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06 de Febrero del 2019

Huachicol de alta mar

En momentos en que México entero aplaude la batalla contra el huachicoleo en ductos de tierra se antoja la pregunta: ¿Alguien le va a poner el cascabel al gato del huachicol de altamar?
En los albores del gran boom petrolero en el sexenio del presidente José López Portillo, el 3 de junio de 1979 se dio el mayor accidente de una plataforma en alta mar: el del pozo Ixtoc I. Ubicado en la rica zona de Cantarell, el derrame de 280 días que culminó el 24 de marzo de 1980 fue el mayor desastre ecológico de su tiempo, no solo para las costas del Golfo en México, sino también para Texas. Fue entonces que el director de Pemex nos invitó a cuatro directivos del periódico El Norte a ver de cerca los esfuerzos por controlar lo que en ese momento era el mayor derrame petrolero de la historia. Ahí entrevistamos a Red Adair, el mundialmente famoso bombero petrolero norteamericano que hizo la hazaña de taponear el descontrolado pozo. Pero serpenteando en un barco la zona de Cantrell, Díaz Serrano nos mostró la boya desde donde se despachaban los cientos de miles de barriles diario de crudo mexicano al mundo. Para nuestra sorpresa, ese despachador de crudo tenía solo una conexión a una enorme manguera que depositaba el crudo el los majestuosos buques-tanque. Pero no existía un contador que registrara el número de barriles que se despachaba. Era “a la confianza”. Años más tarde, se filtraría información que acusaban venta de crudo mexicano en el marcado spot de Amsterdam, un operativo de venta paralela que le fue atribuido a Margarita López Portillo, la hermana del entonces Presidente de la Abundancia. De hecho se insiste en que al mejor ingeniero petrolero que México ha tenido, Jorge Díaz Serrano, se le envió a la cárcel porque filtró en algunos medios el saqueo de crudo de la familia presidencial. La versión oficial fue un presunto conflicto de interés de su empresa Permargo con los activos petroleros de la familia Bush, en Texas. Sea como fuere, ya pasaron 40 años en los que fuimos testigos de aquella boya sin contador de barriles y ahora por funcionarios, ingenieros y trabajadores petroleros nos enteramos que la boya actual, el despachador del crudo instalado en Cayo Arcas, todavía no tiene contador. Es decir, cuatro décadas en las que a Pemex no le alcanzó ni el dinero ni el ingenio para instalar tecnología que contabilizar el crudo despachado. Como la que existe en todo el mundo. ¿Cuántas Margaritas López Portillo se despacharon en todo este tiempo con buque tanques de 100 millones de dólares de capacidad? ¿En qué mercados se vendieron? ¿Cuál es el juego en todo esto del misterioso PMI? En los momentos en que México entero aplaude la batalla contra el huachicoleo en los ductos de tierra emprendida por el gobierno de la Cuarta Transformación, se antoja la pregunta: ¿Alguien le va a poner el cascabel al gato del huachicol de altamar? ¿Cuánto de nuestro petróleo despachado clandestinamente, si dejar huella del saqueo, llegó al mercado spot de Rotterdam, como en sus días de gloria lo hicieron los López Portillo? Por supuesto que esos flujos no pasan por la contabilidad oficial de la venta de Pemex, pero su extracción si acaba por golpear el nivel de producción y sin duda el de las reservas. ¿Fueron tan incompetentes los reconocidos ingeniero de Pemex como para que la producción se les desplomara de 3.5 millones de barriles diarios en 2007 a solo 1.8 millones de barriles diario en 2018? ¿Qué provocó que las reservas 1p, las probadas en un 90 por ciento, se desplomaran de 14 mil millones de barriles en 2004, a solo 6 mil 500 millones de barriles en 2018? El presidente Andrés Manuel López Obrador debe redondear el combate del huachicoleo terrestre con el que luce mas monstruoso todavía, el huachicoleo de alta mar. Ojalá que comencemos por instalar un contador en el despachador de Cayo Arcas.