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27 de Febrero del 2020

Le valen madre

Al gobernador de Baja California se le acumuló esta semana el enésimo escándalo político en sus escasos cinco meses al frente de ese cargo, al que por cierto llegó de la mano y con la bendición de Morena.
Ya está mas que claro que -en el mejor lenguaje popular- a Jaime Bonilla le valen madre el presidente Andrés Manuel López Obrador y su gobierno de la Cuarta Transformación. Al gobernador de Baja California se le acumuló esta semana el enésimo escándalo político en sus escasos cinco meses al frente de ese cargo, al que por cierto llegó de la mano y con la bendición de Morena. Bonilla le regaló el pasado martes una Notaría a su amigo, el ex gobernador priista Xicoténcatl Leyva Mortera y a su sobrino, José Román Leyva Castro, con lo que esa familia acumula cuatro notarías bajacalifornianas en su poder. ¡Qué suerte de apellido! ¡Qué bendición para los Leyva! Para quienes no lo recuerden -o no tengan la edad suficiente para tener la memoria de aquella época- , Leyva Mortera es un político veracruzano, que de la mano del PRI se convirtió en gobernador de Baja California. Emparentado con el presidente Miguel Alemán Valdés, su padrino fue el entones presidente José López Portillo, quien hizo de Xico –como efusivamente lo llamaba- uno de sus jóvenes delfines, a quien llevó de la mano del PRI a ser presidente municipal de Tijuana. Ya en el sexenio de Miguel de la Madrid, Xico fue electo gobernador de Baja California, cuando se inició el boom de la ciudades que, por las maquiladoras fronterizas, crecieron en desorden. Tijuana, Juárez, Reynosa. Su estrella política cayó de la gracia cuando en 1988 apoyó al entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, en sus aspiraciones para ser el candidato presidencial del PRI. Carlos Salinas de Gortari fue el agraciado. Y su suerte se eclipsó con el voto de rechazo a su gestión, que se tradujo en que Baja California fuera uno de los estados en los que Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, el candidato de la Corriente Democrática, le ganara al PRI. Por eso cuando Salinas de Gortari asumió la presidencia en diciembre de ese mismo año, un mes después –el 5 de enero de 1989- Xico pagó el precio de no apoyarlo como candidato y del rechazo tricolor en las urnas. Xico fue obligado a pedir licencia como gobernador y anunció su retiro de la política. Su reaparición se dio el año pasado, cuando salió a apoyar abiertamente a su amigo Jaime Bonilla, el candidato de Morena-PT y Partido Verde. Ese apoyo le valió el 23 de abril su expulsión del PRI. Todos los bajacalifornianos lo etiquetaron como “el padrino” local de Bonilla. Ricardo Peralta era el “padrino” nacional. Sus servicios políticos a la causa morenista le fueron ampliamente compensados por el ahora gobernador Bonilla, quien le reintegró una notaría no solo a él, sino que le entregó una nueva a su sobrino. El desfiguro fue censurado por la clase política bajacaliforniana, que ve en Bonilla a un político que opera a espaldas y contra los intereses de la Cuarta Transformación. Cuestión de recordar la exigencia de ampliarle el período de dos a cinco años sin pasar por las urnas. O la compra de los diputados no-morenistas para que le avalaran esa ilegalidad. Ni qué decir de la exhibida traicionera que le dio el día de su toma de posesión a la secretaria de Gobernación. O la corrupción detectada en el primer nivel de su gobierno a unas semanas de tomar posesión, así como el insulto de llamar cerdos a los empresarios que protestaban por el aumento de impuestos estatales. Y ahora la notaría a “su padrino” expriista. Para colmo, la constancia notarial le fue entregada a Leyva Mortera no por Bonilla, sino por el secretario de Gobierno, Amador Rodríguez Lozano, otro expriista que fue diputado y Senador por el tricolor entre 1994 y 2003. Por ese decimos que al gobernador Bonilla le valen madre el presidente López Obrador y Morena. Porque goza viviendo en el escándalo, a contracorriente de todas las prédicas éticas y morales que se dan en la conferencia mañanera. Quizás la pregunta que deberíamos hacer es si también al inquilino de Palacio Nacional le vale madre lo que ese gobernador “morenista” hace a contracorriente de su credo y el daño que le está causando a su gobierno, que tiene en el combate a la corrupción su bandera insignia. Decir que, como presidente, él no se mete, ya no da. Su silencio es en sí mismo una posición.