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23 de Agosto del 2019

Celso y El Gabo

Nadie hubiera imaginado que el autor de “Cien Años de Soledad” terminaría la noche bailando desaforadamente las notas de cumbia y vallenato que salían de aquel mágico acordeón
Corría el mes de septiembre del 2003, año en el que el Tecnológico de Monterrey celebraba sus 60 años de fundación. Lorenzo Zambrano, entonces presidente del Consejo, y Rafael Rangel Sostman, el inolvidable rector, prepararon una serie de eventos de lujo, entre los que destacaba un homenaje a Gabriel García Márquez. El escritor de “Cien Años de Soledad” no era afecto ni a figurar en público ni a recibir homenajes. Pero su amistad con Lorenzo y Nina Zambrano, benefactores de su Fundación para el Nuevo Periodismo Latinoamericano, fue la llave que abrió las puertas para su visita a Monterrey. Y en el marco de la Cátedra Alfonso Reyes, creada por los Zambrano, Rangel Sostman y el que esto escribe, convencimos a El Gabo de aceptar un inusual diálogo a pregunta abierta entre el Premio Nobel de Literatura y un centenar de estudiantes. Pero una de esas noches en las que pernoctó en Monterrey, El Gabo –con quien me unía una sociedad como fundadores de la revista Cambio en México– me pidió privacidad. Quería que paseáramos por el viejo Monterrey. Quería recordar sus primeros encuentros con el Monterrey de antaño. En concreto pidió que fuéramos a tomar una copa al Bar 1900, la icónica cantina del Hotel Ancira, donde sabía que en marzo de 1915 Pancho Villa entró con todo y caballo al lobby del hotel donde se hospedó por once días. Y como modernos revolucionarios, pero de la literatura y del periodismo, acudimos con El Gabo, su esposa Mercedes y su hermano Jaime a disfrutar del embrujo de aquel clásico bar forjado en finas maderas con ese penetrante olor a historia. Gabo no dejaba de elogiar el espíritu de conspiración que ahí se respiraba. De pronto, por mi celular, entró una singular llamada. Era Celso Piña, el célebre Rey del Acordeón. Y sin grandes preámbulos me dijo: “Oye, Ramón Alberto, sé que estás con el Gran Gabo. No me preguntes cómo lo sé. Yo estoy muy cerca de donde están. Así que dile al Maestro que tengo el sueño vivo de tocarle personalmente algunas canciones de Vallenato con mi acordeón”. Le pedí a Celso, con quien me unía una amistad en los largos años de mi tránsito por El Norte, que me diera un minuto. Consulté con Gabo y sin más me dijo: “Que se venga. Es la magia que le falta a la noche, el recuerdo de mi Colombia”. Pasarían no mas de 15 minutos cuando Celso Piña entró con su acordeón al Bar 1900. Pedí permiso al gerente del hotel para romper el protocolo de silencio ante tan especial ocasión. Y accedió feliz. Y sin más preámbulo, el más colombiano de los regiomontanos disparó los primeros acordes de la Cumbia Sampuesana. Y sin más, Gabo, Mercedes y su hermano Jaime, hicimos del icónico bar una pista de tertulia en donde bailamos desaforadamente las notas de cumbia y vallenato que salían de aquel mágico acordeón. El aquelarre de los brujos de las letras y de la música se prolongó hasta que el sudor nos corrió por la espalda. Y entre una y otra canción, Gabo no dejaba de elogiar el virtuosismo de Celso Piña. “Me lo voy a llevar a casa”, le decía a Mercedes. La noche terminó entre abrazos, sonrisas e intercambio de sudores. De aquel encuentro existirán algunas fotografías que tomara el reportero Daniel de la Fuente, testigo periodístico del aquelarre. Un par de días después, en una cena homenaje que se le brindó al Gran Gabo en el Museo Marco, volvieron a sonar los acordes de su acordeón. Celso Piña se transformó en unos días en patrimonio de Macondo. Tanto, que se hizo de una pequeña propiedad campestre en Allende, Nuevo León, a la que le bautizó como Macondo. Fue un lugar de realismo mágico, donde sin duda la sombra de las mariposas amarillas sobre su cabeza lo inspiraron a consagrarse como el Mauricio Babilonia del acordeón, la cumbia y el vallenato.