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26 de Septiembre del 2019

De “Deep Throat” a “Whistle- Blower”

La historia sugiere que la renuncia o destitución de Donald Trump es un escenario probable. En 1973, Nixon se enfrentó a un disidente anónimo de primer nivel, el subdirector del FBI. Ahora, Trump es presionado por el testimonio de un funcionario de seguridad nacional de alto rango.
Un hombre que no es capaz de distinguir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo moral y lo inmoral, no tiene derecho a ocupar silla alguna de poder.   Y eso es lo que sucede hoy con Donald Trump frente a la llamada que le hizo al presidente de Ucrania pidiéndole un favor político personal, en reciprocidad a fondos millonarios  para su gobierno.   Para el inquilino de la Casa Blanca eso no califica como algo malo, incorrecto o inmoral. Aunque el memorándum parcial dado a conocer ayer –que no es todo lo que se dijo en la llamada- deje clara evidencia de que al usar su poder para fines personales incurrió en obstrucción de la justicia.   Pero para entender mejor lo que hoy sucede, valdría la pena evocar aquel intento de someter a un impeachment al presidente Richard Nixon por el caso Watergate.   No podemos restarle el mérito de la investigación hecha en 1973 por Bob Woodward y Carl Bernstein en The Washington Post de la gran Katherine Graham.   Pero el gran revelador de los secretos del espionaje en el hotel donde tenía lugar la convención demócrata fue un soplón que los periodistas bautizaron como “Deep Throat”, conocido en español con “Garganta Profunda”.   Sus acertadas filtraciones arrinconaron a Nixon y lo obligaron a renunciar para impedir que un impeachment lo expulsara vergonzosamente de la Casa Blanca. Su negociación fue un perdón a cambio de su salida voluntaria. Gerald Ford, su sucesor, le cumplió.   Pasarían muchos años para conocer que “Garganta Profunda” fue Mark Felt, director adjunto del FBI. Por eso sus filtraciones de información fueron poderosas, demoledoras.   Al margen de debatir los detalles y pormenores legaloides del drama que enfrenta ahora Donald Trump, el hecho es que también hoy existe un “Garganta Profunda” que ya fue bautizado como “Whistle Blower”, o alias “El Solplón”.   Nadie sabe, al igual que sucedió en 1973 con “Garganta Profunda”, quien es “El Soplón”. Pero se intuye que es un integrante de alto rango de los servicios de inteligencia.   Fue “El Soplón” quien dio pormenores de la llamada entre Trump y el presidente de Ucrania, a quien le pidió el favor de investigar al hijo de Joe Biden, su potencial rival en la elección presidencial del 2020.   Y las filtraciones informativas a través de medios como The New York Times obligaron a la líder del Congreso, Nancy Pelosi, a lanzar la promoción de un impeachment.   Eso obliga a la Dirección Nacional de Inteligencia a revelar el manuscrito íntegro de las conversaciones y ponga a disposición de los legisladores los audios de aquella llamada en la que se acusa obstrucción de la justicia.   Si nada existiera de por medio, Trump y sus allegados ya las  habrían entregado. En su lugar, y para aplacar los ánimos, dieron un “memorándum” de lo que los presidentes conversaron. No es textual, está rasurado, no son los audios.   Pero con lo que la misma Casa Blanca decidió entregar hasta ahora, se evidencia que Trump sí pidió un favor –con esas palabras-, que el favor era investigar al hijo de su rival Biden y que los 391 millones de dólares de ayuda a Ucrania estaban de por medio.   La revelación parcial de la llamada telefónica encendió todavía más los ánimos políticos, obligando a legisladores de todas las filiaciones –demócratas y republicanos- a exigir que se den los textos y los audios íntegros.   Incluso existe la posibilidad de que “Whistle Blower” –“El Soplón”- revele su identidad y comparezca ante el Senado para dar su delicado testimonio que llevaría a definir si la ruta del impeachment está abierta.   Si al igual que Nixon, el presidente Trump reconoce que lo que de verdad existe en esos audios lo va a hundir, no duden que salga a negociar su renuncia sin necesidad de impeachment. Pero la percepción es que ni es tan listo y mucho menos es humilde como para aceptarlo.   Lo que se prevee es que Trump juegue su juego del entercamiento, el capricho personal, el “esto es una cacería de brujas”, confiando en que un milagro lo salve de volver a cenar todas las noches sus McDonalds en su lujoso departamento de la 5a. Avenida de Nueva York.