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28 de Abril del 2020

El enojo del Presidente

Lo último que necesita México en medio de la histórica crisis global es una disputa abierta entre los grandes y poderosos.
Lo último que necesita México en medio de la histórica crisis global es una disputa abierta entre los grandes y poderosos. Los de la política y los de los dineros. Ante el impacto sin precedentes que se ve venir después de que se controle la pandemia y sus consecuencias económicas y financieras, el país está urgido de consensos, de acuerdos, de manos unidas para sacar adelante al buey, no de la barranca, sino del precipicio hacia el que ya va enfilado. Por eso sorprende la actitud del presidente Andrés Manuel López Obrador cuando ayer salió a La Mañanera con el disgusto dibujado en su rostro y el enojo en sus palabras. Como dirían el refranero: Salió con la espada desenvainada. Alguien calentó al mandatario sobre el acuerdo alcanzado por el Consejo Mexicano de Negocios y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para apuntalar a las empresas con créditos hasta por 12 mil millones de dólares para ayudarles a sortear la crisis. Un acuerdo que se buscó frente a la negativa del gobierno de la Cuarta Transformación de presentar un programa de contingencia, más allá del anunciado para changarros y las pequeñas empresas. La herida del Fobaproa está viva. Por eso el Consejo Coordinador Empresarial y el Consejo Mexicano de Negocios no se cruzaron de brazos. Le tocaron la puerta al BID, que se dedica a eso, a financiar gobiernos y a empresas en las Américas. Y lograron un acuerdo privado –estrictamente privado- con el que consiguieron líneas de crédito hasta por 12 mil millones de dólares para hacer factoraje que fortaleciera las cadenas de valor, e impedir la parálisis ante la recesión que se aproxima. Para ese acuerdo no se demanda ningún aval del gobierno mexicano. La deuda y las garantías son de las empresas. Solo por protocolo se busca que el gobierno esté enterado. Pero alguien le dijo muy temprano al presidente López Obrador –equivocadamente– que su gobierno tendría que dar un aval para ese enorme crédito privado, y el mandatario reclamó “los moditos” para hacer acuerdos al margen del gobierno. Quizá el inquilino de Los Pinos desconocía qué tanto en la Secretaría de Hacienda y en la Secretaría de Economía se tenía conocimiento del acuerdo y que le habían dado su respaldo. Tanto que Marcelo Ebrard y Graciela Márquez celebraron el convenio con el BID, que resolvía el problema del sector privado y en nada comprometía las finanzas del gobierno de la Cuarta Transformación. Pero el presidente López Obrador, lejos consultar antes de La Mañanera a su delantera económica para que le aclararan los detalles, se fue en primera contra los empresarios reclamándoles no solo sus “moditos” sino su “prepotencia”, advirtiéndoles que él no sería “florero de nadie”. Alarmados por la desinformación y la violencia en las formas, los presidentes del CCE y del Consejo Mexicano de Negocios salieron a enmendar la plana. Y en distintos espacios informativos, tanto Carlos Salazar como Antonio del Valle se dieron a la tarea de aclarar que ningún dinero era deuda pública, que era un acuerdo de privados con el BID. Pero esto solo sucede cuando los puentes del diálogo entre el gobernante y los gobernados están no rotos, sino dinamitados, haciendo imposibles no solo los acuerdos, sino la mínima comunicación. Mientras el presidente López Obrador los regañaba sin justificación, el empresariado huérfano organizaba ayer mismo once mesas virtuales buscando construir su propio salvavidas frente a la crisis. La convocatoria siempre será privilegio del presidente. Pero si el mandatario se decide a no ejercerla, y rehúye a escuchar a empresarios, a legisladores, a gobernadores o a cualquier otro actor que influye, alguien buscará la otra salida. Y la del BID fue una de esas respuestas. Si el presidente López Obrador se decidiera a tener un auténtico cuarto de guerra incluyente, con las voces de todos los sectores, no se pasarían penas ajenas, como la del enojo vivido ayer por desinformación. El tamaño del reto ante el descalabro sanitario y económico más dramático del último siglo nunca podría ser tarea de un plan trazado en la mente de un solo hombre. Imposible tener todas las respuestas a todos los retos. Si el presidente se quedara con una sola Mañanera y dedicara los otros cuatro días a reuniones con gobernadores, líderes sociales, legisladores y empresarios, podríamos aspirar a no salir tan mal librados de la pesadilla que ya se asoma. De lo contrario la temperatura del regaño y el nivel del insulto irán en ascenso, abriendo más la brecha entre unos y otros. Y ese es un quiebre que para México será más mortal que el propio Coronavirus.