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13 de Noviembre del 2018

Calderón, vergüenza azul

Felipe Calderón renunció al PAN. Lo que él desconocía era que mucho tiempo antes el PAN ya había renunciado a Felipe Calderón. Y es que si alguien dañó al partido albiazul fue Calderón
Felipe Calderón renunció al PAN. Lo que él desconocía era que mucho tiempo antes el PAN ya había renunciado a Felipe Calderón. Y es que si alguien dañó al partido albiazul fue Calderón. Ni Vicente Fox con su frustrado Sexenio del Cambio destruyó tanto como el Sexenio de Sangre calderonista. La génesis de Calderón como hijo desobediente del PAN está marcada por su mediocridad de carácter y lo torcido de su destino. Creció en el seno de una familia en el que su padre, don Luis Calderón, fue un hombre fundacional al que Acción Nacional le debe mucho. Pero los jerarcas del PAN y el Grupo Monterrey le dieron la espalda en 1976. Don Luis entró en una depresión por la traición de bajar de la boleta presidencial a Efraín González Morfín y subir al regiomontano Pablo Emilio Madero. Al final, ese pacto del silencio, en lo oscurito, dejó sin rival a José López Portillo. Con ese resentimiento creció Felipe Calderón. Y se aferró a Carlos Castillo Peraza como su mentor político. Pero terminó confrontado con él, sin poder hacer las paces hasta el día de su muerte. Siempre contra la adversidad -algo que se le reconoce- Calderón se impuso a Santiago Creel, el hijo predilecto de Fox, en la interna presidencial del 2006. Pero al final fue devorado por el pacto entre el PRI y el PAN,  que le daba la espalda a Roberto Madrazo con un solo destino: impedir que el popular perredista Andrés Manuel López Obrador se hiciera de las llaves de Los Pinos. Bajo su falso mantra del “haiga sido como haiga sido” se le dio el triunfo por el .58 por ciento de la votación. Y se le impuso la banda presidencial por la puerta de atrás de una Cámara de Diputados exacerbada. Buscando el contragolpe político declaró la guerra a la delincuencia organizada, se enfundó en un uniforme verde olivo –talla XL- y sacó al Ejército a las calles. Craso error. Su secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, lo secuestró y el sexenio terminó entregado al cártel de Sinaloa y a Joaquín “El Chapo” Guzmán. La guerra era contra Tijuana, los Golfos, los Zetas y los Beltrán Leyva. Vivió el duelo de perder a su mejor amigo, Juan Camilo Mouriño, y también a su sucesor José Francisco Blake Mora. Dos lamentables y sospechosos accidentes aéreos. Al fallecer los dos eran sus secretarios de Gobernación en funciones. Más allá del baño de sangre al que llevó a México –solo comparable al que deja el gobierno priista que está por cerrar- a Calderón la historia le reclamará su dispendio. Con el petróleo en récords de 100 dólares el barril, su sexenio entregó lamentables cuentas sociales: 12 millones de nuevos pobres, de acuerdo a la cifras de la Coneval. ¿A dónde fue ese dinero? ¿A cuentas en Singapur? Con su partido fue ingrato. Le dio golpe de Estado al imponer sin el menor recato a dos dirigentes. La presidencias de Germán Martínez y César Nava se pactaron  en su despacho presidencial. Fue el principio del gran fracaso. El PAN manipulado por el presidente Calderón fue barrido en su elección de medio término –en julio del 2009- por un PRI que volvió a asumir el control político de los principales Estados en disputa, incluyendo el Congreso. Y la traición mas trapera se dio en la presidencial del 2012,  en la que para cumplir el pacto del 2006 con el PRI Fox y Calderón le dieron la espalda a su candidata albiazul, Josefina Vázquez Mota. El PAN que despachaba en Los Pinos acabó en un vergonzoso tercer lugar, abajo del PRI de Enrique Peña Nieto y del PRD de Andrés Manuel López Obrador. Si acaso de su biografía solo se rescata a Margarita Zavala. Pero esa historia, con o sin Calderón, vale por sí misma. Y en la elección del 2018 pagó un elevado precio por resistir a deslindarse del gran traidor. Ahora se colgará de ella.