FACEBOOK

VISTAS
31 de Enero del 2020

La caída del Imperio

Si una nación se permite ser gobernada por un personaje de un reality show, que se niega a transparentar sus declaraciones de impuestos, que alardea de usar su poder para abusar de las mujeres, intolerante a quien lo contradice y que hace de la mentira lo mejor de su pobre discurso, esa nación no tiene otro destino que fenecer.
Es triste, inmoral y decadente el espectáculo del juicio de impeachment que se libra en Estados Unidos contra el presidente Donald Trump. Triste, porque se trata de un juicio por abuso de poder y obstrucción de la justicia contra quien es considerado el hombre más poderoso del mundo, quién debería ser un faro de ejemplo e integridad. Mala jugada para la humanidad el depender del comportamiento violento y temperamental de uno de los mayores egos –si no es que el mayor- del planeta. Inmoral, porque lo que se exhibe en los testimoniales son perversos juegos de poder, plagados de conflictos de intereses en los que la ambición personal se sobrepone al beneficio de los ciudadanos. I am the king versus We the people. Decadente, porque el desfile de alegatos en defensa de quien abusó del poder que le fue conferido por el pueblo, no es sino una letanía de mentiras, medias verdades y argumentos falaces, que no engañan ni a los bobos. Ahí está como el mejor ejemplo la negativa de los senadores republicanos para aceptar el necesario testimonio de John Bolton. El que fuera Consejero de Seguridad Nacional del presidente Trump puede dar fe de que su ex jefe sí abusó de su poder presidencial para entregar ayuda económica a Ucrania a cambio de favores políticos personales que le ayudaran a descarrilar a su potencial rival en la urnas, el demócrata Joe Biden. Bolton tiene la historia de primera mano. Él estaba ahí, en el epicentro de la oficina oval de la Casa Blanca al momento de las cuestionadas negociaciones. Sería un testigo imprescindible y decisivo, sobre todo después de las revelaciones que se asoman en el anticipo del libro que está por editar. Pero los senadores republicanos no están buscando ni la verdad, ni un juicio justo. Su misión es impedir que salgan a flote las pruebas que expulsen al presidente Trump. Por eso rechazan en bloque la comparecencia de Bolton. La degradación de la política norteamericana es solo comparable a los días del Imperio Romano, cuando emperadores como Calígula y Nerón hicieron del Senado su juguete para cumplir sus decadentes caprichos y desbordadas ambiciones. Roma ardió y el glorioso imperio colapsó. Si los senadores republicanos y el presidente Trump logran impedir los testimoniales de Bolton y de otros testigos clave, será como haber acudido a un juicio sin escuchar a todas las partes, con la sentencia de inocencia prefabricada. Peor será todavía que los ciudadanos norteamericanos compren como real el falso juicio, en el que no dejaron testificar a quienes de verdad podrían exhibir el enorme delito de fabricar realidades, abusar de su poder y mentirle a la nación. Y cuando en noviembre se den las elecciones norteamericanas, si el presidente Trump es reelecto bajo el manto de una falsa inocencia que le vuelva a ceñir la guirnalda de olivo, seremos entonces testigos del fin de un Imperio. Si una nación se permite ser gobernada por un personaje de un reality show, que se niega a transparentar sus declaraciones de impuestos, que alardea de usar su poder para abusar de las mujeres, intolerante a quien lo contradice y que hace de la mentira lo mejor de su pobre discurso, esa nación no tiene otro destino que fenecer. Cuando una sociedad no distingue entre entre el bien y el mal, entre el yo y el nosotros, entre lo bueno y lo malo, deja de ser una civilización para volver a la barbarie. ¿Alguien puede confiar en un líder que dice gobernar a una velocidad de 140 tweets al día? Esos dedos que con tanta facilidad textean insultos y amenazas, son los mismos que con la misma facilidad pueden ser usados para oprimir el botón que nos conduzca al Holocausto.