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07 de Noviembre del 2019

Los LeBarón, AMLO y Trump

El asesinato masivo de tres mujeres y seis niños en Bavispe, Sonora ha instalado la narrativa del Estado fallido mexicano en el centro de la campaña de reelección de Donald Trump.
Si el gobierno de los Estados Unidos -de verdad y con buena voluntad- quiere ayudar a México en la lucha contra los cárteles y el crimen organizado, cuyo último y siniestro capítulo es el de la familia LeBarón, que nos ayuden a descifrar dos acertijos. Si en el lugar de la masacre de la familia fueron levantados más de 200 casquillos de rifles AR15 y M16 ¿por qué frontera norteamericana pasaron a México esas armas de fabricación exclusiva norteamericana? Y dos, una vez que Los Chapos mexicanos pasan la droga a territorio norteamericano ¿quiénes son Los Chapos norteamericanos que la colocan entre los 50 millones de adictos en los Estados Unidos? ¿Hay algun operativo para detenerlos? Si empezamos por ahí, podríamos tomarle la palabra al presidente Donald Trump de que este es el momento para que México, con la ayuda de Estados Unidos, libre la guerra a los cárteles de la droga y los borre de la faz de la Tierra. Pero este no es un baile de uno, sino de dos. Porque sin duda el inquilino de la Casa Blanca no desconoce que el 70 por ciento de las armas que circulan en México ilegalmente entran por cinco ciudades fronterias: Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros. Son las armas que usan para atacar y defenderse los cárteles que son proveedores de la droga que se consume en los Estados Unidos. Pero el caso de la masacre de la familia LeBarón deja mucho a la imaginación, porque parecería que alguien eligió el objetivo perfecto para que la crisis de seguridad mexicana se instalara en el inconsciente colectivo del pueblo norteamericano. Es una masacre, a mujeres y niños, ciudadanos norteamericanos, miembros de un influyente grupo religioso como son los mormones, aportadores de fondos al Partido Republicano. Picture perfect. Y a las pocas horas de la masacre de los LeBarón, aparecieron las declaraciones del senador republicano, Tom Cotton, quien advirtió desafiante que “si el gobierno mexicano no puede proteger a los ciudadanos estadounidenses en México, entonces Estados Unidos tiene que tomar el asunto en sus manos”. Y para que el promedio del ciudadano norteamericano entendiera la dimensión de la crisis, otro senador republicano, Lindsay Graham se encargó de ello: “Prefiero ir a Siria que viajar hacia algunas partes de México, hay lugares fuera de la Ley”, Si a este caldo de cultivo, creado primero por la muy cuestionada estrategia de “Abrazos sí, Balazos no”, luego por la exitosa captura e inexplicable liberación del hijo de El Chapo en Culiacán y ahora por la masacre a la familia LeBaron, la mesa está servida. Lo que vendrá en las próximas semanas será la elevación a alerta máxima, a grado de terrorismo, sobre los cargamentos de fentanilo desde México hacia los Estados Unidos, en donde la nueva y potente droga le está costando la vida a 80 mil norteamericanos al año, una cantidad mayor que las muertes por accidentes viales y por arma de fuego juntas. Solía decir el célebre premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, que en la vida el éxito consistía en saber contar el cuento. Una vez que tienes un hilo de la narrativa, puedes construir y convencer con ello de lo que sea. Con la ayuda de la poco exitosa estrategia de seguridad del gobierno de la Cuarta Transformación y con el engordamiento del caldo desde la retórica norteamericana de los republicanos, no duden que nos estamos instalando –una vez más- en uno de los ejes centrales de la campaña de reelección del acorralado presidente Trump. Migrantes, mas cárteles, más drogas, igual a urgencia de combatir al Estado fallido mexicano, que amenaza la seguridad de los Estados Unidos. Una guerra que daría muy elevados rendimientos políticos en las urnas del 2020, porque somos el vecino del Sur, por ser el surtidor de la mortal droga y porque hacerlo le salvaría la vida a mas norteamericanos que los que podrían morir en Siria, Irak o Afganistán. ¿Le apostamos al Estado fallido?