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12 de Noviembre del 2019

Evo: el golpe

Después de lo sucedido en Bolivia, algunos detractores de la 4T ya se sienten inspirados y en condiciones de repetir ese modelo en México.
La secuela es impecable. La OEA cuestiona los comicios de Bolivia, el presidente Evo Morales lo acepta y suscribe la celebración de nuevas elecciones. Pero el Ejército se interpone y le pide al mandatario que renuncie. Trump festeja. Eso, aquí y en cualquier parte, es un golpe de Estado, una acción mediante la cual las Fuerzas Armadas imponen los fusiles por encima de los votos en las urnas. En América Latina lo creíamos superado. Pero el golpe de realidad en Bolivia vino a dejar un nuevo tufo a aquellos aciagos y fatídicos años 70, cuando el golpismo en el Cono Sur era la regla, no la excepción. Lo que sucedió el fin de semana en Bolivia es una reedición de lo que sucedió el 11 de septiembre de 1973, cuando las fuerzas armadas chilenas depusieron al presidente socialista Salvador Allende para instalar en el poder al general Augusto Pinochet. Allende, a diferencia de Evo, no cedió. Prefirió suicidarse en el Palacio de la Moneda en uno de los episodios más dramáticos contra la democracia, que con el tiempo llevaron a Pinochet a ser juzgado y sentenciado en los tribunales internacionales. La historia hizo justicia. Y al igual que sucedió en 1973, vendrán a México las olas de exiliados bolivianos que solicitarán el asilo político, como entonces ocurrió con el presidente Luis Echeverría. El preocupante mensaje de la caída de Evo Morales es –como ya lo sentenció Trump desde la Casa Blanca- una señal clara para el venezolano Nicolás Maduro. Y también una alerta para el ecuatoriano Lenin Moreno y para el recién electo argentino Alberto Fernández, los tres de corte abiertamente socialista. Curiosamente nadie tiembla en los dominios violentos y fuera de control del derechista Sebastián Piñera, al que se le deshace Chile entre las manos en un estallido social sin precedentes. Tampoco trastoca las fronteras del ultraderechista brasileño, Jair Bolsonaro, quien en medio de severos cuestionamientos se vio obligado a liberar al socialista reformador Luis Inácio Lula Da Silva, buscando reducir las tensiones sociales que podrían contagiarle el virus chileno y el boliviano. Lo que intentamos advertir es que el golpismo volvió a ponerse en juego en el continente americano, como instrumento para arrebatar el poder perdido. Y los destinatarios parecen volver a ser, como en los 70, los líderes de las izquierdas. Y eso tiene su rebote en México, donde hace apenas unos días el presidente Andrés Manuel López Obrador, de corte socialista, denunció que en nuestro país existían olores a golpe de Estado. Lo dijo después de escuchar una encendida arenga del general Carlos Gaytán Ochoa frente a los altos mandos del Ejército. En ese airado discurso se cuestionó el que “actualmente vivimos en una sociedad polarizada políticamente, porque la ideología dominante, que no mayoritaria, se sustenta en corrientes pretendidamente de izquierda, que acumularon durante años un gran resentimiento”. Pero después de este cuestionamiento viene la advertencia: “… es también una verdad inocultable, que los frágiles mecanismos de contrapeso existentes, han permitido un fortalecimiento del Ejecutivo, que viene propiciando decisiones estratégicas que no han convencido a todos, para decirlo con suavidad”. Y el general Gaytan remata frontalmente: “…ello nos inquieta, nos ofende eventualmente, pero sobre todo nos preocupa, toda vez que cada uno de los aquí presentes, fuimos formados con valores axiológicos sólidos, que chocan con las formas con que hoy se conduce al país”. Se lea como se lea, el hecho es que un sector importante de los militares mexicanos no están de acuerdo en cómo desde la izquierda el presidente Andrés Manuel López Obrador está manejando al país, porque de acuerdo a ellos, no se gobierna con los valores que se profesan en el Ejército. Cuando el inquilino de Palacio Nacional denunció la posibilidad del golpe, sobraron los que lo acusaron de estar creando fantasmas. A pesar de lo que sucedió con el hijo del Chapo en Culiacán o con la familia LeBaron en Sonora. Hoy, después de lo sucedido en Bolivia, algunos detractores de la Cuarta Transformación ya se sienten inspirados y en condiciones de repetir ese modelo en México. Por ahora el primer paso es reconocer que lo que se dio en Bolivia fue un golpe de Estado y que los aires de aquellos difíciles años 70 vuelven a enrarecer el ambiente en toda América Latina. Alejemos las tentaciones.