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04 de Septiembre del 2020

Olor a despedida

Si frente al colapso global o el mal manejo nacional, el presidente López Obrador no puede ser el héroe que se imaginó en su travesía presidencial, tampoco aceptará ser el villano. Preferible ser una víctima.
Hay en su rostro un dejo de tristeza y en sus palabras un fuerte olor a despedida. Pueden ser fortuitas percepciones, pero el semblante y el discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador destila una honda melancolía. El primer aviso se dio en la Mañanera del pasado 15 de abril, cuando el mandatario sorprendió diciendo que estaba listo para dejar la Presidencia. Y le puso fecha al próximo primero de diciembre. “…Ya de una vez yo les digo. Para el primero de diciembre, ese es mi compromiso, yo termino de establecer las bases de la transformación. El primero de diciembre. Ya les comento que la última reforma a la Constitución que me importaba muchísimo es al cuarto constitucional, y ya se aprobó, que es toda una revolución pacífica…. Ya me puedo ir tranquilo… Por eso estoy contento, estoy tranquilo y no hace falta que yo esté aquí a la fuerza….” Y el último aviso lo dio en La Mañanera del pasado miércoles, tras su segundo informe, cuando reiteró que para el primero de diciembre tiene que tener listas las bases para dejar los cimientos. “..para sentar las bases, al primero de diciembre. Porque en estos tres meses vamos a avanzar muchísimo para dejar ya los cimientos ... .y luego terminar la obra de edificación, consolidar la transformación”. La reiterada fecha del primero de diciembre no es casual. A partir de ese día, si por cualquier causa el presidente se ve obligado a ausentarse del cargo, se puede operar un proceso de interinato sin necesidad de pasar por elecciones. Algunos dirán que son ganas de ver tormenta donde no la hay. Pero la tesis de la posibilidad de una despedida anticipada se viraliza cada día más. Después de 18 años de luchar a contracorriente, López Obrador se instaló en Palacio Nacional. Su misión es ser el nuevo reformador de la República, como Juárez. Su recompensa sería una merecida estatua de bronce en Paseo de la Reforma. Pero arrancando el segundo año de gobierno, la pandemia y la crisis económica asomaron una seria amenaza de frustración al cambio tan prometido. El presidente López Obrador sabe que a falta de recursos, los más optimistas planes tendrán que aplazarse dos o tres años. No habrá tiempo de consumar por completo –por crisis global o por mal gobierno- la gran reforma soñada para el cierre de gobierno en 2024. El mandatario sabe también que con una crisis prolongada de tres años, la inevitable herencia de su sexenio puede alcanzar los 12 o 15 millones de nuevos pobres. Y ese es un escenario que nunca estuvo en su horizonte. El de villano, no. A ese difícilmente se le eterniza y se le venera en bronce. El presidente López Obrador sabe también que conforme su sexenio enfrente el contragolpe político, comenzarán a aparecer los Victorianos Huerta que amenacen con traicionarlo, como sucedió con el presidente Francisco I. Madero. El colapso entre los antagónicos en 1911 parió La Decena Trágica. Y aún ante el nunca deseado magnicidio, Madero fue merecedor de una estatua de bronce y una escuela primaria en cada ciudad. Aunque existe una oportunidad para una estatua de bronce ya no para el héroe, sino para la víctima. Luis Donaldo Colosio tiene la suya en Paseo de la Reforma y en una docena de ciudades. Si frente al colapso global o el mal manejo nacional, el presidente López Obrador no puede ser el héroe que se imaginó en su travesía presidencial, tampoco aceptará ser el villano. Preferible ser una víctima. No está dispuesto a heredar un sexenio de crisis como el de Salinas, ni uno sangriento y productor de más pobres como el de Calderón, ni mucho menos uno corrupto y despilfarrador como el de Peña Nieto. Antes se iría a La Chingada, esa selvática finca personal ubicada en Palenque, donde le espera el paisaje de sus sueños. Un deterioro de salud frente al estrés sería suficiente para el retiro anticipado. El presidente López Obrador es un político astuto y pasado su tan reiterado primero de diciembre, medirá fuerzas. Si le alcanza el 6 de junio para confirmar la mayoría de Morena en la Cámara de Diputados tendrá el aliento para sostenerse. Si no, la pregunta de fondo es si perdiendo la mayoría legislativa, como ya les pasó en la elección de medio sexenio a Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto, el inquilino de Palacio Nacional se arriesgará a perder también la histórica primera revocación de mandato que se votará en febrero de 2022. Para ese político que alcanzó la presidencia de México, con el histórico récord de 33 millones de votantes a su favor, la pérdida de la mayoría legislativa y el eventual rechazo en la revocación de mandato, no están en su destino. Le arrebatarían para la Historia su estatua de bronce. Por eso decimos que el rostro presidencial, desde abril hasta nuestros días, es de tristeza y el discurso, de melancolía. Y no es para menos. Evocar las gestas del pasado para eludir el drama del presente siempre nos alejará del incierto y amenazador futuro.