30 de noviembre 2020

¡Que alguien me explique!

Dos años… ¿de qué?

El pretexto ya no existe. El pasado ya le pertenece. Dos años son suficientes para demostrar lo que se puede hacer. Veinticuatro meses bastan para saber lo que no se va a hacer. El destino alcanzó ya al presidente Andrés Manuel López Obrador para pasarle la factura del primer tercio de su gobierno. Y las […]

Por Ramón Alberto Garza

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El pretexto ya no existe. El pasado ya le pertenece. Dos años son suficientes para demostrar lo que se puede hacer. Veinticuatro meses bastan para saber lo que no se va a hacer.

El destino alcanzó ya al presidente Andrés Manuel López Obrador para pasarle la factura del primer tercio de su gobierno. Y las cuentas a la ciudadanía dejan mucho a deber.

Si la política es el arte de tender puentes entre lo deseable y lo posible, la estrategia de la Cuarta Transformación es la de destruir cualquier puente para imponer la falsa visión de que lo deseable ya fue posible, desde la óptica de un solo hombre.

La diaria repetición mañanera de que todas las calamidades son culpa de los gobiernos corruptos del pasado, de los neoliberales insaciables, de los medios de comunicación que operan como “inmundos pasquines”, de los intelectuales orgánicos, ya no es suficiente para justificar lo que hay.

Ciento cuatro semanas de gobierno debieron ser suficientes para mostrar el nuevo rostro de esa prometedora Cuarta Transformación que fue apoyada por 30 millones de esperanzados mexicanos.

Eran los mexicanos que avalaron el justo diagnóstico del candidato López Obrador, de que había que cerrar la enorme brecha de la desigualdad, terminar con los gobiernos corruptos, con el amasiato entre la política y el capital, con la Mafia del Poder.

Pero aquello que él mismo bautizó como la Mafia del Poder es la que hoy está instalada construyendo sus obras insignia, apareciendo en la foto de la nueva alianza que avala el no-cambio.

La promesa de regresar al Ejército a sus cuarteles se estrelló con la penosa realidad de que a los militares se les extendió un cheque en blanco, para que se hicieran presentes en casi todo aquello que eran tareas civiles. Nunca en el México post-revolucionario dominó tanto el verde olivo.

La lucha contra la inseguridad merece enorme respeto… para los narcotraficantes. A “El Chapo” debemos llamarlo “El señor Guzmán Loera”, a su hijo se le deja libre en medio de su captura y a su madre se le visita para reverenciarla con el saludo presidencial en la mismísima sierra de Badiraguato. Y Nemesio Oseguera, “El Mencho”, continúa invisible.

El corrupto sistema de salud heredado del pasado no acaba de ser reemplazado por un “honesto” sistema de salud que encare con dignidad las urgencias de una pandemia criminalmente manejada por la megalomanía y la egolatría de Hugo López-Gatell.

Los frentes sociales se confrontan. Desde los dolientes padres de los niños que reclaman las escasas medicinas contra el cáncer hasta el desdén con el que el gobierno trata el repunte de los feminicidios que desde la visión presidencial son vistos como un crimen más endosable a los neoliberales.

La transparencia prometida en campaña se estrella con dos años en los que dominan las asignaciones directas -o por invitación restringida-, por encima de las licitaciones abiertas. Sucede desde la obra pública pasando por la compra de medicamentos. Y a las compras militares, ni cuestionarlas con el pétalo de una auditoría.

La República está fracturada por el desdén y la falta de diálogo suficiente con los gobernadores, quienes desde su rebeldía reclaman atención. Si el tiempo que se le da a una Mañanera se le dedicara una vez al mes a sentarse a discutir las urgencias regionales, no existirían desastres como el de las inundaciones de Tabasco.

El poder legislativo monolítico, aquel al que tanto se le cuestionaba durante el amasiato del PRIAN, hoy no opera diferente desde la docilidad y falta de dignidad de una mayoría dominada por Morena, presta para satisfacer sin recato a la propuesta presidencial. Pregúntenle a Porfirio Muñoz Ledo. ¿O el también es neoliberal?

Al empresariado se le elogia de palabra, pero se le ataca y se le cuestiona de obra. Se les invita a comer en Palacio para diseñar el proyecto de energía, pero acaban ignorados y despreciados desde la obtusa estrategia del binomio Bartlett-Nahle. Miles de millones de dólares de energías limpias, ya invertidas, ya instaladas, más baratas, congeladas con el aval presidencial.

Los medios de comunicación son todos corruptos, y sus comunicadores también. A menos que se entreguen al frenesí de elogiar sin medida al régimen. Entonces el compadrazgo y la ideología se unen para capturar los millonarios presupuestos publicitarios. Nada diferente a lo que sus antecesores hacían en el pasado con los “intelectuales orgánicos”.

Fuera de los resultados del SAT y de la Unidad de Inteligencia Financiera -aún con los excesos que puedan existir- muy poco hay que presumir en el combate a la corrupción. El “criterio de oportunidad” ya es viral, pero las sentencias todavía no se consuman. ¿Algún corrupto de la Cuarta Transformación tras las rejas? Ni Pío.

Tiene razón el presidente López Obrador cuando insiste una y otra vez -como disco rayado- que “ya no son los tiempos de antes”.

Pero los tiempos de hoy no alcanzan todavía a entenderse porque no dan los resultados esperados, porque no generan la confianza suficiente para presumir que valió la pena votar por la Cuarta Transformación.

Y a partir del primero de diciembre en que el interinato es posible, sin elecciones de por medio, las tentaciones de los enemigos del régimen –los de afuera y los de adentro- arreciarán. La sombra de Huerta será una permanente amenaza.

Es la hora de retomar el “Juntos Haremos Historia”, porque de lo contrario “Divididos Destruiremos el Futuro”.

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