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03 de Julio del 2019

Morena, a un año

A un año de la histórica elección del 1 de julio de 2018, Morena debe reflexionar su papel como partido en el poder. No es lo mismo ser oposición a ser gobierno. Las prioridades cambian, y a veces, los liderazgos también: Mario Delgado, Ricardo Monreal, Bertha Luján, Martí Batres y Alejandro Rojas buscan influir para reemplazar a Yeidckol Polevnsky.
Más allá del llamado Amlofest con el que el presidente Andrés Manuel López Obrador festejó un año de su victoria electoral del 2018, lo que debió suceder fue un profundo examen de conciencia sobre dónde está Morena. No sería un jolgorio público como el que se celebró en el Zócalo, sino una encerrona entre quienes tienen hoy la responsabilidad de ser el rostro del nuevo partido en el gobierno. A un año de la histórica victoria, ¿Morena como partido tiene el mismo respaldo hoy que el que tenía hace doce meses? ¿O será acaso que mientras que la popularidad presidencial se mantiene, la de su partido viene a la baja porque no le encuentra la cuadratura al círculo? A juzgar por los resultados de las más recientes elecciones en Puebla y Baja California, Morena ganó –es cierto- pero ya no fue con los avasalladores porcentajes de la elección presidencial. Por supuesto que el Factor López Obrador es crucial y que al final del día Morena es lo que el ahora primer mandatario quiere que sea: un partido a su medida. Pero cada día son más los cuestionamientos que advierten si Morena sobreviviría a una ausencia de López Obrador. O para decirlo más claro, si Morena no correría la misma suerte del PRD cuando su carismático fundador y líder ya no exista, política o físicamente. Porque a partir de la victoria del 2018 la disputa por el liderazgo de Morena se viene agravando y todo indica que la consigna en distintos frentes morenistas es sacar del juego a Yeidckol Polevnsky, la actual presidenta nacional. Desde Mario Delgado hasta Bertha Luján, pasando por el castigado Alejandro Rojas Díaz-Durán y con paradas en Ricardo Monreal y Martí Batres, todos buscan meter la mano en el partido del presidente López Obrador. El reclamo común –real o fabricado- es que lejos de unificar al morenismo, el estilo personal de Yeidckol Polevnsky confronta, divide e insiste en un manejo muy a su manera del partido, con poco margen para la inclusión de otras corrientes. La presidenta nacional de Morena, a quien le correspondió el histórico momento de la victoria presidencial, advierte por su parte que sobran los que intentan adueñarse de la dirigencia ahora que su partido ya despacha con el poder que significa tener las llaves del Palacio Nacional. Pero mientras viene la confirmación o el relevo en la dirigencia nacional, lo único cierto es que Morena tiene retrocesos, como el de la pasada elección en Durango, o impedimentos para avanzar en algunos territorios, como Tamaulipas. La preocupación de fondo es si, frente al desempeño entre hoy y el 2021 en que venga la elección intermedia, el gobierno de la Cuarta Transformación y el presidente López Obrador tendrán los mismos espectaculares niveles de aprobación reflejados en una intención de voto. Porque existe el trauma histórico –al menos en los cuatro recientes sexenios- de que los gobiernos que llegaron dominando presidencia y Congreso acabaron perdiendo el control legislativo a la mitad del camino. El desgaste político natural de las promesas incumplidas, aunadas a las decepciones de algunos poderosos que creyeron que tendrían un lugar en el nuevo gobierno pero acabaron excluidos, cobran siempre su factura. ¿El costo podría ser tan alto para Morena como para perder el Senado y la Cámara de Diputados? Ahí radica el epicentro de la disputa por el liderazgo de Morena. En responderse si Yeidcokol Polevnsky debe continuar al frente o si es la hora de buscar un relevo como el de Mario Delgado, Bertha Luján o quien se apunte. Nadie le regatea a la actual presidenta nacional de Morena sus méritos de campaña, mucho su papel en el momento histórico de la gran victoria. Pero no es lo mismo ser el gran partido de oposición a ser el partido en el poder. Los prioridades cambian y a veces, los liderazgos también.