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12 de Abril del 2019

El ejemplo de Miguel

El alcalde de San Pedro Garza García, Miguel Treviño, resolvió magistralmente un conflicto heredado por la administración de Mauricio Fernández Garza
La política es el arte de tender un puente entre lo deseable y lo posible. Un alcalde, gobernador o presidente puede tener los más grandes sueños, prometer las más faraónicas obras o vender con su discurso esperanzas de un futuro mejor. Eso es lo deseable. Pero cuando ese hombre público tiene que enfrentar la política real, la que tiene que hacer coincidir sus intereses con los públicos, trastocar intereses existentes y poner todo en la balanza del presupuesto, ahí está el problema. Entramos a lo que es posible. Mauricio Fernández Garza Sada, el tres veces alcalde de San Pedro, se recetó la aprobación en Cabildo de tres museos de 500 millones de pesos para albergar con un comodato su colección de arte. Para el controvertido munícipe eso era lo deseable. Viene de una familia de abolengo, con recursos, y se le hacía de lo más normal distraer ese presupuesto en lo que parecía un capricho personal. Si el pueblo tiene hambre, que coma pasteles. Por eso, cuando su sucesor, Miguel Treviño, asumió la alcaldía sampetrina, promovió la suspensión de las obras. Porque en la escala de necesidades, el político independiente veía mayor utilidad para esos 500 millones en obras sociales y de infraestructura. Y logró que el nuevo Cabildo frenara los tres museos que se auto- autorizó su antecesor, quien por ciento colocó a su novia al frente del patronato para la construcción. Caprichitos de niños ricos que censuran la corrupción en todos, menos en ellos. El asunto pudo haberse quedado ahí, en una construcción a medias, lesionando miles de metros cuadrados de espacios públicos, como un gran elefante inconcluso. Algo así como lo que sucedió con el suspendido aeropuerto de la Ciudad de México. Cemento y varilla sin utilidad, en aras de frenar la corrupción. Pero Miguel Treviño se sentó a negociar entre lo deseable y lo posible, pactando un acuerdo que es benéfico para todos: el que dona el arte, el municipio que lo recibe y la población que recupera no solo su presupuesto, sino espacios verdes. Lo que el alcalde independiente logró fue reducir el proyecto de tres museos a uno solo. Y obligar al donante a que los 4 techos mudéjares y los arcos góticos no fueran un préstamo, sino un donativo. Con eso la tesorería recuperó 152 millones de pesos, la mitad de lo que se había entregado para avanzar la obra. El costo del museo que queda será fijo y cualquier extra lo costeará el donante. Y el patronato tendrá que hacerlo autosuficiente, sin disponer de recursos púbicos. Y lo más importante, que el museo se obliga a albergar la obra por un año, con posibilidad de extenderlo pero también con la posibilidad de que el espacio pueda albergar nuevas exhibiciones. Es decir, el municipio que paga es el municipio que manda. Con ese salomónico acuerdo se levanta el problema. Y las generosas intenciones del donante se cumplen, al poner su obra al servicio del pueblo. El municipio limita su gasto y recupera dinero y espacios para otras urgencias. Y al final del día, los sampetrinos podrán tener un nuevo espacio para el arte. Después de ver cómo se cuadraron los astros para destrabar algo que iría por años a un largo y costoso  litigio, dejando la obra inconclusa, uno no tiene más que preguntarse ¿y por que no aplicar una receta como esa para reconsiderar el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México? Estamos de acuerdo con el fondo de suspender la mega obra por evidentes tintes de corrupción, pero ¿van a quedar ahí los cientos de miles de toneladas de varilla y concreto de lo que ya se había avanzado del nuevo aeropuerto? ¿Acaso no tiene algún uso? Si ya incurrimos con fondos públicos a pagar la suspensión de la obra, ¿no podríamos rescatarla, como el alcalde Miguel Treviño lo hizo con La Milarca? No lo echen en saco roto. Pónganle imaginación.