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07 de Noviembre del 2018

AMLO y el Defecto Fox

Cuando el panista Vicente Fox llegó a Los Pinos, lo hizo eligiendo sus apóstoles antes de tener claro su evangelio. Por eso, el cambio prometido no se dio
Cuando el panista Vicente Fox expulsó -a través de las urnas- al PRI de Los Pinos, nos invitó a unirnos a su gabinete. Mi respuesta fue que mi profesión era la de periodista y que cruzar el Rubicón hacia la política tenía un punto de no retorno. Pero no dejé de advertirle que el reto del cambio prometido era descomunal y que si la modificación de los privilegios de las élites no venía en serio, la desesperanza se apoderaría de México. “Tú, Presidente, le prometiste a México un cambio”, le dije. Y un cambio es romper con lo establecido. Y para romper con lo establecido es obligado crear un nuevo paradigma. Y todo paradigma, al ser algo nuevo, es en sí mismo un acto de fe. Y todo acto de fe es en esencia una religión. Y toda religión comienza por la creación de un evangelio, le apunté. Para llegar a la presidencia, el evangelio de San Vicente Candidato fue el de “Saquemos al PRI de Los Pinos”. Y México se volcó para darle al partido en el poder su primer revés. ¿Cuál sería entones el evangelio como presidente?, le pregunté. “Lo vamos a ir construyendo juntos”, me respondió. Y en esa respuesta entendí que el primer presidente no-priista estaría en aprietos. Porque, sin evangelio que profesar, ya había elegido a sus apóstoles. Santiago Creel, Jorge Castañeda, Alfonso Aguilar Zinzer, Adolfo Durazo y Felipe Calderón, entre otros. ¿Qué predicarían esos apóstoles, la mayoría sin experiencia activa en el servicio público y que, dicho sea de paso, tenían como común denominador el ser editorialistas del Grupo Reforma? Porque primero se define el evangelio y luego se elige a los apóstoles, le comenté a Fox. Sin ello, jamás existirá una Basílica de San Vicente. Acabarán creándose capillas para cada uno de esos santos, cada uno buscando ser el próximo venerado en la Peregrinación 2006. Y así sucedió. Para confirmar mi negativa, le hice al entonces presidente electo una pregunta: ¿Vas a proceder con una denuncia contundente de corrupción contra tal político? Fox titubeó y dijo: “Eres muy rudo. No lo creo”. Entendí entonces que el cambio tan anunciado no se concretaría. Además de falta de suficiente voluntad, existía ausencia de estrategia. Fox no estaba dispuesto a sacudir el árbol de los grandes intereses, algunos de los cuales financiaron su sorprendente ascenso al poder. Y Martha Fox se encargó de confirmar, desde su acogedora cabaña presidencial, que el gobierno foxista acabaría co-gobernando en la cama con el PRI. Viene esta historia a colación, porque estamos ante una segunda oportunidad de cambio. Y de nuevo, la revolución de las expectativas de la que tanto habla el maestro David Konzevik, vuelve a instalarse en el inconsciente colectivo. Y ahora como presidente electo, con un bono democrático sin precedente, Andrés Manuel López Obrador tendrá que demostrar que sí es capaz de crear un evangelio congruente que pueda sacudir los intereses y las conciencias, para instalar la República Amorosa que tanto predica. Sin duda con equivocadas formas, pero con acertado fondo, el jefe de la Cuarta Transformación se apresta a redefinir los privilegios de las élites que dominan en México desde hace casi tres décadas. ¿Existe un evangelio claro que permita ascender al paraíso prometido? ¿Tiene a su alrededor a los apóstoles adecuados para crear la Basílica de San Andrés? Un buen comienzo para asomarse a las dificultades en el combate a la corrupción y a la impunidad sería asomarse al libro que acaba de presentar el abogado Ernesto Canales, el primer fiscal anticorrupción en Nuevo León y en México. En su muy sugerente título -“¿Cómo nos arreglamos?”-  podrían, el presidente electo y su gabinete, encontrar algunas respuestas. Todo para no repetir el Defecto Fox.