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02 de Mayo del 2018

El divorcio

No son necesarios profundos análisis políticos para asomarse al abismal divorcio que existe entre los empresarios mexicanos y los ciudadanos
No son necesarios profundos análisis políticos para asomarse al abismal divorcio que existe entre los empresarios mexicanos y los ciudadanos. El conflicto es muy básico. Algunos poderosos hombres de los negocios tienen una visión simplista e incluso hasta primitiva al asomarse a la política. Y lo que es peor, creen que sus puntos de vista son irrebatibles por aquellos simples mortales que para su desdicha también votan y para desgracia son mayoría. Son esos empresarios que abrevan su filosofía política no en diplomados, maestrías y doctorados, sino en las tesis que ellos mismos, bajo su incestuosa óptica, difunden en el Hoyo 19, ese bar en el que con un trago en la mano debaten después de 18 extenuantes hoyos de golf. Y para muestra baste asomarse a dos hechos recientes ocurridos el primero en Guadalajara y el otro en Monterrey. En la perla tapatía, el empresario Jorge Vergara, el tiburón propietario de Omnilife y de las equipo de futbol Chivas, celebró a principios de marzo su mega evento con sus distribuidores de sus productos en el estadio del Rebaño Sagrado. Y tuvo la iniciativa de invitar al candidato del PRI-PVM-Panal, José Antonio Meade, para presentarlo como su amigo, “una gente que tiene valores muy parecidos a Omnilife”. El error de Vergara fue el de convocar solo al candidato priista no-priista, excluyendo a todos los demás. Y eso, su auditorio, que para todo fin práctico son sus empleados o socios, lo interpretaron como un mitin político tricolor. El resultado fue que los asistentes produjeron un sonoro abucheo de reprobación al espaldarazo de su jefe al candidato del PRI. Obvia decir el desconcierto en el que se hundió el empresario jaliciense. El otro hecho se dio en la Sultana del Norte, en la cuna del Tecnológico de Monterrey, a donde acudieron en pasarela los cinco candidatos a la presidencia 2018. Con un consejo presidido por el empresario José Antonio Fernández, quien abiertamente hace proselitismo en favor del panista Ricardo Anaya como hace seis años lo hizo por Josefina Vázquez Mota, los estudiantes escucharon a todos los aspirantes. Para sorpresa de los jerarcas de la institución, que se presume conservadora y alejada de lo que ellos califican como “populismo”, el candidato que mas sonoros aplausos recibió fue Andrés Manuel López Obrador. De acuerdo a la medición de decibeles aplicada por el diario Reforma, el candidato de Morena no solo fue quien registró los aplausos mas estridentes, sino que al final fue despedido con gritos de “¡Presidente!, ¡Presidente!”. Pueden imaginar los comentarios de los consejeros que sin duda, como sucedió hace seis años, acabaron por calificar casi de hereje a un alumnado que por su nivel intelectual no son sujetos a ser manejados como marionetas. Ni los distribuidores de Omnilife ni los estudiantes del Tecnológico de Monterrey podrían ser incluídos entre las masas de desposeídos de la nación. Califican en todo caso como respetables mexicanos, que tiene la suerte de vivir de un empleo bien remunerado o que asisten a una universidad de privilegio de clase mundial. Pero el contraste entre lo que opinan sus líderes Vergara y Fernández, deja en claro el divorcio que existe entre un amplio sector del empresariado mexicano y la ciudadanía. Sean empleados o alumnos. Y si ese abismo se da con tanta evidencia, podemos entender el por qué en México vivimos una radicalización política que divide, polariza y descalifica a quienes tienen la osadía de no pensar como quienes se dicen los dueños del dinero y del poder.