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20 de Noviembre del 2019

La Revolución que viene

La protestas de los desposeídos en todos los países no son sino el reflejo de una fallida Revolución de las Expectativas, que como bien lo dice David Konzevik, evidencia la impotencia de los sistemas políticos y económicos para cumplir el progreso que algún día se les prometió a las masas.
Hoy amanecemos celebrando el 109 aniversario de la Revolución Mexicana, aquella épica del Sufragio Efectivo, No Reelección, la de la tierra es de quien la trabaja y la que prometió cerrar la brecha de desigualdad entre hacendados y peones. Nadie puede negar que pese a los caudillismos encontrados de Madero, Zapata, Villa y Carranza, hasta alcanzar la revolución institucionalizada de Calles, la lucha rindió sus frutos en sus primeros 60 años. Pero, en el sexenio de Luis Echeverría el modelo colapsó. El desencuentro entre el nacionalismo de Lázaro Cárdenas y el corporativismo de Miguel Alemán no encontró otra salida que el quiebre entre la política y el capital. Y no fue sino hasta el sexenio de Carlos Salinas de Gortari en que las privatizaciones de las empresas antes nacionalizadas crearon una nueva estirpe empresarial y financiera bajo la promesa de una apertura comercial que, ahora sí, reduciría la brecha de la desigualdad. El sueño apenas duró seis años para colapsar todas las expectativas de bienestar en un “error de diciembre” que desde entonces propició un sálvese quien pueda. La movilidad social se paralizó. El viejo sistema solo pudo sostenerse con un inconfesable pacto de alternancia entre un PRI y un PAN que se fundieron en una sola complicidad: no perder Los Pinos. Y la frágil izquierda asomada en un PRD acabó rentada al mejor postor. Pero el prianismo vivido entre Fox, Calderón y Peña Nieto solo vino a ahondar el abismo entre los muy pocos que tienen demasiado y los demasiados que tienen muy poco. La corrupción se volvió la moneda de curso para comprar al cómplice, silenciar al adversario o aniquilar al enemigo. El quiebre sistémico de la elección aplastante de Andrés Manuel López Obrador con su nuevo partido, Morena, está significando un rompimiento con olor a revolución. Pero a diferencia de aquella Revolución maderista, villista, zapatista y carrancista, la nueva confrontación se gesta contra quienes por dos décadas y media se instalaron como los dueños absolutos de la mesa de las decisiones. Con la enorme diferencia de que esta nueva Revolución no es aislada para México. Se inscribe en el contexto de los levantamientos que hoy se dan en Chile, Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil, Venezuela, España, Francia y China. Las nuevas tecnologías aplicadas a las redes sociales viralizan la inconformidad hacia el capitalismo obsesionado en mirar solo el reporte de las utilidades, ignorando las necesidades de aquellos que las generan. Es el desgastado modelo económico desarrollado a partir de 1971, cuando se abandonó el patrón oro para entrar a la órbita financiera del Dólar y las reglas impuestas desde el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. La Revolución que vivimos hoy, no en México, sino en todo el mundo, no está cimentada en el manejo de las armas, sino en el uso de sofisticadas tecnologías, penetración de redes sociales para sembrar ilusiones y miedos, además de desplazar a los Estados Unidos como la hegemonía financiera desafiada ya por nuevos y mayores mercados, como el de China. La protestas de los desposeídos en todos los países no son sino el reflejo de una fallida Revolución de las Expectativas, que como bien lo dice David Konzevik, evidencia la impotencia de los sistemas políticos y económicos para cumplir el progreso que algún día se les prometió a las masas. Sean en los gobiernos de las izquierdas venezolanas, bolivianas, ecuatorianas o españolas, lo mismo que en los de las derechas inglesas, chilenas o brasileñas, nadie está conforme. Los históricos afortunados en el reparto de los privilegios se niegan a ceder y están dispuestos golpear la mesa antes de aceptar el cambio de juego. Y los desafortunados que esperaron en vano el bienestar prometido que nunca llegó, hoy quieren arrebatarlo por la fuerza. No ven otro camino. Por eso cuando hoy 20 de noviembre veamos el tradicional desfile militar seamos conscientes de que nos asomamos a la puerta de un pasado que en algún momento se quebró y no gestó una estabilidad duradera. Lo que estaríamos obligados a hacer es una reflexión de cuál es el tipo de Revolución que la nueva realidad exige, no solo en México sino en el mundo entero. Y un buen punto de partida sería comenzar por gestar una revolución de los liderazgos mundiales. ¿A dónde se fueron los estadistas inspiradores? Quienes serán los nuevos políticos que encaminen al mundo a su nuevo destino. ¿Trump?, ¿Putin?, ¿Xi Jinping?, ¿Johnson?, ¿Macrón?, ¿Trudeau?. Si la política es el arte de tender puentes entre lo deseable y lo posible, ¿dónde están hoy esos constructores? No los vemos. Quizás estén escondidos entre tantos radicalismos, de izquierda y de derecha.