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23 de Mayo del 2019

Arar con esos bueyes

El campo mexicano también sufre las consecuencias negativas de la política de austeridad a rajatabla de la administración de Andrés Manuel López Obrador. El gobierno dejó de pagar su parte en la inversión conjunta para la compra de tractores, herramientas indispensables para los pequeños propietarios y campesinos más desposeídos
Un nuevo y muy básico sector de la economía se suma a la ola de víctimas de los severos recortes de presupuesto que decreta el gobierno de la Cuarta Transformación. Se trata del campo mexicano, que tiene hoy suspendidos todos los apoyos de equipos, sobre todo el de los necesarios tractores para arar, levantar cosechas y elevar la productividad. Históricamente, para ayudar a los campesinos y pequeños propietarios, el gobierno federal solía dar un apoyo de 200 mil pesos en la compra de un tractor, lo que significaba un 33 por ciento del costo de 600 mil pesos. La mezcla de recursos privados con dinero público generaba anualmente la compra de 14 mil tractores, que es básicamente el mercado de reposición de la maquinaria que ya no sirve. La súbita medida –al igual que con guarderías, medicamentos o libros de texto- desplomó las ventas de tractores de 14 mil que se vendieron en el último año a 10 mil que se esperan vender este año. El monto de este apoyo al campo significaba entre 850 y mil 200 millones de pesos, que significaba apenas el uno por ciento del presupuesto de la Secretaría de Agricultura. Para dar una idea, con la condonación de impuestos a solo una de las corporaciones que anunció el lunes el presidente Andrés Manuel López Obrador, se podrían multiplicar por 20 el apoyo en tractores al campo. Empresas como John Deere, Massey Ferguson, New Holand y Kubota, por citar algunas, vieron frenados en seco el 25 por ciento de los pedidos. Ahora, si un campesino o pequeño propietario requiere de ayuda para comprar un tractor, hay que gestionarlo directamente con el super delegado en turno de cada entidad. Y eso significa papeleo burocrático y largos tiempos de liberación de recursos, que antes se ejercían casi de manera automática a través de Procampo. Por supuesto que como en todo apoyo del gobierno a particulares, la corrupción se hacía presente al dotar de algunos de esos subsidios a quienes quizás no lo necesitaban. Pero ese era un asunto que se podría haber resuelto con un control más estricto, no con la suspensión absoluta y sin discriminación de algo que beneficiaba. Durante el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, esos mismos subsidios permitieron cubrir el importe de unos 28 mil tractores, que dejarán hoy de modernizar el necesitado agro mexicano. El presidente López Obrador siempre dijo durante su campaña que el campo sería su prioridad, porque de la tierra no solo viven los mas desposeídos. La producción agrícola es hoy -junto con el petróleo, el turismo y las remesas- los cuatro pilares de traer divisas a México. Permitir que se frene la reposición de tractores o que se detenga la tecnificación para mejorar su productividad es tan suicida como dejar de surtir medicamentos a los enfermos del sector salud. Lo que se asoma en tanto recorte a la brava es que se carece de una estrategia selectiva que opere una cirugía administrativa que extirpe solo los tumores cancerosos de la corrupción. La salida fácil, la de quien decide a botepronto sin medir las consecuencias, es dejar de alimentar o medicar al paciente sin pensar que eso lo puede terminar matando. Por ahora, los campesinos y pequeños propietarios tienen que conformarse con el brutal recorte y aceptar que con esos bueyes de los recortes hay que arar.