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30 de Junio del 2020

Nada de abrazos, señor Presidente

Cuidado con elegir escuchar solo a aquellas voces que saben decirle lo que usted quiere oír y que en sus juntas de gabinete o de seguridad jamás se atreverán a contradecirlo.
Con todo respeto, Señor Presidente, no está en sus manos elegir entre abrazos o balazos. El estado de Derecho no es sujeto de interpretaciones, ni el imperio de la Ley puede adecuarse a sus ideas personales y muy particulares. Como jefe del Estado mexicano usted juramentó al tomar posesión el cumplir y hacer cumplir la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Y si no lo hiciere, que el pueblo se lo demande. Pues hoy, Señor Presidente, el pueblo le demanda aplicar el peso de la Ley sobre aquellos que buscan a balazos - desdeñando sus oferta de abrazos- imponer un narco gobierno por encima de su legítimo gobierno. Si no somos capaces de entender que el atentado al jefe de la policía de la Ciudad de México se instala en esa intentona, su gobierno jamás podrá combatir al crimen organizado. Si no entendemos que el artero asesinato en Colima del juez federal y su esposa es una intimidación abierta al sistema judicial mexicano, estamos perdidos. No es usted quien les está declarando la guerra, pero ellos sí se la están declarando a usted y a todos los mexicanos, segando vidas –muchas de ellas inocentes- en su afán por conseguir la impunidad de la que hoy gozan. El conteo se acerca a los 40 mil muertos en los dos primeros años de su gobierno. ¿No es suficiente la estadística para demostrar el Estado fallido? ¿O también se nos va a vender la idea de que esa curva también “se está aplanando”? No, Señor Presidente. No se puede hacer un llamado al orden y a la legalidad cuando es el mismo jefe del Estado mexicano quien admite –por cualquier justificación- que fue por su orden que se dejó en libertad un capo que había sido capturado por nuestras Fuerzas Armadas. Si quiere saber qué sienten los hombre de verde, asómese por favor al artículo que el General Sergio Aponte Polito publicó en el diario El Universal, inadvertido porque fue opacado -la misma mañana en que se publicó- por el atentado contra el jefe de la policía de la Ciudad de México. Bajo el título de “Agravio a las Fuerzas Armadas”, el militar en retiro le hace a usted un serio reclamo sobre el uso que su gobierno le está dando al Ejército mexicano, su debilidad frente al crimen organizado y las consecuencias de continuar con la fallida política de “Abrazos y no balazos”. ¿Pero qué le podemos demandar a nuestras Fuerzas Armadas, si usted les está reemplazando sus armas por el pico y la pala, para construir aeropuertos, hospitales COVID, recoger el sargazo de las playas mexicanas, sembrar árboles y abrir sucursales del Banco del Bienestar? ¿Cómo se le puede pedir, Señor Presidente, a un soldado o a un miembro de la Guardia Nacional que den su vida por defender a la Patria, cuando su Comandante Supremo viaja solo, sin custodios, a una recóndita sierra para saludar a la madre y abuela de los mas peligrosos capos de Sinaloa? ¿Cómo defender que sea una lamentable coincidencia que uno de los financieros de ese mismo cartel, recluido en una prisión de alta seguridad y con los trámites listos para ser extraditado a los Estados Unidos, se les escape en el último minuto? ¿Algún responsable de la oportuna fuga? ¿Y qué le decimos de las recientes capturas y liberaciones del padre, la madre y demás familiares del jefe del mayor cartel huachicolero, que tiene instalado a Guanajuato en la cima de los homicidios?. ¿Que se violó el debido proceso? ¿Que se integraron mal las carpetas? ¿Que se reportó mal la hora de su captura? Con todo respeto, Señor Presidente, no está ni en usted ni en su gobierno el dejar hacer o dejar pasar lo que haga el narcotráfico, sea del cártel que sea. Y mucho menos abogar por los derechos humanos de quienes secuestran, extorsionan, torturan, trafican armas y droga. El único monopolio que por Ley tiene el Estado es el del uso de la fuerza, con el fin de salvaguardar la integridad de las personas y sus posesiones. Pero con su oferta de abrazos, mientras ellos le responden con balazos, usted está claudicando a su juramento. ¿Dialogó usted alguna vez con sus secretarios, con el Congreso, con el Senado o al menos hizo alguna consulta a mano alzada, de esas que tanto le gustan, para someter al consenso democrático su política de “Abrazos, no balazos”? Es muy lamentable, Señor Presidente, sentir que el jefe del Estado mexicano tenga más respeto y empatía por las vidas, la justicia y los derechos humanos de los narcotraficantes, que por las legítimas demandas de gobernadores, empresarios, médicos, inversionistas extranjeros, luchadores sociales y periodistas. Cuidado con elegir escuchar solo a aquellas voces que saben decirle lo que usted quiere oír y que en sus juntas de gabinete o de seguridad jamás se atreverán a contradecirlo. Por cobardía, temor a perder el cargo o porque lo sienten inútil. Con todo respeto, Señor Presidente, no está en sus manos elegir entre abrazos o balazos. Desde 1917 esa decisión ya está refrendada en nuestra Constitución.