y de Grupo Continental.

Fueron las cualidades negociadoras de Garza Egloff, impulsadas por la voluntad de su Consejo de Administración, las que llevaron a integrar decenas de embotelladoras regionales de Coca Cola para alcanzar las dimensiones que le permitieron conquistar otros mercados internacionales.

En 2008, Arca Continental adquirió Coca Cola en Argentina; dos años más tarde entraron a Ecuador y en 2015 lograron el control de la marca en Perú. Todo un “guerrillero” conquistando nuevos territorios.

Pero, sin duda, el mejor reconocimiento que Coca Cola Company le dio al liderazgo de Arca Continental y a las capacidades de Garza Egloff fue el de promover que el consorcio mexicano recuperara territorios, adquiriendo las embotelladoras en Texas y amplios territorios en Oklahoma, Arkansas y Nuevo México. En otros tiempos era impensable que mexicanos se adueñaran de una corporación insignia de la cultura norteamericana, en estados tan claves de consumo como Texas.

La negociación de Garza Egloff para esa entrada del consorcio regiomontano al mercado norteamericano incluyó una ‘cereza en el pastel’: la venta de la marca Topo Chico a la sede de Coca Cola en Atlanta. Y de ser una excelente marca de agua mineral, que se consumía en el norte de México, pasó a ser la bebida mineral importada de moda en los Estados Unidos. Por encima de las europeas Perrier y Peregrino.

La sed por tener su talento como exitoso hombre de negocios se vio reflejada en la incorporación de Pancho a 22 Consejos Directivos. Y su vocación política sin militancia partidista lo sentó en las mesas, lo mismo del PRI, del PAN, Movimiento Ciudadano, e incluso, en algunas negociaciones con Morena. Su pensamiento ajeno a radicalismos y a sesgos ideológicos lo instalaban como un amigable negociador de las causas imposibles.

En lo familiar no fue diferente. Por más de cuatro décadas, de la mano de su esposa Nancy Montemayor, formaron un clan con sus hijas Nancy, Daniela y Brenda, así como con sus hijos políticos Arnulfo, Diego y José Francisco. Todos ellos son hoy “guerrilleros de la vida”, que empuñan en sus manos el ejemplo de su padre.

El legado de Pancho Garza Egloff no será el de consumir su vida buscando al hijo descarriado -que es humanamente entendible- sino la demostración de cómo un hombre de la cultura del esfuerzo llevó a una corporación como Arca Continental de vender 13 mil millones de pesos en 2002, cuando asumió la dirección, a 159 mil millones de pesos cuando se retiró en 2018. De recibir una empresa con 18 mil fuentes de trabajo para entregarla con 63 mil plazas laborales, en cinco países.

Pero su herencia que más perdurará será, sin duda, la de tantos mexicanos que fueron beneficiarios de su brillante visión, de su desinteresada filantropía y el gusto por cultivar amigos, que fuimos sus afortunados y felices compañeros en el trayecto de esta efímera y hermosa aventura que se llama vida.

Mas allá de honrar a la madre del guerrillero desaparecido, el presidente López Obrador debió también privilegiar el recuerdo de quienes como Francisco Garza Egloff -fallecido el mismo día- se dedicaron a hacer patria empuñando el fusil de su talento, oculto siempre bajo el pasamontañas de un anonimato que jamás reclamó el halago o la fotografía.

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