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10 de Octubre del 2018

¡Orange, César!

Donald Trump se ha convertido en un César moderno cuyo autoritarismo y secuencia de malas decisiones está llevando al imperio estadounidense a la ruina
El Imperio Romano fue hasta en el arranque del primer milenio el epicentro del gran poder en el mundo. Sus conquistas dominaron la mayor parte de Europa, el norte de África y el occidente de Asia. Sus poderosos y míticos gobernantes, desde Julio César hasta Marco Antonio, transformaron la República ideada por Platón en un imperio, dominado por las decisiones y los caprichos de un solo hombre: el César. Y precisamente ese absolutismo y esos excesos inocularon  el virus de la decadencia moral de quienes por siglos fueron, con su ejemplo democrático, el ejemplo de la política y de la cultura occidental. Hoy, 16 siglos después, un nuevo imperio ve amenazada su hegemonía, ante la pérdida del respeto y la admiración que las naciones solían profesarle. Los Estados Unidos y su liderazgo son hoy la burla, la vergüenza  internacional. Razones sobran para explicar esa decadencia. La soberbia del todopoderoso les ganó, la educación alienada los polarizó, confiaron demasiado en su poderío militar y su expansión se fincó en la imposición de su moneda como patrón, por encima del oro. Hoy comienzan a pagar su desventura. La confirmación de Brett Kavanaugh como nuevo ministro de la Suprema Corte de Justicia solo confirma el desgaste  moral de una sociedad divida, polarizada por el liderazgo de un Donald Trump, que fomenta los odios y alienta con sonriente placer las guerras políticas, económicas, raciales y personales. El reporte Kavanaugh del FBI quizá exoneró al cuestionado juez de las acusaciones de violación a Christine Blasey Ford, cuando ambos estaban en preparatoria. Pero su comportamiento ante el Senado, radical, iracundo, endosando sin pruebas sus ataques a los Clinton, eran motivo suficiente para no confiarle la delicada tarea. Pero esa es solo la última aberración de una nación que soporta día tras día los excesos de un presidente con delirios de emperador, que hace de la mitomanía, el nepotismo y la egolatría su estilo personal de gobernar. Al igual que aquellos emperadores romanos como Nerón, quien en su locura incendió Roma, o como Caligula quien en sus excesos buscó instalar en el Senado a su caballo Incitatus, Trump viene a encarnar la decadencia del neo-imperio. Ni Rusia, ni China, como tampoco la Unión Europea, México o Canadá abogan mas por una nación complaciente que tolera cuanta estúpida ocurrencia sale de la mente enferma del Tuitero en Jefe de la Casa Blanca. Desde Putin hasta Jinping, pasando por el triunvirato de las “M” europeas –Merkel, May y Macron-, mucho menos Trudeau o Peña Nieto, todos saben que “al loco” hay que tratarlo con pinzas. De ese ego iracundo, hoy herido por las carcajadas que desató en las Naciones Unidas, siempre puede esperarse lo peor. Retiró a los Estados Unidos de los acuerdos sobre el calentamiento global, por déspota perdió a casi todos sus jefes confiables de la Casa Blanca, mantiene encarcelados -alejados de sus padres- a niños inmigrantes y ahora amenaza con una guerra en el Medio Oriente. Rehusó continuar con el acuerdo comercial Asia-Pacífico, puso en jaque el Tratado de Libre Comercio, colocó contra la pared sus alianzas con la Unión Europea y ya se lanzó a una suicida guerra comercial con China. ¿Dónde están hoy sus aliados? ¿En el Israel del perseguido Netanyahu? ¿En la Rusia del autoritario  Putin? ¿En la Corea del Norte del nuclear Kim Jong-un? Por eso los norteamericanos tendrán ante sí una crucial decisión en la elección de noviembre, en lo que será el más esperado referéndum de su historia moderna. O rectifican el camino de un líder ególatra que miente a su nación y al mundo como deporte para imponer su extremista visión, o como una nueva Roma en decadencia, ratifican al César color naranja quien inevitablemente colapsará su imperio.