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30 de Octubre del 2019

Cerrar los ojos

En medio del caos en el que se vive, existe un ejemplo en Latinoamérica que sin estar ajeno a una gran crisis, es digno de ser estudiado: el de Perú.
Es curioso que la izquierda en Argentina vuelva al poder y que el gran drama de la desigualdad se refleje en un titular de periódico: “Limitan cambio a 200 dólares por mes”. La crisis del neoliberalismo a ocho columnas. Es curioso que pocos entiendan cómo Chile, una nación que solía ser el modelo del desarrollo y estabilidad latinoamericano, entró en una espiral de violencia que la tiene al borde del colapso político. La desigualdad se instaló en sus hogares y el anarquismo se volcó en sus calles. Es curioso que en México la polarización entre los que atacan y los que defienden a la Cuarta Transformación se instale en el terreno de lo irreconciliable. Nadie cede, todos disparan. El pronóstico es el de un gran quiebre. Sea Argentina, Chile o México, Latinoamérica en particular y otras muchas naciones del planeta en general, están dando el viraje hacia la izquierda. La reacción inmediata es que se está volviendo al pasado, que la izquierda está recuperando el poder, que el socialismo va a arrastrar de nuevo al continente a la gran debacle. Desde la óptica neoliberal esos son los razonamientos. En la otra cara de la moneda se puede decir que la derecha fue incapaz de cerrar la brecha de la desigualdad, que el capitalismo rapaz atendió más a los indicadores macro que a las necesidades micro. Y los ciudadanos estallaron por hartazgo y falta de movilidad social. Si nos empecinamos en ubicarnos en una cara o en otra de esa moneda, el radicalismo será creciente, la liga se estirará hasta que reviente y la caída de unos o de otros desquiciará al sistema que, de polarizado, colapsará sin remedio. ¿Dónde están las voces de la sensatez que llamen al diálogo para buscar una auténtica solución, más allá de las ideologías y de las urgencias inmediatas de los partidos para retener o arrebatar el poder? En medio del caos en el que se vive, existe un ejemplo en Latinoamérica que sin estar ajeno a una gran crisis, es digno de ser estudiado: el de Perú. Tres ex presidentes procesados y encarcelados –Fujimori, Toledo, Ollanta y señora-, otro ex presidente suicidado en medio de la vergüenza de los sobornos de Odebrecht- Alan García- y un presidente renunciado, Pedro Pablo Kuczynski. Es decir, de los últimos cinco expresidente, ninguno se salva de la vergüenza de la corrupción, de ser sorprendidos recibiendo coimas, pero sobre todo ninguno se salva de ser procesados e incluso encarcelado para pagar su latrocinio. En medio de todo, el presidente interino, Martín Vizcarra, disolviendo primero el sistema judicial al que descubrieron in fraganti, con grabaciones, operando de la mano del crimen organizado y de empresarios sin escrúpulos. Y luego el anuncio del mandatario para disolver, con facultades constitucionales, el Congreso de Perú y convocar a nuevas elecciones. Algo similar a lo que promovió Fujimori durante su gobierno en 1992 y que fue el primer paso para acabar con el terrorismo. El hecho es que con un sistema judicial en construcción, con la amenaza de la disolución del Congreso y con un presidente interino muy emproblemado, Perú no muestra el rostro de una crisis. Por el contrario, el país trabaja para mantener su crecimiento del 3 por ciento anual, para continuar exportando su abundante minería y su gas, y para elevar la calidad de sus crecientes servicios turísticos. Con Congreso y poder judicial en crisis, no existen violentas manifestaciones callejeras como las que tienen sus vecinos Chile y Ecuador. Tampoco hay regreso al pasado como en Argentina. Algunos analistas advierten que el secreto peruano está en que poco a poco reducen su brecha de la desigualdad, al tiempo que sus ciudadanos saben que el político o el empresario que la hace, la paga. Cinco ex presidentes renunciados, procesados, encarcelados o suicidados, les dan esa certeza de que no existe la impunidad. La receta es sencilla, pero nada fácil de asimilar. No cerrar los ojos a la realidad, de uno y de otro lado, buscando imponer la razón de la derecha o de la izquierda. Si nos aferramos al juego de solo descalificar al de enfrente, quizás ganemos el debate, pero perderemos al país. Abramos los ojos.