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21 de Febrero del 2020

Delincuente en jefe

Invocando su poder, el presidente decidió otorgar el perdón a once ciudadanos que purgaban largas condenas. Eran delincuentes probados, juzgados y sentenciados.
Usando ese privilegio, el jefe del gobierno eligió a los perdonables no de manera selectiva, con diversidad de género o de condición social, como sería de esperar. Por el contrario, abusando de su investidura eligió a once delincuentes, todos personajes de elevada condición socio-económica, todos delincuentes de cuello blanco y, por curiosa coincidencia, todos sus amigos o recomendados de sus amigos. El perdón incluyó, entre los once, a un gobernador que vendió una silla del Senado, un vendedor de acciones chatarra que defraudó y dejó en la calle a miles de pequeños inversionistas y a un jefe policial confeso de fraude fiscal y de mentirle a la nación. Los salvoconductos para liberar a sus amigos delincuentes desató la crítica unánime para quien se definió a sí mismo como “el jefe del sistema policial de esta nación”. La historia, que sucedió esta semana, no es de una nación latinoamericana tercermundista, ni de un país africano o una dictadura asiática o del Medio Oriente. El perdona-vidas de los delincuentes como Rod Blagojevich, Michael Milken y Bernard Kerik, quienes defraudaron o evadieron miles de millones de dólares es nada menos que Donald Trump. Una vez más el inquilino de la Casa Blanca se instala como el hombre que lejos de dar con su ejemplo una lección de legalidad, pisotea la ley y la reescribe a su antojo, sin que poder alguno lo pueda frenar. El perdón a esos delincuentes de cuello blanco, y no a modestos ciudadanos que quizás robaron para darle de comer a sus familias, no para defraudar, se da en los mismos días en que Trump entró en abierta confrontación con el procurador William Barr. El jefe de gobierno de los Estados Unidos se dedicó a intimidar al jefe del sistema judicial, lanzando twits en los que le exigía que se reconsiderara la sentencia de su asesor y amigo Roger Stone, mentirle al Congreso y obstruir a la justicia en el caso de la trama rusa de las elecciones presidenciales del 2016. La presión de Trump fue tal, que el procurador Barr se vio obligado a denunciar en entrevistas públicas, de cara a la nación, la intimidación presidencial. Y amenazó con renunciar si esas presiones no cedían. Para fortuna del sistema judicial norteamericano, Roger Stone fue sentenciado ayer jueves a tres años y cuatro meses de prisión. Esperen las iracundas reacciones en redes sociales del inquilino de la Casa Blanca. Pero previsto está que serán, una vez más, desproporcionadas, insultantes y faltas de respeto para un funcionario de la talla del procurador Barr. Pero Trump ya cruzó todos los Rubicones de la ilegalidad y se siente empoderado. La protección absurda que le otorgaron sus pares republicanos para no ser enjuiciado a la hora de buscar su impeachment lo envalentonaron. El mandatario norteamericano no solo se siente intocable, se define a sí mismo como el policía en jefe de la nación que violenta la separación de poderes, twiteando órdenes a su procurador al que antes tanto elogió, pero al que ahora por “desobediente” desprecia. Pero que se puede esperar de quien instalando en la cima de su ego es ya definido como el “delincuente en jefe” de la nación más poderosa del planeta.