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26 de Mayo del 2020

La ingrata memoria

La actitud presidencial frente a la periodista Carmen Aristegui y el semanario Proceso solo exhibe la ingratitud de un hombre que busca la rendición incondicional hacia su proyecto.
Nadie puede regatear el hecho de que Carmen Aristegui y la revista Proceso fueron durante décadas –y en honor a su libertad- factores clave en la comunicación del evangelio político de Andrés Manuel López Obrador. Cuando el ahora presidente nadaba a contracorriente y se le cerraban todos los espacios periodísticos que comían de la mano del gobierno en turno, Aristegui y Proceso eran de los muy escasos espacios que le mantenían su línea abierta. Con audiencias muy populares, la periodista y la revista significaron siempre dos bastiones de una libertad que fue coartada en muchos frentes a punta de cheques y favores dentro del amasiato conocido como PRIAN. Por eso sorprende que hoy Aristegui y Proceso sean colocados por el presidente López Obrador en la acera de sus defenestrados, de quienes merecen ser censurados o ignorados por “el favor” de su palabra. En el caso de Aristegui, una periodista con sobradas credenciales para probar su lucha en favor de la libertad, los ataques que está padeciendo desde las trincheras radicales de la Cuarta Transformación ya transgredieron la frontera de su vida privada. Ese bajo nivel de ataques no los recibió Aristegui ni en los días en que ella y su equipo revelaron la famosa investigación de la Casa Blanca, presuntamente comprada por Angélica Rivera, entonces esposa de Enrique Peña Nieto. Una multipremiada investigación que por cierto fue piedra angular para el discurso del candidato López Obrador y que sin duda reforzó su discurso anti-corrupción, que lo instaló en el 2018 en Palacio Nacional. El “pecado” de Aristegui es darle espacio en sus transmisiones a voces de todos los matices, desde Denisse Dresser, pasando por Sergio Aguayo hasta Lorenzo Meyer. Y en su tradición de libertad, abrir el espacio a los inconformes con el manejo de la agencia estatal de noticias, Notimex. Y también a la réplica que le hicieran en una carta. Eso desató la ira de algunos bots, operados desde el ala radical de la Cuarta Transformación, que se dedicaron a agredir a la respetada comunicadora. Por eso sorprendió que cuando en La Mañanera del viernes se le cuestionó al presidente López Obrador sobre el caso Aristegui y Notimex-Sanjuana Martínez, su respuesta fuera anodina. “Yo les creo a todos”, dijo el inquilino de Palacio Nacional. ¿No puede el presidente de México tener una opinión propia? ¿Se le puede creer “a todos”, no importa si unos opinan en un sentido y los otros en el contrario? Por donde se le vea, eso es lavarse las manos y evitar agarrar al toro por los cuernos. Pero lo mismo sucede con la revista Proceso, a la que poco a poco el presidente López Obrador viene hostigando por abrir los espacios a la crítica de la Cuarta Transformación. Al igual que con Aristegui, el mandatario olvida que la revista fundada por Julio Scherer García siempre le entregó sus páginas y le dedicó decenas de portadas para expresar lo que otros se negaban a publicarle. Pero esta semana al inquilino de Los Pinos no le gustó la portada de Proceso que traía como título: “Crisis Sanitaria: AMLO Asfixia la Economía”. Y colocó a la publicación -siempre de corte liberal y progresista- del lado de los “conservadores” que le cuestionan su modelo. Junto a los organismos internacionales, las calificadoras y los empresarios neoliberales. ¿El reconocer a un medio depende del entreguismo absoluto a lo que el presidente profesa? ¿No caben -como en el caso de Aristegui- la posibilidad de una mínima disidencia o un justo y fundamentado cuestionamiento? La actitud presidencial solo exhibe la ingratitud de un hombre que busca la rendición incondicional hacia su proyecto, y la pobre memoria de quien no tiene la cualidad de conservar a quienes algún día fueron sus mejores aliados. Para los adversarios históricos, los contratos de los grandes obras; para los amigos históricos en la lucha por la libertad, la censura.