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14 de Agosto del 2020

La última Coca-Cola del desierto

El presidente olvida que en comunidades sin agua potable, con una pobreza que impide una alimentación sana y balanceada, los refrescos embotellados sí son la última Coca Cola –y la última caloría- disponible en el desierto.
Uno de los peores males del sistema político en México -si no es que el mayor- es su estrategia histórica de perpetuar la ignorancia para gobernar al pueblo. Entre menos conocimientos tenga el ciudadano de la calle, mas fácil es su manipulación política, económica y social. Esa es una máxima fundacional de los gobiernos que emanaron del gran pacto político de 1929. Somos una nación de tercer año de primaria. Y por eso el presidente Andrés Manuel López Obrador –que aunque no lo crean, sí sabe hablar de corridito- se empeña en dictar sus Mañaneras a 33 revoluciones por minuto. Para que pausadito, despacito, un niño de tercer grado lo entienda. El mandatario insiste en glorificar al “Pueblo Sabio”, solo para darle valor a opiniones simples, sin fundamento, sobre temas que exigirían análisis mas profundos. La consulta pública para darle validez al sentido común de la ignorancia. Muy sabio. Se sacaron de la manga la propuesta, buscando culpar a la obesidad, la diabetes y la hipertensión de los muy elevados números de la pandemia, que nos colocan como uno de los punteros mundiales en contagios y muertes. El mantra de Hugo López Gatell es que el gobierno no está manejando mal la crisis sanitaria. Lo que sucede es que nos envenenan con azúcares refinados y alimentos procesados, y eso dispara los contagios en México sobre el resto de las naciones. La legislatura de Oaxaca ya se prestó de avanzada para poner el ejemplo y prohibir la venta de esos productos a menores de edad. Es un primer paso absolutista, dictatorial, que históricamente está probado que no funciona. Por supuesto que tenemos un serio problema de salud que tiene su origen en el tipo de alimentos que consumimos. Pero eso no se limita a los llamados “alimentos y bebidas procesadas”. Porque si vamos a prohibir que un niño tome una Coca Cola o una Pepsi, ¿haremos lo mismo con los jugos o aguas frescas que se expenden en las calles y que tiene igual o mayor cantidad de azúcares? Una tasa de atole tiene 600 calorías, tres veces mas que un refresco. Si vamos a prohibir los Gansitos, los Pingüinos y las Mantecadas Tía Rosa, ¿haremos lo mismo con el pan dulce de las panaderías, con los hot dogs con kétchup en el cine, con todas las botanas, tortas, tacos y dulces que tanto le gustan a los mexicanos, y que también son abundantes en grasas y azúcares? Si de eso se trata, vamos prohibiendo los cereales Choco Crispies o los Frutti Loopies, las pastas con harinas blancas, los quesos hechos con papa y almidón, cualquier tipo de embutido –jamones, salchichas, chorizos- las saladísimas sopas Maruchan, las hamburguesas o nuggets de McDonalds con sus papas fritas, la Pizza Hut o las Dominos o el consumo de pasteles y flanes caseros de chocolate, vainilla, piña o manzana. Lo que intentamos dejar en claro es que los malos hábitos alimenticios no son asunto de prohibir, sino de educar para el consumo saludable. Enseñarle a los niños desde la escuela las consecuencias de comer o beber en exceso, lo mismo unas Donas Bimbo que unas donas de la panadería de la esquina. Ese es quizá el camino largo, pero sin duda el mas seguro para controlar las epidemias de obesidad, diabetes e hipertensión. Cuando en los años 20 se dio la llamada “Prohibición”, en la que se cerró la venta de alcohol, las ventas clandestinas destaparon un mercado negro bajo el cual se encarecieron las bebidas prohibidas y se instaló una mafia criminal que las promovía. Si en México de verdad tenemos un “Pueblo Sabio”, lo mas pertinente es hacer una amplia e intensiva campaña de educación para fomentar los buenos hábitos alimenticios. Prohibir por prohibir solo creará un mercado negro, informal, que acabará por dañar a una industria alimenticia que da empleo a cientos de miles de mexicanos. Ordenar, dialogando sobre mejores y mas sanas prácticas de elaboración, sería un camino mas seguro. El presidente López Obrador suele quejarse de que las Coca Colas, los Gansitos y las Sabritas están en todos los rincones de México, con mejor distribución que las medicinas. Y es absolutamente cierto. Pero olvida el mandatario que en comunidades sin agua potable, con una pobreza que impide una alimentación sana y balanceada, los refrescos embotellados sí son la última Coca Cola –y la última caloría- disponible en el desierto. Y si vendemos los refrescos embotellados no en envase, sino en garafas, ¿ya no es pecado? Y si sacamos de su envoltura los productos de Bimbo y se venden a granel, como en una panadería, ¿ya estará permitido? El colmo es que para comprar en México una Coca Cola ahora tendremos que demostrar la mayoría de edad, mostrando la Credencial de Elector.