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01 de Mayo del 2019

Nada que festejar

Este Día del Trabajo sobrarán los discursos que exalten las conquistas laborales del sector obrero. Será el anual y eterno desfile de hipócritas mentiras. ¿Algún discurso de algún burócrata o de lo que queda de los llamados líderes sindicales les dirá hoy la dolorosa verdad a los trabajadores mexicanos? ¿Alguien les reconocerá que figuran entre los que más trabajan y al mismo tiempo son los que menos ganan?
Cuando en los discursos oficiales de hoy, primero de mayo, se ensalce el Día del Trabajo, muy poco tendremos que celebrar en México. Sobrarán los discursos oficiales y oficiosos que exalten o reivindiquen las conquistas laborales del sector obrero. Será el anual y eterno desfile de hipócritas mentiras. Desde la fundación del Partido Nacional Revolucionario en 1929, la estrategia oficial de la mano de los señores del dinero de entonces, fue la de crear centrales obreras con una doble intención. La primera, mantener a los trabajadores a raya, sometidos a los caprichos y las componendas entre patrones y líderes sindicales. Y segunda, hacer de esos sindicatos laborales un instrumento político para sostener al partido en el poder. Su voto en bloque era garantía, a cambio de favores sin fin para sus líderes. La hoy agonizante CTM fue el más preclaro ejemplo. Con un líder como Fidel Velázquez al frente, ese sindicato laboral se convirtió, al lado de los maestros y los petroleros, en el sostén político del PRI en el poder. Y cuando la protección de aquellos gobiernos volvieron intocable a la CTM, el chantaje se volvió la moneda de cambio entre los líderes y los patrones, mientras que el trabajador vivía en el olvido, con lo mínimo. Por eso acabamos convertidos en una nación subempleada, en la que todavía hoy, en pleno siglo veintiuno, 6 de cada diez trabajadores mexicanos laboran en la informalidad. Eso significa que o que son auto-empleados en negocios familiares o del campo, o que quienes los contratan no los legitima como trabajadores para sacarle la vuelta al pago de sus prestaciones. De los 54 millones de mexicanos que califican como la fuerza laboral de México, 31 millones caen en la informalidad. Para ellos no solo no existe seguridad social, sino que su retiro en la vejez será la de la agonía de un arrimado. Y de los salarios de quienes privilegiadamente están empleados, ni qué decir. Al mexicano promedio que tiene un trabajo se le pagan 8 dólares por día, mientras que al trabajador peor pagado en los Estados Unidos ganan esos mismos 8 dólares como mínimo, pero por hora. Dirán que son distintas circunstancias, pero ¿cómo justificar que un minero mexicano reciba entre 5 y 10 veces menos salario que un canadiense o norteamericano, si lo que ambos extraen del subsuelo son minerales, que cotizan en dólares, al mismo precio, en los mercados mundiales? Por eso es lamentable asomarse al último Informe Mundial Sobre los Salarios 2016- 2017, elaborado por la Organización Internacional del Trabajo. Porque en su página 14 que analiza el índice del salario medio real de los países emergentes del G-20, desenmascara a México y lo convierte en la burla internacional. Cita textual: “…desde 2006 el salario medio se duplicó con creces en China y aumento un 60 por ciento en la India, y entre el 20 y el 40 por ciento en la mayor parte de los demás países. Sólo en México el salario real descendió”. Y para confirmarlo, otro informe de la Organización para la Cooperación y el Crecimiento Económico (OCDE) reconoce en su último reporte que de todos los países que la integran, México es el que peores salarios paga. Sí, el trabajador mexicano tiene peores salarios que los de Estonia, Polonia, Chile, Hungría, Eslovenia y la República Checa. ¿Algún discurso de algún burócrata o de lo que queda de los llamados líderes sindicales les dirá hoy esta dolorosa verdad a los trabajadores mexicanos? ¿Alguien les reconocerá que figuran entre los que mas trabajan y al mismo tiempo son los que menos ganan? Será interesante ver cual será el primer discurso del gobierno de la Cuarta Transformación en la celebración del Día del Trabajo. Mantenemos la comedia convertida ya en tragedia o decimos ¡Fuera máscaras!.