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31 de Octubre del 2018

Financiocracia

AMLO quiere separar al poder político del poder económico. No en balde, los apellidos Slim y Hank, dos de los grandes beneficiarios del NAIM y los eternos protagonistas del matrimonio gobierno-empresarios, mueven los hilos mediáticos y financieros para atemorizar a México y anunciar el cataclismo que se avecina
Que si la decisión de cambiar el proyecto del nuevo aeropuerto de Texcoco a Santa Lucía sacudió la Bolsa y elevó 50 centavos la cotización del Peso frente al Dólar… Que si las calificadoras internacionales de riesgo encendieron las luces rojas para poner a México en alerta ante lo que estiman es una mala decisión y que el que viene será un mal gobierno… Que si el Apocalipsis económico toca ya a las puertas de una estabilidad cimentada en 200 mil millones de dólares de deuda externa, cuyo costo al elevarse los intereses se va a encarecer… Que si el presidente electo Andrés Manuel López Obrador es un insensato por sacudir el avispero cuando todos estábamos tan tranquilos, metiendo unos las manos en los  bolsillos de los otros. Lo cierto es que en la antesala de la Cuarta Transformación los mexicanos somos testigos de lo que se conoce como “Tour de Force” entre el poder político y el poder económico. Acostumbrados desde hace 25 años a que ambos poderes coexistieran en la misma cama, hoy el escándalo es que alguien quiere que coexistan en la misma casa, que se llama México, pero en camas individuales… y de ser posible en cuartos separados. Durante décadas pactaron negocios, arreglaron licitaciones, se pasaron la charola, apadrinaron candidatos a modo y se adueñaron del sistema. Nadie entiende todavía hoy donde acaba la política y comienzan los negocios. No hay fronteras. No en balde el capital del hombre más rico de México es producto de una concesión monopólica que le dio patente de corzo para saquear por décadas los bolsillos de los usuarios de la telefonía fija y móvil. Carlos Slim. No en balde el ahora segundo banco más grande de México tiene el origen de su capital en los negocios que hiciera uno de los políticos mas emblemáticos, cofundador del Grupo Atlacomulco. Carlos Hank González. Y son precisamente esos dos apellidos, entre muchos otros, los que hoy mueven los hilos mediáticos para atemorizar a México y anunciar el cataclismo que se avecina. Son también dos de los principales constructores del NAIM de Texcoco, la cuestionada megaobra que cotiza 30 por ciento más cara que su aeropuerto gemelo de Beijing. Por eso luce perverso que se manipule el miedo de las clases medias y altas con “sacudidas” del tipo de cambio o de la Bolsa. Porque en un México con tan elevada concentración de la riqueza, en la que una veintena de capitales puede alzar o desplomar mercados, los poderosos aprenden a jugar con el miedo ajeno. Y utilizan un brinco en la cotización de la moneda o una  sacudida en sus cotizaciones bursátiles para sembrar la duda, para oponerse al cambio que lesiona sus intereses. Si quieren endosarle a López Obrador el desliz de 50 centavos del Peso, vamos también reconociéndole el saldo positivo de casi 4 meses, en que el Peso se apreció frente al dólar después de que ganó aplastantemente en las urnas. Si vamos a culpar la caída de la Bolsa a una decisión que busca desenmascarar la presumible corrupción, analicemos qué acciones fueron las que lideraron la sacudida. Banorte, el banco de uno de los constructores, cayó un 8.55 por ciento; Inbursa, el banco de otro de los constructores, un 3.82 por ciento. Lo que intentamos dejar en claro es que somos testigos de una confrontación sistémica con la Financiocracia, que desde hace tres décadas controla la política y los negocios. Y el hecho de que el presidente electo Andrés Manuel López Obrador intente equilibrar los privilegios de esas élites, los obliga a defenderse con lo que tienen. Y eso es su dinero y sus medios. Ojalá que se entienda el mensaje y que -lejos de la confrontación- la nueva clase política y la tradicional elite económica se sienten a la mesa para definir las nuevas reglas. Sería por el bien de México.