9 de agosto 2022

20 de junio 2022

¡Que alguien me explique!

La victoria de Petro

Al igual que el mandatario mexicano, Petro alcanzó la presidencia, luego de perder las elecciones en dos ocasiones. La tercera fue la definitiva. Y al igual que López Obrador es tachado de populista y autoritario

Por Ramón Alberto Garza

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“Espero que su Gobierno no sea el reflejo de su campaña. Que su presidencia dure 4 años y no más. Que respete la propiedad privada, la libre prensa, la iniciativa empresarial, el ahorro de los colombianos, a los opositores y a quienes pensamos muy diferente de usted”.

No, no se trata de un mensaje tardío al presidente Andrés Manuel López Obrador. Esos fueron los deseos expresados por el ex candidato presidencial, Francisco Gutiérrez, hacia su rival Gustavo Petro, ganador de las elecciones de ayer domingo en Colombia.

Al igual que el mandatario mexicano, Petro alcanzó la presidencia, luego de perder las elecciones en dos ocasiones. La tercera fue la definitiva. Y al igual que López Obrador es tachado de populista y autoritario.

Trae sobre sus espaldas el lastre de haber sido guerrillero, ligado al M-19 que tomó por asalto el Palacio de Justicia en Bogotá. Eso es todo un giro para una nación que, conservadora, era gobernada hasta ahora desde la derecha.

Colombia es el último vuelco de la política latinoamericana a la izquierda. Como ya sucedió con Venezuela, con México, con Perú, con Chile, con Bolivia, con Argentina, con Paraguay y próximamente con Brasil, ante lo que ya se pronostica como el inminente retorno de Lula da Silva.

Solo el gobierno de Guillermo Alberto Lasso, en Ecuador, le salva cara a la derecha.

El dominó de las izquierdas, desde las moderadas como la de Bolivia hasta las radicales como la de Venezuela, tomó ya por asalto todo el continente, aquel en cuyas naciones dominaron las dictaduras militares, las de derecha, en las décadas de los 60 y 70.

Es el avance del llamado Foro de Sao Paulo, aquel movimiento de partidos socialistas que se fundara en 1990, en Brasil, con 48 integrantes y que hoy ya alcanzan los 123.

Fue la respuesta al llamado Consenso de Washington, creado un año antes -en 1989- con la intención de aplicar reformas estándares a países con crisis financieras, bajo las reglas del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos.

De poco o nada servirá ya rasgarse las vestiduras frente al avance del Foro de Sao Paulo y el retroceso del Consenso de Washington. Lo que se hace indispensable es una lectura profunda de por qué se da el viraje continental hacia la izquierda.

Y la respuesta no puede tener otro epicentro que el enorme abismo en la desigualdad social que alentó -bajo el Consenso de Washington- el que demasiados pocos acapararan demasiado, y demasiados debieran sobrevivir con demasiado poco. Esa fue, por décadas, la regla en todo el continente.

Esa desigualdad se exacerbó con una educación en la pobreza, que perpetuó una enseñanza muy limitada, poco competitiva e incluso fincada en la ignorancia de amplios sectores. La manufactura prevaleció sobre la emergencia de la “mentefactura”.

Salvo en los honrosos casos de México y Brasil, el continente entero sobrevive de la exportación de materias primas, desde el petróleo de Venezuela, pasando por el gas del Perú, el cobre y la agricultura de Chile, el petróleo, el carbón, el oro y el café de Colombia o los cereales y el ganado de Argentina.

Y en las últimas cuatro décadas de neoliberalismo a ultranza, eso se significó como la exportación de productos básicos, que se extraen o producen con mano de obra barata, y que alcanzan elevadas utilidades para quienes los exportan y negocian en el mercado global de los commodities.

Está cobrando su factura la secuela de los últimos 30 años, en los que abundaron gobiernos con bajo crecimiento, corruptos, endeudados, patrocinando con sus políticas públicas a puñados de empresarios privilegiados, alentando el eficientismo mediante el sacrificio del poder adquisitivo de las mayorías.

La elección de Gustavo Petro en Colombia, el último reducto que del neoliberalismo personifican Álvaro Uribe e Iván Duque, solo viene a consolidar el viraje a la izquierda de casi toda la América de habla hispana.

Y eso vendrá, sin duda, acompañado de un giro en la geopolítica de un continente que estará más cerca de China, de la Unión Europea e incluso de Rusia, y más lejos de Estados Unidos y del Consenso de Washington.

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