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20 de Marzo del 2020

El contagio financiero

Una vez superada la contingencia sanitaria, la recuperación más severa, compleja y prolongada, será la económica.
Si el gobierno de la Cuarta Transformación está manejando bien o mal la crisis sanitaria del Coronavirus es algo que confirmaremos o desmentiremos en días o semanas. Nadie deseamos el contagio y la muerte. Pero el golpe de realidad para los mexicanos vendrá más temprano que tarde. Para bien o para mal. Y dependiendo de cómo se enfrente, podríamos en un par de meses presumir -como ya lo hace China- que la pandemia está bajo control. Pero superada la contingencia sanitaria, la recuperación más severa, la más compleja y prolongada será la económica. Es el virus incubado en el sistema financiero internacional frente a la pandemia y del cual, por más escapularios y estampitas que portemos, no podremos escapar. Vivimos en todo el planeta una tormenta perfecta en donde la mezcla de la crisis de la pandemia, con el desplome en la producción y empleo, se suma a la guerra petrolera entre Arabia Saudita y Rusia que desploma el precio del crudo a 18 dólares por barril. Para México la mezcla es mortal. Y no se ve en el horizonte un anuncio que reconozca la urgencia de asumir medidas económicas de choque, como ya lo hicieron Estados Unidos, China, Canadá y la Comunidad Europea. Por el Coronavirus ya se cerraron plantas enteras de fabricación de autos, las aerolíneas y los hoteles bajaron al 50 por ciento sus ocupaciones, decenas de miles de restaurantes y bares cerraron sus puertas. El fantasma de un gran desempleo acecha al mundo como en pocas ocasiones desde la Gran Depresión. Y a ese drama tenemos que sumarle que para los mexicanos el desplome petrolero podría llevar a Pemex a una crisis de insolvencia. Vender crudo azteca a 14 dólares el barril no es negocio. Perdemos. La degradación de las calificadoras al inviable Pemex acabaría por contaminar el grado de inversión de México. Y siendo el Peso la moneda más solicitada, porque pagamos el más alto interés en el mundo, nadie podría descartar una corrida contra nuestra moneda. De suceder, el hecho impactaría la viabilidad económica del gobierno mexicano y el panorama se tornaría de gris a negro. No deseamos pecar de fatalistas, pero los números hablan. Los pronósticos más recientes de los expertos son catastróficos. JP Morgan anticipa para el segundo trimestre una caída del 14 por ciento del Producto Interno Bruto de los Estados Unidos. Y para la Unión Europea, en el mismo período, un desplome del 22 por ciento y el 30 por ciento de caída en el Reino Unido ya fuera del Brexit. ¿Imaginan lo que significa para el comercio internacional de México con Estados Unidos y Canadá una parálisis así? Las últimas crisis de 1994, 2001 y 2008 serán muy poca cosa si no se hace frente a la situación con medidas urgentes y extremas. No es hacerle al aguafiestas, pero se tiene que admitir que los grandes proyectos como el aeropuerto de Santa Lucía, la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya –por más necesarios que se vean- tendrán que esperar mejores tiempos. Lo urgente será destinar los escasos recursos para equilibrar la inequidad social que significará el abierto desempleo, mientras el mundo vuelve a recuperar su paso. Comer antes que crecer, será el mantra de los próximos años. Sobrevivir a la recesión que ya veía largamente anunciada, pero que se precipitó por el cataclismo sanitario y por el desplome de los mercados petroleros. Para el gobierno de la Cuarta Transformación los ingresos serán muy magros mientras se normaliza la actividad económica global y se mejoran los precios del crudo. Escaseará el dinero fiscal y lo poco que exista habrá que destinarlo a los programa sociales y a impedir el colapso de empresas e instituciones financieras para recuperar el crecimiento y el empleo. Del presidente Andrés Manuel López Obrador, de su jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, del Secretario de Hacienda, Arturo Herrera y de la Secretaria de Economía, Graciela Márquez, tienen que evaluar en su justa dimensión el tamaño de la emergencia para aplicar las inaplazables medidas. Solía decir Ho Chi Minh, el político e insurgente vietnamita, que si aspiras a lo mejor, tiene que estar preparado para lo peor. La contingencia financiera que ya tenemos encima demandará algo más que bondad, honestidad, buena fe, escapularios y estampitas. Será un reto de astucia, inteligencia y destreza financiera para operar rápido y bien. A Dios rogando, estampitas mostrando… y con el mazo dando.