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03 de Mayo del 2019

El Estado Profundo

La sensación que se vive es que el presidente López Obrador está dejando de lado a su pueblo bueno y sabio, y que ya se dio cuenta que no puede gobernar sin el Estado Profundo, sin esa Mafia del Poder a la que tanto censuraba. Lo que todavía no se entiende es cómo se puede transitar hacia nuevos horizontes con los mismos actores que nos llevaron a donde hoy estamos
El presidente Andrés Manuel López Obrador la bautizó como “La Mafia del Poder”. Pero analistas y politólogos de prestigio, como el norteamericano David Stockman, le dan un nombre que refleja mejor esa realidad. Lo llaman “El Estado Profundo”. El Estado Profundo es la serie de añejos y enquistados intereses políticos y económicos que van creándose con el paso de los años en cualquier sociedad, en cualquier ciudad, estado o nación. Son quienes de verdad manejan el poder, definen el rumbo, marcan la estrategia para lograr, no necesariamente los mejores propósitos para el país, sino lo que mejor conviene a sus muy particulares intereses. Stockman, quien fuera el hombre que manejó el presupuesto norteamericano en la administración de Ronald Reagan y un personaje respetado en los altos círculos financieros, dice que el Estado Profundo de los Estados Unidos es dominado –entre otros- por el Pentágono y la red de corporaciones satélite que acaparan el billonario e insaciable presupuesto militar de esa nación. En México ese Estado Profundo está marcado por las corporaciones de telecomunicaciones, las mineras, algunas constructoras, la industria de bebidas –refrescos y cervezas- y por supuesto por un sistema bancario que por desgracia recibe órdenes desde España, Nueva York, Londres o Canadá, pero no de México. Es ese Estado Profundo mexicano el que se opone a modificar los estancados privilegios de las élites, casi inmóviles desde hace 25 años. Y patrocinan a cualquier partido, a cualquier candidato, a cualquier bloque legislativo, a cualquier medio de comunicación que apoye la conservación del status quo. Es ese Estado Profundo -o la llamada Mafia del Poder a la que se refiere el presidente López Obrador- los que están instalados como invisibles titiriteros que manejan los hilos de los títeres que les son útiles a sus propósitos. Históricamente y a través del PRI primero, del PAN después y del PRIAN más tarde, el Estado Profundo impuso sus candidatos, instaló presidentes y los manejó a sus anchas. No hay margen de maniobra. Lo saben muy bien quienes en su momento ocuparon ya la Silla del Águila, el despacho presidencial. Y cuando no lo quisieron entender, les provocaron crisis financieras y les asesinaron a sus candidatos. Por eso sorprende ahora que el presidente López Obrador, quien como candidato fincó sus simpatías en desenmascarar a esa Mafia del Poder, de la impresión de estar comiendo de su mano. Aquellos a los que defenestaba en los mitines para advertirles que el saqueo había terminado, son hoy sus consejeros, acude a cenar a sus casas, los convierte en compadres y los sienta a su mesa en Palacio Nacional para aplaudirles su historia. Pocos entendieron la bizarra escena de un presidente de la Cuarta Transformación festejando en su casa, en Palacio Nacional, el primero de mayo, con Carlos Aceves del Olmo, líder nacional de la CTM. Y en la misma mesa otros líderes que siempre fueron no solo cuestionados, sino rechazados abiertamente por un candidato López Obrador, que prometía a la mayoritaria clase trabajadora que los rescataría de sus garras. Está claro que la confrontación no puede ni debe ser abierta y que debe privilegiarse el diálogo. Pero de ahí a sentarlos a la mesa a comer, en pleno Día del Trabajo, y tomarse la foto aplaudiéndolos, deja en la ciudadanía más dudas que respuestas. Porque estrategia personal aparte, la sensación que se vive es que el presidente López Obrador está dejando de lado a su pueblo bueno y sabio, y que ya se dio cuenta que no puede gobernar sin el Estado Profundo, sin esa Mafia del Poder a la que tanto censuraba. Es cierto que de los arrepentidos se vale el reino de los Cielos, pero todavía no se entiende cómo se puede transitar hacia nuevos horizontes de país con los mismos actores que nos llevaron a donde hoy estamos. Los mexicanos seguimos sin entender el perdón y el olvido. Cómo convencer de que se es disruptivo, cuando las imágenes proyectan una complacencia que los detractores difundirán como complicidad.