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08 de Junio del 2020

Conmigo o contra mí

El presidente López Obrador dijo que quienes no están con él, están contra él y contra su revolución. Eso es de palabra. Pero, en los hechos, confunde cuando gobierna ya de la mano de aquella Mafia del Poder a la que prometió acabar.
¡Fuera máscaras!... ¡Al diablo las fachadas!.. ¡Suban el telón!: El presidente Andrés Manuel López Obrador ya lo dijo y muy claro. “Es tiempo de definiciones. No es tiempo de simulaciones: o somos conservadores o somos liberales. O se está con quienes están por mantener los viejos privilegios o a favor de lograr la democracia y los derechos del pueblo y contra la corrupción….” La tajante advertencia presidencial solo da opción a dos alternativas: al estás conmigo o estás contra mí. Y se instala en la absurda promoción del radicalismo extremo. Se acabó la instauración de la Cuarta Transformación; asistimos a la inauguración de la Segunda Revolución. Su primer asomo se dio con la entrevista que el inquilino de Palacio Nacional le dio a Epigmenio Ibarra y en donde se abordó el tema de la revolución… pacífica, dijo, pero revolución. Y se confirma con las ideologías de los radicales de izquierda –nacionales y extranjeros- que están orillando al presidente López Obrador a buscar el reemplazo de la transformación por una revolución. El debate de fondo es que la transformación es un proceso de cambio profundo, con estrategia, mientras que la revolución es un quiebre abrupto que, aún definido como pacífico, suele caer en la violencia y la rebelión. El presidente López Obrador tendría que acudir al Diccionario de la Real Academia Española para ver la diferencia entre los dos conceptos. Transformación: Acción y efecto de transformar. Transformar: hacer cambiar de forma a alguien o algo. Hacer mudar de porte o de costumbres a alguien. Revolución: Cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional. Levantamiento o sublevación popular. Desde su campaña, el presidente López Obrador habló de una Cuarta Transformación, de un proceso de transición inclusivo, cambiando o mudando los privilegios de las élites políticas y económicas, que hicieron de la corrupción un impune estilo de gobernar. Dieciocho meses después -pandemia del Coronavirus y crisis petrolera de por medio- el discurso del presidente cambió. Se radicalizó. De los abrazos de la gran conciliación nacional pasamos a los “balazos” dialécticos de La Mañanera. Desdeñando a los aliados, coleccionando enemigos. Y la palabra revolución comenzó a reemplazar a la transformación entre algunos de sus más cercanos. La agresión a flor de piel. A feministas, a empresarios, a medios de comunicación, a constructores, a médicos, a cuestionadores, críticos y opositores. Por eso el asomo de la violencia de manifestantes agresivos, cubiertos sus rostros, prendiendo fuego a un policía, incendiando patrullas, destruyendo la propiedad de terceros, vandalizando. No de protesta pacífica y transformadora, sino violenta y revolucionaria. Por supuesto que los abusos policíacos son condenables. Sin duda la muerte de Giovanni López indigna y exige justicia. Pero esa agresión es de policías de un municipio priista, no del gobierno estatal al que se le busca endosar la acción y que, dicho sea de paso, ya asumió el proceso contra los policías agresores. Pero el presidente López Obrador ya habló de que quienes no están con él, están contra él y contra su revolución. Eso es de palabra. En los hechos, confunde cuando gobierna ya de la mano de aquella Mafia del Poder a la que prometió acabar. Sus hombres insignia de esa revolución llevan los apellidos Slim, Hank, Larrea, Miguel y Cabal Peniche, entre otros. Son los nuevos dueños de los grandes contratos, del reparto en sus bancos del dinero para el Bienestar. Los mismos apellidos que hicieron los grandes negocios con el PRIAN. Entre los abanderados de esa revolución aparecen personajes como Manuel Bartlett y familia, así como Rocío Nahle y sus compadres. También están gobernadores consentidos tan impresentables, como Jaime Bonilla en Baja California, Miguel Barbosa en Puebla, Cuitláhuac García en Veracruz o Cuauhtémoc Blanco en Morelos. En contraparte, los hombres y mujeres a los que quiere combatir ostentan los cargos de gobernadores, electos por el pueblo, con quienes el mandatario no se digna a sentarse desde que se inició la pandemia del Coronavirus. Entre esos hombres y mujeres también se identifican la gran mayoría de los empresarios grandes, medianos y pequeños, los que dan empleo al 80 por ciento de los mexicanos. Son esos empresarios a los que ataca diariamente, una y otra vez, a quienes califica despectivamente como conservadores, neoliberales y corruptos. Por eso el presidente López Obrador dijo que era momento de definiciones. Porque ese cambio de destino, de la transformación a la revolución, presagia un choque violento. Como los que ya se asomaron en Jalisco y en la Ciudad de México. Cambiemos pues en el escudo de gobierno las imágenes de Hidalgo, Juárez, Madero y Cárdenas por las de Villa, Zapata, Carranza y Obregón. Ese es el nuevo rumbo de la 2T, de la Segunda Revolución, un destino por el que los mexicanos jamás votamos.