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01 de Abril del 2019

Ebrard y Pompeo

Sin antecedente alguno de lo que sucedería, el Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, fue llevado a una cena privada con Jared Kushner en casa del copresidente de Televisa
Marcelo Ebrard y Mike Pomepo, los dos responsables de las relaciones exteriores en México y en los Estados Unidos, están impedidos de hacer bien su diplomático trabajo. Y no es que el Canciller mexicano y el Secretario de Estado norteamericano sean incompetentes. Ambos son políticos más que probados y con una larga cartera de éxitos en donde ya despacharon. El conflicto radica en el estilo personal de gobernar de sus jefes, Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump. Ambos mandatarios, por distintas razones, tienen una hiperactividad con la que suelen jugar a la diplomacia. Desde sus frecuentes y controvertidos tweets, hasta sus decisiones de última hora que acaban por desmantelar lo armado por Ebrard y Pompeo. Veamos el caso del Canciller mexicano, quien desde que se instaló en Tlaltelolco se marcó como una de sus prioridades  devolver la formalidad a las delicadas relaciones bilaterales México-EU. La diplomacia entre las naciones que comparten un poderoso tratado comercial y una frontera permeable a migrantes, armas y drogas, fue atropellada, por decir lo menos, en el sexenio pasado. Desde que Luis Videgaray era el todopoderoso hombre de confianza del Presidente Enrique Peña Nieto, en su primer parada en la Secretaría de Hacienda, tejió con Jared Kushner una relación en el clandestinaje diplomático. Al margen de los cancilleres Claudia Ruiz Massieu y Rex Tillerson, Videragay iba y venía a Washington o a Nueva York para pactar la agenda bilateral. Sin duda por ello, después de su salida de Hacienda, su natural escalón para volver al gabinete peñista fue Relaciones Exteriores. El cuestionamiento a la diplomacia Videgaray-Jared fue constante, por ser infiel y por darse fuera de los protocolos que marca la diplomacia. Ni Videgaray era el canciller ni Jared era el secretario de Estado. Pero actuaban como si lo fueran. A su llegada a la cancillería con el gobierno de la Cuarta Transformación, Marcelo Ebrard se propuso reconstruir la relación bilateral y una de sus primeras acciones fue viajar a Washington para reunirse con Pomepo. Juntos acordaron devolver el lustre a sus carteras, golpeadas por los acuerdos en lo oscurito entre Videgaray y Kushner. Y todo iba muy bien, hasta que el presidente López Obrador subió a Ebrard a su Jetta para ir a la residencia del copresidente de Televisa, Bernardo Gómez, a reunirse con el yerno de Trump. Volvía a activarse la relación extra diplomática, no desde el Palacio Nacional, no desde la Cancillería, sino desde un domicilio particular de un cuarto poder. Por ser Ebrard el primer sorprendido de ir a un cónclave que desconocía, no existió margen para alertar a Pompeo. Y dicen desde Washington que toda la fidelidad prometida rodó por los suelos. Sin duda, por las habilidad de ambos diplomáticos, se restaurara, pero qué necesidad. Y en mucho ayuda el tono pacífico que el presidente López Obrador asume frente a los ataques virulentos de Trump. Nada de responder a amenazas; cuando se den los hechos, reaccionamos. Esa es hoy la política exterior frente al Orange Twitter. Para Pompeo la situación es más crítica. Dependiendo de cómo le cayó la McDonalds que se cenó la noche anterior, Trump elogia o ataca a México. Su última amenaza frente a la crisis migratoria centroamericana, que usa a México como trampolín para llegar hacia los Estados Unidos, es la de  “México no hace nada. Vamos a cerrar la maldita frontera”. ¿Qué dice Pompeo ante tanta amenaza de su tweetero en jefe? Pues al igual que cuando Kushner es enviado a darle recados al presidente mexicano en una casa particular, nada. No come lumbre. ¿Pueden Ebrard y Pompeo reconstruir diplomáticamente lo que ya se había avanzado en los primeros 4 meses de la Cuarta Transformación? Por supuesto que sí. Claro, mientras no venga un nuevo y bronceado tweet o un recadito dejado en el set de la telenovela “Bodas de Odio”.